Admirada pulcritud gorila

14/11/2019 | 06:00 |

Llach padre publicó durante Onganía ”Una Argentina para 10 millones de habitantes”; su hijo hoy es vicepresidente del Banco de la Nación Argentina. El libro tenía un metamensaje: el resto-de-color sobraba.

Por
Miguel Angel Asad

   Rodolfo Kusch, en “América profunda”, nos alerta sobre el ethos genético de America del Sur, entre el “hedor” y la ”admirada pulcritud” que lleva implícito el afán de una ira que nadie quiere revelar. El primero lleva consigo el miedo al exterminio; el segundo es triunfante, pulcro y apunta a un triunfo ilimitado. Hay entre ambos una interaccion dramática: la fagocitación. En el “hedor” están los  militantes anónimos de barrios que ayer y hoy abren sus corazones a cientos de comedores  para paliar el hambre en la Argentina. No digan que Margarita Barrientos esta financiada por planeros. Hay una desvergonzada herencia que nos deja el liberalismo mafioso-negacionista de Ceos que siempre pensaron y actuaron así. Llach padre publicó durante Onganía "Una Argentina para 10 millones de habitantes”; su hijo hoy es vicepresidente del Banco de la Nación Argentina; el libro tenía un metamensaje: el resto-de-color sobraba; porque nosotros “éramos-somos-el reservorio de Europa en América. El “hedor” de los nativos molestaba ya en la Colonia a los conquistadores españoles, pero no terminó  ello el 25 de mayo de 1810: el mulato Rivadavia despreciaba a los delegados de las Provincias  por el color  de la piel. Sarmiento  los detestaba como barbarie. Belgrano, San Martín y Güemes querían y propusieron a través de Belgrano en el Congreso de Tucuman un rey Inca descendiente de Tupac Amaru, Congreso que lo aprobó por mayoría -pese a la resistencia silenciosa de Anchorena y los porteños, que consideraban al Inca como hedor “de un rey pata sucia que conduciría el gobierno en ojotas”.

   El hedor se impuso y el acta de la independencia se redacta en español, en aymara, en quechua y mientras los españoles llamaban despectivamente a los patriotas como “tupamaros”, la oligarquía porteña ni entonces -ni ahora- quiere elevar al poder a los negros, ni a los indios, ni a los pobres ni indefensos, justamente los que protegía Artigas, al que la oligarquía de Buenos Aires tildó de anarquista.  Mitre, al dibujar la historia, opacó a nuestro primer presidente Cornelio Saavedra -boliviano- como la falsa historia ocultó el origen indigena de San Martin.

   En el censo de Buenos Aires (1840) había 400.000 negros periodistas, músicos, profesionales y soldados. La mayoría murieron en las guerras (San Martín formaba el grueso de su ejército con chilenos y negros; volvieron solo 187 y sus Granaderos, en situación de calle en la Recova, zaparrastrosos, mendigando y olvidados como el hedor de los soldados de Malvinas lo sería mas de cien años después).
Los racistas blancos de  Santa Cruz de Bolivia propusieron al presidente Irigoyen secesionarse y unirse a la Argentina, porque ellos también, como casta privilegiada, despreciaban el hedor de “los bolitas”. Por eso, la oligarquía rechazaría a Peron, hijo de madre tehuelche, y al amor por los humildes, por los grasitas, por los cabecitas de Evita.

   ¿Una mera recordación del pasado? No. Eso esta ocurriendo en Bolivia por parte de la oposición oligárquica y prebendaria de Santa Cruz que encarna un verdadero golpe de Estado con la complicidad de la OEA como verdadero ministerio de las colonias que con mirada esquizofrénica su presidente Luis Almagro Lemes –ex tupamaro- expulsado del Frente Amplio no tiene representación ya ni designación ya de Uruguay, ocultando que carece de rerspaldo en su cargo. Como oculta la remanida Carta Democratica que debería aplicar en Bolivia como en Chile hoy, y no lo hace  porque le molesta el hedor del indio Evo Morales que presidió un país que ha crecido como ningún otro en Sudamérica hasta que esta nueva “primavera” fogoneada por EE.UU. forzara su renuncia con una pistola en la cabeza. Es el hedor del color de la piel de los nativos, hedor como una supuesta furia de Dios. De aquellos vientos, el de hoy que impregna el destino de los que habitan y molestan ya no solo en los montes, ni en la selva -política racista de  Bolsonaro y los incendios provocados en la Amazonia- sino que además se encarna en las ciudades: con magros sueldos que no alcanzan, los millones de descartados, millones de despedidos, que caminan por las calles hasta altas horas de la noche en esa fila anónima de todos los miedos; los que están en situación de calle del “opus dei”  Rodriguez Larreta.

   Es el hedor de los que el hartazgo ha volcado a las calles de Chile, Ecuador, Perú, Puerto Rico, Haití, o de Argentina, el que ha soltado su destino fatal de morir expulsado por millones desde Africa, Siria; y  son los chalecos amarillos en Francia. Suena la hora de los pueblos, la hora del hedor “del hombre que esta solo y espera”(Scalabrini Ortiz). Hedor  que el  ahora candidato interruptus Pichetto, como vocero de la “admirada pulcritud gorila”, dice -arrancando aplausos cargados de odio- ”hay que meter una bomba y hacer volar la villa 31 con todos adentro” y que con un negacionismo lejano de aquellos días en que rendíamos justo homenaje agradecido en Sierra Grande al Coronel Kadhafy: ”Los aliados con la Iglesia,  como no les alcanzaba  machacar con la pobreza, inventaron el hambre”.

   Es el mismo hedor que menospreciaba “la vanguardia” cuando en 1956 alababa los fusilamientos de obreros en los basurales de León Suarez. Hoy toda Sudamerica se encuentra surcada por una curiosa coincidencia que empezó como “disidencia controlada” para Mr Trump. Esa se les fue de las manos. Encuentra a Chile en un baño de sangre que la OEA no objeta porque esta provocado por la elite privilegiada de Piñera, su esposa alienígena, su corte militar y su Constitucion pinochetista. Mirada bizca contra el hedor de los chilenos negros de piel, los indígenas o  pobres. El 50% de toda  la población de Chile recibe de la “fiesta liberal” lo mismo que recibe tan solo el 2% de la oligarquía blanca: la misma cúpula que nos traicionó durante Malvinas como aliada de Inglaterra. En 1946, en Bolivia, quisieron seguir -como ahora la oposición quiere reimplantar- “la mita y la encomienda” sobre los pueblos originarios (el hedor) y el Presidente Villarroel fue linchado, colgado de un farol frente al Palacio del Quemado. Era un pueblo enardecido compuesto por estudiantes, obreros, mineros, profesionales y pueblos originarios. Hoy la oposición oligárquica quiere escindir el Oriente rico del Alto pobre. Pero en la Rosada no está Don Hipólito Irigoyen. Está el CEO rubio, alto, de ojos celestes, de “admirada pulcritud”, que guarda cómplice silencio ante el hedor inminente del martirio impune -dos años- de los  44 mártires del Ara San Juan.

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