Sobre la mediocridad

7/3/2021 | 06:00 |

“Parecemos resignados a profundizar la decadencia; no se percibe un sentido de urgencia, ni de alarma frente a semejante debacle.” Escribe Ernesto Tolcachier.

   En un número anterior, publicado mi confesionario, percibí mi participación final de un preciado tiempo, ya que  entraríamos en un proceso de reflexión, dando por finalizado la decadencia, si bien ciertos hechos me indicaban la entrada a un laberinto del cual era posible salir con un mínimo de racionalidad. Creía que eso era posible, aun con un esfuerzo menor en la tarea gubernamental.  Se avizoraban algunas reacciones en las condiciones favorables de nuestras exportaciones y  las condiciones paulatinamente favorables del mercado interno. Con una pandemia en  buenas prevenciones  de tratamiento, pensaba en su neutralización temporal.

   Confieso me equivoqué. No evalué correctamente lo que nos está pasando, ni los privilegios del poder, la falta de transparencia, los abusos y las arbitrariedades inherentes al sistema populista, nacionalista, clientelístico en su  captura del poder. Al poco tiempo los “decadentes” de ahora nos mostrarían su verdadero rostro: cínicos, soberbios y amorales.

   Amoral  es carente de toda moral, de indiferencia ética, no les interesa el concepto del bien y del mal. A poco, nos sentimos desprotegidos, abandonados en nuestra propia tierra, nuestros sueños de construir un país mejor se evaporaron por el agotamiento social, la charlatanería la ineptitud de un sistema político caduco y perimido.

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  Parecemos conformarnos con semejante mediocridad, a pesar de que otra vez el mundo nos ofrece una oportunidad extraordinaria. Salir del laberinto es posible. Esta persistente anomalía se explica por las políticas públicas implementada en las últimas décadas y nuestro comportamiento como sociedad, incluyendo el funcionamiento  de nuestra clase dirigente Parecemos resignados a profundizar la decadencia; no se percibe un sentido de urgencia, ni de alarma frente a semejante debacle.

   Así descubrí con sorpresa que todo no estaba dicho, la decadencia no tenía parangón: las vacunas VIP me confirmaron la falta de escrúpulos y así “el insoportable privilegio del poder” era capaz de cualquier anomalía. Más aún, por derecha o por izquierda, esta estirpe de ambiciosos iban a lograr sus privilegios. Nuestro sistema anémico tiene sus causas y sus consecuencias son la falta de crecimiento y la pobreza. La meritocracia no se incluye en su accionar, su ambición espera la oportunidad y esta se presenta tarde o temprano en las listas de “la dueña”. Una buena parte de la sociedad tiene la memoria corta y eso jugaría a su favor. El “proyecto” se sigue amasando en medios oficiales y los periodistas militantes que utilizan para lograrlo son sus difusores directos.

   Un ideario político simple de lealtades y traiciones se sucede en estas organizaciones que dirigen y enlazan organizaciones verticales, con un jefe poderoso al que los subordinados obedecen sin pensar. Ansias de poder, riqueza o dominio banalizan el concepto de la violencia: nunca es banal en los individuos obedientes, incapaces de pensar por sí mismos y discernir entre lo malo y lo bueno que afecta a los otros. Así, seres ordinarios y mediocres pueden transformarse al obedecer dentro de una maquinaria burocrática. Y ese es el imperativo categórico, es decir, aprobar sus actos. Para ello, necesitan seres obedientes sin prejuicios.

   Una inteligente reflexión de Einstein decía que “desarmar un prejuicio es más difícil que desintegrar un átomo”.

Ernesto Tolcachier es abogado. Vive en Bahía Blanca.

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