Perfiles

A 16 años del adiós, un amigo de Leif compartió sus anécdotas

18/8/2019 | 07:00 |

El dorreguense Juan Carlos Sanz conoció al pescador cuando era niño y años después entabló una amistad. Tenía un departamento cerca de su casa. Solía salir en su lancha con el pescador de Monte Hermoso que muchos recuerdan.

La foto que Sanz atesora, con la firma de su amigo Leif. Foto: Juan Carlos Sanz.

Anahí González
agonzalez@lanueva.com  

   En los veranos, de chico, el dorreguense Juan Carlos Sanz, iba a Monte Hermoso a casa de sus abuelos. Terminaba la década del 50 cuando conoció a Leif Larsen, el pescador artesanal que se convirtió en una leyenda en el balneario.

   “Era un muchacho muy pintón, con un físico muy envidiable” recordó con los ojos de aquel niño. Años después, Sanz compró un departamento sobre la Avenida Argentina, en una esquina, a media cuadra, de la casa de Leif Larsen.

    Juan Carlos Sanz y su nieta Magalí.

   “Ahí empezamos nuestras charlas diarias.,Fue entre 1974 y 1978. Nuestras charlas, por lo general, eran de todo tipo. Él tenía una cultura general increíble, de lo que le hablabas siempre tenía una respuesta: apicultura, ingeniería, de lo que fuera el siempre sabía algo sobre el tema” dijo.

   “También hablábamos mucho del mar donde él estaba mas seguro que en la tierra. Siempre lo decía”, contó.

   Sanz recordó que su vecino tenía una forma de vivir un poco desordenada.

   “A veces la arena cubría parte del interior de su vivienda y ni hablar de que sus perros eran la condición primordial para él”, comentó.

   Además, por su condición de pescador, porque así se ganaba la vida, recibía muchas visitas.

   “A su casa iban todos los días, era frecuente, porque su actividad era pescar y vender los pescados. Su casa era invadida totalmente”, comentó.

   “No faltaban los oportunistas que se aprovechaban de esa situación. Como él trabajaba y hacía un peso, era más fácil ir ahí a comer a su casa y gastarle los pesitos a él que ir a trabajar”, recordó.

   También comentó que tocaba muy bien el piano, hablaba dinamarqués, alemán y algo de inglés.

   “Por lo general, todas las mañanas caminaba por la orilla del mar seguido por no menos de 10 perros”, señaló.

   “Lo que sabía sobre el mar era increíble. Se arrimaba a la costa y por el olfato sabía si había pescadilla o iba a haber corvina o pejerrey que emana un olor característico muy fuerte y él lo percibía desde la orilla”, comentó.

   Sanz contó que una vuelta lo invitó a cenar a su casa y con su señora, casi no lo reconocen: se había bañado, lucía una camisa impecable y se había recortado bastante la barba.

   “Cuando entraba a pescar con él, mi tarea era achicar con el tarro, el agua que entraba en su bote. Él renegaba porque le tiraba al mar las almejas que estaban descompuestas, podridas. Él las guardaba porque decía que esa era la forma de atraer los peces pero yo las tiraba porque el olor era insoportable”, recordó entre risas.

   Otras de las cosas que sabía hacer era la vertical con una sola mano. Lo hacía en la casa, en la playa adonde fuera. Recuerda haberlo visto muchas veces en esta destreza.

   “Luego nos fuimos a Buenos Aires y varios años después volví a Monte y fui a visitarlo a su casa”, contó.

   Golpeó las palmas y salió Leif con el mate en la mano.

   “Desde una distancia de 20 metros me conoció por la voz. Me dijo: ¡esa voz la conozco! Juan Carlos Sanz ¿cómo estás? Charlamos casi una hora y fue nuestra última charla. La siguiente vez que lo vi, desgraciadamente estaba en el Hospital Penna, pero no me conoció”, rememoró.

   Ya estaba con la mente y el corazón en otra lancha, para atravesar quién sabe qué mares.

   Enseñanzas del mar

   “Él me enseñó a tirar una boya pequeña, desde el bote, con un ancla, a una distancia de 500 o 1000 metros y tomar mirando hacia la costa en un angulo de 45 grados dos puntos de referencia, a la izquierda y a la derecha”, contó. Tomábamos como referencia, por ejemplo, una antena y un tanque de agua. Al otro día, cuando ibas remando mar adentro, mirando hacia la costa, hacia el lugar donde supuestamente estaba la boya, podías encontrarla cuando esos dos puntos de referencia que habías tomado se unían. Era infalible”, indicó.

“Él me enseñó a pescar desde el bote corvinas o pescadilla con un movimiento ascendente y descendiente. Tirabas la plomada y cuando tocaba el piso la levantabas un metro y la bajaba otra vez. Y ese movimiento constante atraía a los peces que son muy curiosos.

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