12 y 13 de noviembre en la Biblioteca Rivadavia

Últimas funciones de El Árbol, la obra que ganó un Premio del Teatro Cervantes

9/11/2021 | 06:30 |

Natalia Martirena y Luciana Olmedo-Wehitt ponen en diálogo la palabra con la danza y la narrativa audiovisual para revelar, en esta interacción, la existencia de múltiples sentidos. Basada en textos del escritor, crítico y editor bahiense Héctor Libertella.

Jorge Ricardo Mux en una escena de la obra El Árbol. Crédito: Mauricio Cáceres, Teatro Nacional Cervantes.

   Anahí González Pau
   agonzález@lanueva.com

   Desde los lenguajes de la danza y la literatura, Natalia Martirena y Luciana Olmedo Wehitt confluyeron en la creación de El Árbol, una obra teatral – performática que pone en diálogo distintos productores de sentido y revela la existencia de significados múltiples no acotados a un campo o esfera.

   En 2019 el proyecto resultó ganador del concurso “Teatro Nacional Cervantes Produce en el País”: un premio que el prestigioso Teatro Cervantes entrega todos los años a fin de promover la creación y profesionalización de las producciones teatrales en el interior del país.

   “El árbol” fue premiado en 2019 junto con otros tres proyectos provenientes de Jujuy, Esquel y Rosario. Pandemia mediante, recién pudo estrenarse este octubre.   


Luciana Olmedo Wehitt y Natalia Martirena. Crédito: Ignacio Amodeo, las realizadoras.

   En escena, un escritor -interpretado por el narrador Jorge Ricardo Mux -desanda, explora y desarticula las frases del escritor y crítico bahiense Héctor Libertella. Lejos de ocupar el centro de la escena, este hombre convive con imágenes realistas proyectadas en una pantalla gigante –realización a cargo de Nicolás Richat y Nicolás Testoni-, con animaciones –diseñadas por Mariana Sabattini- y con los cuerpos en movimiento de dos bailarines egresados de la Escuela de Danza: Facundo Arrimada y Sebastián Fernández.

   El diseño sonoro y de iluminación estuvieron a cargo de Pepi Amodeo y Nicolás Diez; la realización de vestuario es obra de María Rosángela Nunes Rodrigues; el diseño y la realización de escenografía de Guillermo Beluzo y Pablo Oviedo; la operación de video de Camila Rodríguez; La operación de luces y sonido de Romina La Cruz y la asesoría artística contó con el ojo erudito de Mariana Obersztern.   

Crédito: Ignacio Amodeo.

   -¿A qué refiere la obra y cómo surgió esta creación?

   Luciana Olmedo Wehitt: El Árbol está inspirada en el libro El Árbol de Saussure: una utopía, de Héctor Libertella que fue un escritor, crítico y editor bahiense. Hace siete años, cuando cursaba una Maestría en Literatura Latinoamericana, y leí este y me encantó. Cada vez que lo leía lo pensaba en movimiento. Me interesaba llevarlo a escena y por eso me contacté con Natalia (Martirena). Necesitaba una coequiper del mundo teatral. Conocía su obra y le propuse presentarnos al concurso que todos los años abre el Teatro Cervantes. 

   -¿Qué fue lo que les interesó explorar y poner en juego sobre los textos de Libertella?

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   Luciana Olmedo Wehitt: del libro del Libertella me interesaba, en especial, su estructura fragmentaria y cómo él mismo se reescribe. En muchos de sus textos aparecen citas de otros anteriores, incluso párrafos enteros. Me interesaba cómo combatía la tiranía del significado sobre el significante. Libertella desarma esa estructura. Con es un gesto muy de las vanguardias históricas, él se focaliza más en el significante, en la materialidad de la palabra. Eso es lo que exploramos en la obra: cómo el espectador se transforma en lector mirando un video con subtítulos y una animación donde la letra se hace mancha, por ejemplo. 


En los extremos, los bailarines. El narrador y actor Jorge Mux (de rojo) Luciana Olmedo Wehitt (izq.) y Natalia Martirena. Crédito: Ignacio Amodeo.

   Esa no hegemonía del significado permite que existan múltiples sentidos y esas son las arborescencias, las ramificaciones y los desvíos que le interesan a Libertella en la literatura. Como él mismo escribe: “la literatura no es un pensamiento”. Es decir, no es una interioridad que se exterioriza sino que es algo que va más allá, que se fuga. Esa fuga, ese no poder aprehender un único significado es lo que nos interesaba llevar a escena; que el espectador se fuera con muchas preguntas, pensando. Eso me parece transformador. Si además te entretiene está buenísimo, pero es más un ejercicio de introspección que abre a la búsqueda de nuevos sentidos. No es una historia lineal con inicio, nudo y desenlace. 

   -¿Qué papel jugó la narrativa audiovisual?
  Luciana Olmedo Wehitt: la narrativa audiovisual, tanto los registros realistas de Nicolás Richat y Nicolás Testoni, como las animaciones de Mariana Sabattini tienen la función de ser, junto con la danza y la música, parte de esos desvíos de los que hablaba anteriormente. Son lenguajes que abren a otros significados. No sólo la palabra y la razón permiten el conocimiento. También hay cuerpos, sonidos e imágenes. 


Crédito: Ignacio Amodeo.

    -¿Cuál fue la apuesta en el movimiento de los cuerpos? 
   Natalia Martirena: el cuerpo en la obra ocupa un lugar central. El cuerpo del personaje principal, el escritor, es un cuerpo grande, con marcas, con una forma y una manera de moverse particulares. El cuerpo de los bailarines evidencia un trabajo físico en el cual la respiración, el golpe y la velocidad se ponen en diálogo y toman sentido en relación con ese cuerpo ya grande, ya viejo, ya anciano. Es interesante ver que ahí se produce un sistema, un sentido en el que la danza y las palabras no solo se articulan como lenguaje sino a través de un cuerpo que está mediando y transformando esa relación en sentido.

   -¿Los bailarines tienen trayectoria? ¿Son bailarines y también actores?
   Natalia Martirena: los bailarines son egresados de la Escuela de Danza de Bahía Blanca y el actor es un narrador bahiense que hizo muchos trabajos autogestivos. El proyecto del Cervantes es una propuesta que viene a legitimar, a subjetivar, a dar lugar a muchos años de producción y gestión local. La profesionalización local acompañada institucionalmente no es un eslabón roto sino casi inexistente en la ciudad. Para nosotros ganar un sueldo no es solo la posibilidad de tener trabajo sino la de generar una mirada que no existe hacia la cultura y el arte en nuestra ciudad. Nuestra escena contemporánea local es trabajo y genera movimiento, multiplicidad de oportunidades que van más allá: cuando alguien va al teatro y sale de su casa, carga nafta, compra algo en un comercio, va a comer a un restaurante, los actores trabajan en equipo para la obra. Hay una economía mucho más amplia que se mueve detrás de la posibilidad de desarrollarnos y crecer como artistas.

   -¿Cómo se trabajó desde la danza?
   Natalia Martirena: hay danza teatro, bailarines que son actores, narrador que es actor o performer. La obra plantea descentralizar, no poner en el centro ni a la danza, ni a la palabra, ni a lo audiovisual. Todo gira en torno a un hueco que va estableciendo un juego. Ese es quizás nuestro deseo: que establezca un juego donde el sentido se vaya entramando a través de esas relaciones. ¿Cómo se relaciona una imagen con un cuerpo que se mueve, con un sonido? Y en esa suma, ¿cómo es que todos tienen un protagonismo equitativo y equilibrado? Nos interesaba explorar cómo eso que no se decía con palabras se decía con el cuerpo, con un dibujo, una melodía. Nos parecía un desafío ver qué podía decir cada uno sobre el lenguaje y  sobre el signo que son ejes temáticos de la obra.


Crédito: Mauricio Cáceres -Teatro Nacional Cervantes.

   ¿Qué fondos se utilizaron para financiarla? 
   Luciana Olmedo-Wehitt: el proyecto fue financiado por el Teatro Cervantes y este apoyo fue fundamental para que pudiéramos dedicarnos con exclusividad a realizar este trabajo. Esto es algo que muy pocas veces sucede en el mundo del arte y la cultura donde todos tenemos que tener más de un trabajo para poder subsistir; especialmente en las ciudades del interior donde no existen políticas públicas e instituciones que acompañen. El Cervantes no sólo nos acompañó económicamente sino que contribuyó a la profesionalización de la escena. Una exigencia del premio era que todos los integrantes del equipo técnico y artístico fueran de la ciudad. Cuando una institución tan legitimada como el Teatro Cervantes comparte y transmite sus metodologías y procedimientos, contribuye al crecimiento de todas las partes involucradas en la obra.

   ¿Cuál fue a respuesta de los espectadores?
   Natalia Martirena: un aspecto clave es la presencia. En  todas las funciones, hasta ahora, tuvimos una presencia del público muy grande. Desde jóvenes y adolescentes hasta gente mayor. Hay personas que vienen hasta dos o tres veces. Y también tenemos un público que nos interpela en torno a la apuesta. Lo que notamos como sorpresa es un gran interés del público. Después de la pandemia muchos nos decían que volver a convivir con  la escena era una necesidad.

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