Inequívocas señales de un Gobierno en franca debilidad

7/4/2019 | 06:45 |

La columna dominical de Eugenio Paillet, corresponsal de La Nueva. en Casa Rosada.

Archivo La Nueva.

Por
Eugenio Paillet

   Primera premisa que se escucha en despachos y pasillos de la Casa Rosada: hay que llegar a agosto como sea. Todos los indicadores de la economía y de la situación social, amén de los problemas políticos internos que se veía venir que debería afrontar el presidente, son de regulares a malos. Hay tres requisitos que aparecen como insoslayables para arribar a aquella instancia: que el dólar si bien no se dispare como algunos pronostican, al menos se mantenga cerca de los 44 pesos; que la inflación tienda a estacionarse más cerca de los dos puntos mensuales cuando llegue el bimestre junio- julio. Y, ya se sabe, que Cristina Fernández compita.

   Lo que salta a la vista es que en un marco de sostenida debilidad, aún aquellas decisiones que hasta no hace más que un puñado de semanas podían ser consideradas "sacrílegas" para los puristas de Pro, hoy son impulsadas y en algunos casos por esos mismos gurkas de antaño para tratar de que la nave llegue lo menos escorada posible a las PASO de agosto.

   Por ahora, se ha dicho, el panorama no es el más saludable para el gobierno de Mauricio Macri. Las encuetas insisten en mostrarlo por debajo de la intención de voto de Cristina Fernández, una constante que las malas noticias tienden a afianzar. Más allá que se sostenga bien en alto la idea duranbarbista de que en una segunda vuelta más que el "voto útil" primará el "voto anti" en la sociedad. Están convencidos que el tercio de quienes podrían torcer la balanza, en buena medida se inclinará a votar por Macri para no votar a Cristina, teoría que ellos mismos han dado en llamar "la del menos malo". Estrecheces de la época que en tiempos de malaria casi dan para festejar.

   El de Macri es, de cara a una elección que ha sido calificadas por los analistas como "la más dramática" desde el retorno de la democracia, un gobierno manifiestamente débil. Antes de escarbar en las razones de esa (des)calificación, habría que convenir en que el presidente, su mesa chica, el macrismo en general, está casi obligado a entregar una a una todas aquellas banderas que defendía cuando arrancó esta historia en diciembre de 2015. Se lo está marcando, y más que eso reclamando, una gestión que ha tenido más sombras que luces.

   Que, con apenas cuatro meses largos de gestión por delante para enderezar el barco, si se tiene en cuenta que tras las PASO le será casi imposible a la administración instalar alguna política de salvataje de última instancia, es muy poco lo que puede hacer. Como reflexionan aquellos voceros, tiene que jugar "a todo o nada" en estos meses que restan hasta las primarias obligatorias, y no sobra nada como para suponer que la Casa Rosada pueda hacer pata ancha y mucho menos imponer condiciones en casi ninguna de las áreas con asignaciones pendientes que debería enderezar, tanto en la economía, en el cuadro social, como en la política propiamente dicha.

   Esta semana ha sido rica en hechos y gestos que marcan esa franca debilidad del gobierno. Ahora que las papas queman debió llamar de apuro al radicalismo, al que ninguneó sistemáticamente durante estos tres largos años, para que ofrezca una figura que acompañe a Macri en la fórmula presidencial, y otras concesiones proclamadas por Rogelio Frigerio y Horacio Rodríguez Larreta delante de los gobernadores Gerardo Morales y Alfredo Cornejo para una nueva conjunción, inexistente hasta ahora, en materia de consultas sobre la marcha de la gestión. O sobre medidas que deberían tomarse y que cuando se tomaron en el pasado, los radicales se enteraban por los diarios.

    Más patente: el macrismo ni siquiera objetaría ahora una candidatura a vice del siempre sospechado por ellos Martín Lousteau. Más allá de que el economista ya dejó trascender que no está en sus planes acompañar a Macri sino, en todo caso, enfrentar a Rodríguez Larreta en la Ciudad.

   Esa misma debilidad llevó al oficialismo a pagar un alto costo por una jugada con escasos visos de institucionalidad democrática, cuando torpedeó el jueves los intentos de toda la oposición unida para tratar leyes claves con alto contenido social como la anulación de los aumentos de tarifas o del pago de Ganancias de los jubilados. Los puso en evidencia con un elocuente discurso y algunos exabruptos la diputada massista Graciela Camaño. El macrismo no tuvo más remedio que tragarse el sapo de no ofrecer la mayoría agravada que hubiese permitido tratar los proyectos sobre tablas. Justo ellos, que se llenaron la boca en el pasado denostando "la escribanía" en que los Kirchner convirtieron el Congreso. Necesidades herejes que se trasuntaron esa tarde en el rostro demudado de Emilio Monzó.

   A la misma hora el sindicalismo piquetero le hizo tragar la misma medicina al gobierno, enredado en una confusa represión mientras las centrales sindicales combativas pronosticaban su siguiente movida que es un paro nacional contra la política económica. "No vamos a permitir piquetes", fue la orden de Patricia Bullrich. "No negociamos bajo presión", hizo transmitir su colega Carolina Stanley. No solo hubo un largo piquete que desde lo más alto del gobierno porteño se ordenó no impedir, sino también una convocatoria a los activistas del Polo Obrero para discutir nuevas dádivas la semana que viene.

   En tiempos de vacas flaquísimas el gobierno hasta podría permitirse un momento para celebrar alguna desgracia ajena. Es la lectura que se hacía en la Casa Rosada sobre la decisión de Roberto Lavagna de proponerse como otra alternativa peronista, más radicales, progresistas y socialistas, por afuera de la alianza más "peronista pura" que le proponen los anti K de Alternativa Federal. Lo que dividiría al PJ en tres. Suena a poco, pero es lo que hay...

Mustang Cloud - CMS para portales de noticias