La autotragedia

18/7/2019 | 20:02 |

Foto: archivo La Nueva.

 Por Alejandro Gabriel “Pipo” Gorosito / Abogado – Bahía Blanca  

   Lunes 18 de julio de 1994. Esa mañana Lucas Ross se despertó temprano, muy temprano para su agrado y se quedó varios minutos en la cama, hasta que finalmente pudo despegarse de las sábanas y empezar a vestirse. Sintió el piso helado, la habitación casi oscura y un fino reflejo proveniente de la puerta entreabierta del baño. Desayunó un café negro intentando despabilarse. Estaba irritado por tener que levantarse mientras el resto de su familia dormía. Era vacaciones y Buenos Aires estaba de fiesta. Miles de turistas habían llegado esa semana para disfrutar. Había espectáculos, teatro, cine y los novedosos “Shoppings” estaban llenos.

   Pero Lucas no se había levantado a las 6:00 AM para tener un día libre sino para terminar un trabajo para su Universidad. Debía escribir un ensayo sobre “El hombre”. Pero cómo definir al “Hombre”. Hacía tres semanas que estaba obsesionado con esta idea. Había leído. Investigado, pero cuanto más buscaba más lejos parecía estar de llegar a alguna conclusión. Es que cualquier definición, cualquier descripción incluso, resulta ser una selección de rasgos conforme a una previa toma de posición. Que contradicción -sonrió Lucas irónicamente- todos los días, en cada momento, veo, escucho, converso, con cientos, miles de hombres, yo mismo soy un “Hombre”, y sin embargo soy incapaz de definir completa, cierta y sinceramente al ser humano.

   Bebió Lucas el último sorbo de café y se zambulló a releer un texto de Jaime Barylko que había empezado a transcribir: “¿Qué es el hombre?. ¿Es Leonardo Da Vinci o es el protagonista del horror de Hiroshima? ¿es el criminal de acá a la vuelta, o se llama  Einstein, San Martín, Hitler, o simplemente dignidad, amor o guerra?. El hombre es todo, cualquier cosa: Biblia y calefón, héroe y villano, la cara blanca y oscura de la luna. Porque el hombre no se mide por sus palabras sino por sus hechos. El hombre no es lo que dice, sino lo que hace. El que defiende la paz y y el que hace la guerra. El que hace una curita y el que hace una bomba. El que preserva un río y el que lo contamina. El que cuida un niño y el que lo desampara. El que hace santuarios y el que destruye los templos. El que ama a Dios y el que niega su existencia. Y también el que “por amor a Dios” destruye a todos los que no aman a su Dios como él cree que debe ser “amado”. Por que hay hombres que curan y hay hombres que matan…”

   De pronto un llamado telefónico distrajo a Lucas de su lectura. Pensó en no atender pero volvió a la realidad de sus obligaciones cotidianas y contestó el teléfono. Entonces, casi sin poder creer lo que había escuchado, llevó mecánicamente su mano hasta el interruptor y encendió el televisor. Y así, esa mañana de 18 de julio de 1994 Lucas descubrió uno de los peores significados que tiene la palabra “hombre”: El horror. Otra vez el horror de una bomba en el centro de la ciudad, pensó. El horror de la embajada, pensó. La embajada del horror, pensó. Y ya no pudo pensar más. Hay un punto en que uno queda descerebrado, inmóvil, absorto, seco y reseco de emociones y sin poder comprender. Porque es imposible entender al hombre, en qué consiste, por qué juega a la paz mientras prepara la guerra, por qué dice que somos hermanos cuando somos fraticidas.

   Ya era de noche y Lucas no se había podido mover de esa habitación. Estaba derrotado y confundido, con un profundo dolor por esta autotragedia creada por el mismo hombre que no atacó a los judios o a los cristianos, que no atacó a la Argentina. Que atacó a todos. Porque cuando un hombre es asesinado, es asesinada toda la humanidad.

   Se sentó Lucas en la única silla libre que quedaba frente al escritorio. Iba a iniciar un investigación. Viajaría a Medio Oriente o a donde sea. Buscaría por su cuenta, haría denuncias públicas, perseguiría a los culpables, haría justicia. Por la ventana las luces de la ciudad parecían grietas en la oscuridad. Prendió un cigarrillo y estuvo quieto. Por un instante logró imaginarse a los siete pisos de la AMIA cayendo uno sobre otro. Pensó en todas esas vidas, en los familiares y oyó sus gritos. Después bajó la cara y se largó a escribir, casi sin pensar, como si algo o alguien le dictara: “Lunes 18 de julio de 1994. Esa mañana Lucas Ross se despertó temprano, muy temprano para su agrado y se quedó varios minutos en la cama, hasta que finalmente pudo despegarse de las sábanas y empezar a vestirse. Sintió el piso helado, la habitación casi oscura y un fino reflejo proveniente de la puerta entreabierta del baño. Desayunó un café negro intentando despabilarse. Estaba irritado por tener que levantarse mientras el resto de su familia dormía. Era vacaciones y Buenos Aires estaba de fiesta. Miles de turistas habían llegado esa semana para disfrutar. Había espectáculos, teatro, cine y los novedosos “Shoppings” estaban llenos...”

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