Riesgoso internismo, en el que Cristina no ayuda…

16/2/2020 | 07:00 |

La columna dominical de Eugenio Paillet, corresponsal de La Nueva. en Casa Rosada.

Archivo La Nueva.

Por
Eugenio Paillet

   Una primera comprobación que es a estas alturas de perogrullo: Alberto Fernández tiene más problemas a resolver adentro de su propia coalición de gobierno que fuera de ella. 

   No es por cierto, ni mucho menos, un problema que el oficialismo pudiera achacarle a probables chicanas de la oposición, como sí ocurría con el macrismo, que acusaba todo el tiempo al peronismo de querer voltearlo.  “¡Ah no! En esta nosotros miramos de afuera y hacemos la plancha, que se cocinen en su propio caldo”, ironizaba un legislador radical de Juntos por el Cambio mientras repasaba los acontecimientos de esta semana.

   Presos políticos sí o no, miradas opuestas sobre el tratamiento de la deuda externa, la interna entre Sergio Berni y Sabina Frederic  sobre la inseguridad en la provincia de Buenos Aires, son los cruces internos más fuertes, aunque no los únicos, que debe afrontar el presidente en sus cruces con el kirchnerismo. 

   Ambas corrientes, aunque el “albertismo” es todavía una utopía demasiado “en pañales” para darle entidad partidaria, están escalando una pelea de fondo que recién podría estar empezando.

   Pero que encierra un grueso interrogante sobre el futuro de la coalición habida cuenta de lo que está en juego: un Gobierno que presume de “pro capitalista”, o de “europeísta”, que conduce Fernández y a quien le pertenece esa definición territorial, y el viejo modelo nacional y popular que gobernó el país entre 2003 y 2015, que se ilusionaría con volver corregido y aumentado.

    Hay preguntas que a estas alturas se hacen los observadores, pero también  -dato no menor- hacia adentro de algunos despachos del oficialismo. ¿Se inició ahora mismo la lucha por el poder entre Cristina y Alberto? ¿Son nada más que escaramuzas que todos ellos sabían que en algún momento iban a aparecer? ¿A dónde apuntan dirigentes como Sergio Berni, Amado Boudou, el mismo Axel Kicillof, y varios otros, que machacan con el recordatorio de que para ellos la única conducción política que reconocen es la que ejerce Cristina? ¿Dónde lo deja parado todo ese fuego amigo al presidente, que en sus dos meses de gestión ya ha dado signos de que no viene a ser más de lo mismo?

   La otra pregunta que recorre el espinel es si a Alberto Fernández le están facturando más temprano que tarde aquel latiguillo de campaña según el cual “volvimos para ser mejores”. Mejores que Cristina, se entendía por aquel entonces y se sigue entiendo ahora.

   Para arrancar, es un secreto a voces en el albertismo que hubo críticas internas de ese sector del gobierno a la intervención de Cristina desde Cuba, nada menos, reclamando una fuerte quita de la deuda con el Fondo Monetario y los acreedores privados, mientras culpaba directamente al organismo de haberle prestado una montaña de dólares a Macri violando sus propios estatutos. 

   Una acusación que el vocero del FMI, Gerry Rice, desmintió con el reglamento en la mano. 

   Eso ocurrió, vale recordar, al mismo tiempo que Donald Trump, un enemigo acérrimo del comunismo cubano, reforzaba aunque más no sea desde la retórica su apoyo a Fernández y su intento por renegociar “saludablemente” la deuda externa. 

   Ocurrió al mismo tiempo, también hay que decirlo, que el presidente y su ministro de Economía, Martín Guzmán,  se afanan por no romper lanzas y conseguir una solución amigable y sustentable para el problema del endeudamiento externo. “No ayuda, no suma nada”, lamentó en privado uno de los funcionarios que frecuenta los despachos presidenciales.

   El problema radicaría para aquellos que efectivamente creen que hay una actitud nociva del kirchnerismo hacia el albertismo que pareciera ir en aumento, que por una razón o por otra, por la que sea, Alberto siempre termina por darle la razón a Cristina. Aunque a veces se toma su tiempo para responder, nunca la contradice. Con lo cual el presidente, que ha recurrido demasiado en estos primeros tiempos en decir una cosa hoy y asegurar lo contrario al día siguiente, termina borrando con el codo lo que antes escribió con la mano, como es el caso de las evidentes distintas miradas previas a esta semana que tenían Alberto y Cristina sobre cómo pararse frente al tema de la deuda.

   Para quienes siguen con preocupación esta saga hay una luz al final del túnel que tiene nombre y apellido: Máximo Kirchner. El diputado estaría viendo primero que nadie las consecuencias no deseadas de esta puja, y si bien mantiene su visión crítica de la deuda externa, del Fondo Monetario y hasta de la influencia de la Casa Blanca, busca tender puentes. 

   Así al menos lo aseguran quienes saben de sus últimas conversaciones con el propio Alberto, pero también mediante un nuevo “soporte” que integraría junto a dos “puros” de ambos bandos: el albertista Santiago Cafiero y el cristinista Eduardo Wado De Pedro.

   Aunque parezca que desentona, por la misma banda de aquellos problemas internos podría encontrarse otro síntoma en una decisión que tomó Alberto: la de no asistir en principio a la jura del nuevo presidente uruguayo, Luis Lacalle Pou, el primero de marzo. 

   Viaje que se enganchaba con la invitación para encontrarse ese día en Montevideo con Jair Bolsonaro. Para el folclore nacional y popular, son dos presidentes de derecha. ¿Acá también influyó Cristina? Es la duda que flota…

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