Leé "La ciudad de las cúpulas doradas", uno de los cuentos destacados en el concurso literario

19/1/2020 | 06:30 |

La obra de María Gabriela García fue seleccionada por el jurado como uno de los finalistas en el concurso “La Nueva Vivencia.”

   Sentada en el banco de piedra en la explanada frente a la Catedral de San Miguel, con su gorro de piel protegiéndola de las nieves del invierno, Mía acaricia su vientre de ocho meses y sonríe. Sus grandes ojos, castaños como su cabello, fijos en las cúpulas de oro de la iglesia, recuerdan cuando llegó a Kiev poco más de dos años atrás. 

   Ávida por conocer el mundo y vivir nuevas experiencias, había arribado al pequeño aeropuerto internacional tras abandonar una brillante carrera universitaria, para dedicarse de lleno a su pasión: el canto. Con una beca de seis meses de la Academia Nacional de Música de Ucrania, la ciudad y su gente la recibieron con la misma calidez que el sol que asomaba tímido tras frías nubes otoñales.

   Se enamoró casi inmediatamente del río manso a los pies de la colina; del parque de castaños de indias habitado por cuervos de azul-gris; de la calle Andriivskiy en el viejo barrio del Podol, con sus pintores de catedrales cubiertas de nieve instalados frente a la Iglesia de San Andrés y su mercadillo de artesanos, que reflejaban en su trabajos una identidad de blusas de lino bordadas y rosas rojas en pañuelos de seda, de huevos de madera pintados y matrioshkas que desplegaban vida; se enamoró incluso de sus edificios tradicionales de piedra gris o roja, majestuosos, sombríos, cuya melancolía quebraban otros pintados de rosa o amarillo. Se enamoró también de su gente amable y sufrida, que conservaba la capacidad de gozo intacta en sus danzas y canciones, a pesar de tantos dolores padecidos. Y sobre todo, se enamoró de las iglesias de color celeste o verde agua, con sus molduras blancas y sus campanarios coronados por las cúpulas doradas más bellas que jamás había visto. Kiev-Kyiv, como aprendió a llamarla, 1a envolvió con su manto de melancólica alegría y, sin saber bien como, Mía se hizo suya. 

   -Mamá, no vuelvo - le dijo por teléfono poco antes de que se cumpliera el semestre de la beca que había ganado como soprano en el coro de la Academia. 

   Los ojos de la madre, al otro lado del mundo, rebalsaron como un dique roto, pero comprendió.  

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   -Me ofrecieron contrato por un año más y quiero quedarme, Ya pasé el invierno acá y nada puede ser más duro que eso. Además, está... -No hizo falta que siguiera, su madre sabía: Olek. 

   Acurrucada en el banco de piedra, Mía recuerda el momento en el que los presentó cuando su madre fue a visitarla. Kyiv le había regalado el amor. Él, muy blanco y elegante, de cabello rubio oscuro bien corto y ojos azul cielo, que tocaba el piano con la misma suavidad con la que la trataba a ella, pasó a formar parte de la pequeña familia sin mayores preámbulos. Luego, su madre también la ayudó a organizar el hogar en el pintoresco Podol, cerca de la Academia, después de que se casaran ante la música del Coro de la Iglesia de San Miguel. Allí donde se habían conocido, en la gala navideña con la Orquesta Filarmónica de Ucrania. La madre sabía que no iba a ser fácil tenerla lejos, pero también, que su hija era al fin feliz. 

   Mía suspira, siente una fuerte punzada en el costado. “Olek me advirtió que no fuera hoy a la Academia, que no me acercara a la plaza, cómo podía imaginarlo la plaza Maidán convertida en campo de batalla... no puede durar... todo va a estar bien”. Vuelve a acariciar su vientre cálido, “No te preocupes papi vendrá a buscarnos para ir a casa... y la abuela llegará para cuando nazcas en la primavera... la ciudad es tan hermosa con sus campanarios de oro en el paisaje blanco...”. Sonríe con esfuerzo. Mira la fachada celeste con volutas blancas de su querida iglesia, y recuerda cómo recuperó la fe olvidada al cantar por primera vez junto al altar. Ahora los copos son más grandes. “Papi ya viene no tengas miedo... por suerte pasamos la plaza”. Se siente adormecer pero no puede dejar de mirar las cúpulas doradas. “Todo va a estar bien hijita”. Una sonrisa pacífica se instala en su rostro y sus ojos reflejan las torres de la Catedral tras los copos esponjosos, “Papi ya viene... a buscarnos...”. Sostiene su abdomen mientras el dolor lacerante de la bala perdida le vuelve a punzar el costado tibio. 

   Olek juega con la pequeña Kyiva en el banco de piedra frente a la iglesia. De pronto, la niña rubia se dirige con paso vacilante, recién estrenado, hacia la mujer que viene por la explanada. “¡Babu!”. La abuela la toma en sus brazos y sus ojos vuelven a rebalsar como un dique roto. Los de la nena, grandes y castaños, la interrogan, y sus manitas regordetas le aprietan la cara mientras le da besitos húmedos. Siente que abraza de nuevo a su hija-niña. Los recuerdos aún duelen. Mucho. La plaza Maidán, en calma de nuevo, conserva en su espíritu las cicatrices del enfrentamiento del año anterior. Kiev, igual de bella, ya no es la misma. 

   Comienza a nevar. Olek y la madre de Mía toman a Kyiva de la mano y caminan a través de la explanada. La pequeña canta -la misma voz dulce de su madre- mientras en sus ojos, tras los copos esponjosos, se reflejan las cúpulas doradas de la Catedral de San Miguel.

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