Clara Obligado: "Quería que se pudiera entrar a mis historias como se entra en una ciudad"

16/8/2019 | 16:18 |

En "La biblioteca de agua"  propone una lectura subjetiva sobre Madrid y en particular sobre el Barrio de las Letras.

Fotos: Télam

   Cómo se levanta una ciudad, qué marcas atesora el paso pretérito del tiempo, cómo viven sus vecinos o qué se esconde detrás del fetichismo turístico son algunas de las indagaciones literarias de la escritora Clara Obligado en La biblioteca de agua, un híbrido de relatos que tienen como trasfondo Madrid, a partir de una cartografía de historias, gestos y lugares.

   Publicado por Páginas de Espuma, el volumen de la escritora argentina radicada en España, cuyo título recupera uno de los 18 cuentos, propone una lectura subjetiva sobre la capital española y en particular sobre el Barrio de las Letras, donde la autora de La hija de Marx vivió al poco de llegar a la ciudad, cuando se exilió en 1976.

   Los textos de La biblioteca de agua —libro que se completa con la trilogía La muerte juega a los dados y El libro de los viajes equivocados— tienen un tono experimental: son muy distintos entre sí, pero todos sus personajes vivieron en Madrid en un pasado o un presente, y sus historias fluyen como el agua, elemento que Obligado toma como engarce, justamente, en una urbe que se ha montado sobre lo líquido.

   -Télam: ¿Cómo intervino esa ciudad en la obra?

   -Clara Obligado: Vivo en Madrid desde hace más de 40 años, pero conocí la ciudad siendo adulta. Al principio me resultó hostil pero poco a poco me fui enamorando de ella. Fue un amor voluntarioso, similar al que sufren o disfrutan muchos extranjeros que viven en tierra extraña. No es lo mismo ser turista que emigrante. Un turista es un poco ingenuo, dispuesto a dejarse maravillar por lo que le dicen. Un emigrante tiene que abrirse puertas y ventanas en un espacio que, en general, resulta hostil. No es cierto que las ciudades "reciban bien" a los que vienen a quedarse. Con el paso del tiempo quise contar qué me había pasado y había sentido, y también hacer un homenaje a Madrid, que he aprendido a querer pero que está, como todas las ciudades, llena de claroscuros.

   -T: Esa diversidad se traslada al libro: hay cuentos, que a veces toman la forma de mapa. Incluso, usted propone su lectura como un "palíndromo" y además trabaja en distintos tiempos históricos. ¿Qué le interesaba?

   -C.O: Quería representar esta misma extranjería, de varios géneros a la vez, un libro mestizo como lo somos los que vivimos fuera. Quería que se pudiera entrar a mis historias como se entra en una ciudad, por cualquier puerta, en distintas épocas.

   -T: Hay textos imaginativos, como aquel de La Maja que sale de paseo ya cansada de posar, y otros, en cambio, súper realistas, hay algunos más poéticos y otros larga extensión ¿cómo manejó esa variedad?

   -C.O: Hace varios años que investigo en los cruces entre cuento, microrrelato y novela, porque pretendo dar al cuento elementos que han sido propios de la novela, como el desarrollo largo de personajes. Del microrrelato tomo la intensidad poética, y con la mezcla entre cuento y novela busco armar estructuras complejas que mantengan un poco "en vilo" al lector. En general, cuesta leer un libro de cuentos y se tiende a leer unos sí y otros no. Me interesaba producir un efecto similar al que produce una novela de intriga. O una serie de televisión. Pero, a la vez, no quería renunciar a la plasticidad del cuento.

   -T: El agua es otro trasfondo: fluye, limita y muestra su fuerza.

   -C.O: Madrid fue construida por los árabes sobre el agua, su escudo dice "fui sobre agua edificada". Y el nombre de "Mayrit" quiere decir la madre de las aguas. Sin embargo, cualquiera diría que es una ciudad muy seca. Cuando empecé a escribir el libro me pregunté de dónde viene el agua que hay en el mundo. Y percibí que ignoramos cosas tan obvias como de dónde viene el agua con la que nos lavamos la cara. Venimos del agua, a pesar de ello, negamos el origen, lo separamos de nosotros. Es líquida la sangre y nuestras vidas son los ríos, como dice el poeta, simbolizando con el paso del agua el tiempo de la vida. Y la muerte nos disuelve. Estaba frente a un elemento rico y poético, que me sirvió para unir las historias.

   -T: Es una lectura de Madrid pero también de otra ciudad cuando critica la gentrificación.

   -C.O: Vivir en una ciudad europea de las muy turísticas es asomarse a una invasión que tiene un control difícil: la del turismo. España recibe unos ochenta millones de visitantes al año, el doble de su propia población. Ese turismo está entregado al neoliberalismo. Desaparece la comida tradicional, los vecinos se tienen que ir de los barrios absorbidos por alquileres turísticos, el ruido y ciertas formas de salvajismo toman el centro. Esto determina la economía, la cultura, y hasta el trazado de calles. Por otro lado, todos somos turistas en algún momento, y es lícito nuestro interés de conocer. Pero si no se reglamenta y organiza estaremos destruyendo aquello que mostramos. Es un fenómeno de dimensiones gigantescas. Habría que debatir mucho para que no se convirtiera en una plaga de langostas. (Télam)

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