Aprender a vivir con el dolor

Se aferraron a un hilo que nunca se cortó

7/5/2017 | 08:00 | Valeria y Marichella son amigas. La vida las distanció y reencontró varias veces. En los momentos más difíciles, una fue el sostén de la otra.

Fotos: Pablo Presti-La Nueva.

Por Belén Uriarte / buriarte@lanueva.com

   María Valeria Ramos y María del Carmen Formichella tienen 46 y 48 años. Son amigas y las dos perdieron a sus maridos. En medio del dolor, empezaron a escribirse emails. Resultó terapéutico.

  Tienen otras coincidencias: son mamás, docentes y hoy desempeñan un cargo directivo. En 2005 empezaron la Licenciatura en Educación en el Juan XXIII. Fue su primer punto de encuentro. Dejaron de verse. Pero los golpes de la vida las volvieron a juntar.

  En 2015 hicieron el libro Pendiendo de un hilo. Ahí están los emails de los tiempos difíciles.

  —Más allá de la muerte real de la persona que no está más, hay algo que se muere en uno. Hay cosas que desaparecen y eso se extraña toda la vida. Pero se puede seguir. Después de todo, resucitar es una decisión —asegura Marichella, como le dicen casi todos a María del Carmen. Su marido murió a los 50 años en un accidente de ruta en 2015.

  El esposo de Valeria falleció en 2008: salió de su casa para jugar al básquet y no volvió más. Pero ella también pudo resurgir.

  —Resucitar no es volver a la vida después de morir, sino resurgir después de cada muerte cotidiana —dice.

   Valeria nació en La Plata y llegó a Bahía Blanca en 1985. Es docente, vicedirectora del nivel primario del colegio María Auxiliadora y mamá de 4 hijos.

  Su marido, Enrique González, falleció el 17 de marzo de 2008. Él tenía 40 años y ella, 37. Fue una muerte súbita: fue a jugar al básquet y se descompensó. Intentaron reanimarlo en el Hospital Municipal, pero no pudieron salvarlo.

  Cuando le avisaron a Valeria, fue de inmediato al hospital. Solo quería verlo. Despedirse.

  La recibió una doctora, que había perdido a su marido recientemente. Le dijo que un grupo de médicos estaba tratando de reanimarlo y que tenía que esperar. Ella le pidió que la llevara a la habitación: le prometió que iba a mantener la calma. La doctora rompió con todo protocolo y accedió.

  Cuando Valeria entró, los médicos la miraron desconcertados.

  —Andate a jugar con los bebés si así lo querés (habían perdido dos bebés, que fallecieron al nacer). Yo me ocupo de esto, pero ayudame —fueron las últimas palabras que le dijo a su esposo.

  Empezó un camino duro. De aprendizaje. Comprendió que todos formamos parte de "una red de hilos invisibles", que lo que uno hace o deja de hacer puede cambiarle la vida al otro, y que el tiempo y el espacio son relativos.

  —Uno no tiene derecho a juzgar la vida del otro. "Se le pasó tan rápido", "Qué bien que está", ¡No! Cada uno sabe la profundidad con la que experimenta el dolor y el proceso interno que hace para salir adelante con ese dolor, porque no lo superás, vivís con ese dolor toda la vida. Uno puede rehacer su vida, volver a enamorarse, tener otros proyectos, pero la realidad es que lo que vos soñaste para tu vida, en un momento y por una situación ajena a tu voluntad, se cortó y se terminó —explica Valeria.

   Marichella es bahiense, tiene dos hijas y ama escribir. Siempre recuerda las payadas que hacía con Juan. Fueron 12 años de una dura situación económica. Hoy trabaja en el colegio Victoria Ocampo.

  Su esposo, Juan Guillermo Sisti, murió el 12 de marzo de 2015, en un accidente en Osorno (Chile). Había viajado con su camión. Necesitaba dinero para pagar unas deudas. Lo atropelló una camioneta cuando cruzaba a desayunar en una estación de servicio.

  Marichella recibió la noticia en la escuela y sintió cómo su vida se partía. Se había ido Juan, su fe, su vida, el hombre que la dejaba sin palabras.

   Valeria y Marichella se conocieron en 2005 haciendo la Licenciatura en Educación, que llegó al Juan XXIII por medio de la Universidad del Salvador. Terminaron en 2006 y dejaron de verse.

   El 17 de marzo de 2008 Marichella terminó de dar clases y escuchó un fuerte murmullo en la calle. De pronto alguien dijo que un hombre había fallecido en Uno Bahía Club, jugando al básquet. Cuando llegó a su casa supo que era Enrique, el esposo de Valeria.

   Después del entierro, Marichella fue a ver a su amiga. La encontró sentada en la cocina, con una sonrisa y lágrimas en los ojos. La vio fuerte a pesar del dolor y no supo bien qué hacer. Se fue y en su casa le escribió una carta. Pero no se animó a dársela. La guardó.

   En 2014 se reencontraron en una cena de fin de año de directivos e inspectores escolares y se intercambiaron los números telefónicos.

   En marzo del año siguiente murió Juan, el marido de Marichella, y Valeria la contactó para ir a verla.

   —En esos momentos solo hay que estar. Uno necesita tener cerca a personas que sienten lo que siente uno. Es muy difícil empatizar con situaciones tan dolorosas —asegura Valeria.

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   Después de aquel encuentro, empezaron a enviarse emails: hablaron de sus estados de ánimo, compartieron pensamientos, hicieron los días más llevaderos. Hasta que las bandejas de entrada de sus correos electrónicos empezaron a llenarse y apareció la idea de escribir un libro. Fue de repente, en forma de chiste, casi "sin querer, queriendo", como dice el propio libro.

   Pendiendo de un hilo contiene los emails y la carta de Marichella a Valeria. Y también los credos, escritos que hicieron durante la licenciatura en los que reafirmaron su fe y contaron en qué creen.

   —¿Cómo surgió el título?

   —En 1991, en el colegio La Inmaculada, me pidieron que escriba algo para las maestras sobre lo que era la creatividad. Hice un teorema y terminé diciendo que crear es siempre tender los hilos hacia los otros porque nadie crea para sí mismo. Con el correr de los años hice muchas cosas con esto de los hilos. Y con todo lo que pasó en 2015, un día estaba tomando mate en la casa de Valeria y le dije: "¿Viste? Tanto tender los hilos, ahora se me enroscaron todos y quedé agarrada de uno". Y ella respondió: "Agarrate fuerte que no se corta" —recuerda Marichella.

  La escritura y la amistad fueron clave en la vida de Valeria y Marichella. Pero aun así, hubo momentos de angustia, desconcierto y duda.

  —Ahora siento que cuando me río, me río de verdad nuevamente. Hubo otros momentos en los que hice el ejercicio de buscar la sonrisa o la risa… Vi tanta ayuda de mis amigos y tanta buena voluntad para que estuviera bien y saliera adelante, que no podía estar llorando —recuerda Marichella.

  Valeria, en tanto, reconoce que a veces uno tiene ganas de quedarse en un sillón llorando.

  —Uno resucita para otros y por otros. Los hijos le dan mucho sentido a la vida, en nuestro caso. En otra persona puede ser el trabajo, los sueños, los proyectos. Pero también el descentrarse: el dolor es grande, pero yo no puedo quedarme encerrada mirando mi dolor cuando al lado mío hay otro que también está sufriendo —resalta.

  —¿Nunca se preguntaron por qué a mí?

  Marichella: Sí. Me vivo preguntando todo. Me acuerdo que yo le pregunté a todo el mundo qué era lo que la vida me quería decir.

  Valeria: Yo busco el "para qué". La pregunta del por qué te surge naturalmente, pero la respuesta no la vas a encontrar. Entonces por qué encapricharnos en encontrar la razón que no vamos a encontrar. La vida te da los "para qué" mucho tiempo después.

   —¿Se volvieron a enamorar?

   Valeria: Es verdad que cuando uno hace una experiencia así de linda, de matrimonio en el sentido pleno de la palabra, ya no te conformás con cualquier cosa. No porque uno sea soberbio, sino porque la vida es más linda de a dos cuando uno tiene la vocación a la vida compartida. Creía que no me iba a volver a pasar y me pasó, me enamoré a fines de 2012 de un hombre bueno, buenísimo, que entiende de qué se trata esto. Un hombre que ha sabido hacer de sus heridas perlas.

   Marichella: Creo que no hay mejor estado que el estar enamorado. Con Juan pudimos vivir a pleno ese estado maravilloso, felices. Hoy no me resulta agradable ser viuda. Pero mi nuevo estado civil me permitió ver que algunas personas se inventan el amor y otras escapan cuando lo perciben cerca. No siempre es la verdad lo que construye las relaciones y eso complica. Sí creo que el tiempo histórico, que vaya a saber por qué nos toca compartir, es tan poco que merece ser vivido en el mejor estado: enamorados.

***

   Las dos reconocen que de muerte se habla poco y nada en nuestra cultura. Y creen que es bueno hablar porque la propia muerte le da sentido a muchas cosas de la vida.

  —Vivimos en un tiempo en el que no se habla de la muerte, pareciera que si no hablamos no nos vamos a morir. Y no hay una realidad más evidente: todos nos vamos a morir. Podrá avanzar la ciencia, la técnica, pero la vida es frágil —dice Valeria.

  —Más que frágil, es finita. La finitud de la vida es la única certeza que tenemos en el momento mismo en que nacemos: no sabés si vas a tener trabajo, si vas a estar sana, si te vas a casar, si vas a ser feliz, si vas a tener hijos, pero la única realidad que tenemos es que todos nos vamos a morir. Entonces hay que aceptar y darle a lo que vivimos el valor que realmente tiene—agrega Marichella.

  Las dos coinciden en que amar es la única cosa importante que venimos a hacer a este mundo y se preguntan con frecuencia en qué estamos gastando nuestras vidas. Integraron la muerte como parte de la vida y desde entonces ven todo de otra manera.

   —No te sirven las discusiones, las mezquindades, las competencias, los recelos, toda esa cosa humana que se ve en lo cotidiano. Cuando vos te corrés un poquito y ves cómo vivimos ¡Qué picardía! Nos estamos perdiendo los unos de los otros. Viste eso que dicen: si querés llamar, llamá; si querés decir, decí; si querés bailar, bailá; de verdad que tendríamos que animarnos porque uno acá está realmente de paso —reflexiona Marichella.

Un libro sin precio

   Desde hace un tiempo Pendiendo de un hilo está en las librerías Henry y Don Bosco.

  —Nos parecía mucha desnudez de nuestra parte ir a una editorial y preguntar si lo compraban. No se podía ponerle precio a estos correos, había una cosa muy sagrada ahí. Hicimos una preventa: gente conocida puso 100 pesos y con eso imprimimos 1.000 ejemplares—recuerda Valeria.

   Después de la publicación, mucha gente que se sintió identificada las contactó por Facebook y algunos se animaron a visitarlas y compartir un café. Por eso aseguran que valió la pena publicarlo.

Encuentros antes de partir

  Después del accidente llegó la autopsia de Juan, el esposo de Marichella, y muchos trámites administrativos. Por eso el cuerpo tardó 12 días en volver a la Argentina. Y no terminó ahí: en agosto de ese año —el mismo en el que su hija mayor cumplió 15— ella fue a Chile por cuestiones administrativas y se encontró con tres personas claves.

  La primera fue Rodrigo Moreno Orellana, único testigo del accidente, que le ayudó a reconstruir el final de su esposo: le contó que iba atrás de la camioneta que atropelló a Juan y cuando vio el impacto, frenó, se acercó al cuerpo y llamó por teléfono a su mujer para rezar juntos.

  La segunda fue Enrique, un hombre de campo que le permitió conocer la última mirada de su esposo. Le contó que aquel 12 de marzo desayunó en la misma estación de servicio a la que se dirigía Juan cuando fue atropellado: se cruzaron en la ruta, se miraron y segundos después fue el accidente.

  La tercera y última fue un hombre de apellido Ruiz, que le permitió ver lo último que leyó su marido. Ruiz, que vende poesías en la estación, le contó que el día del accidente se las ofreció a Juan. Él no tenía plata, pero leyó una antes de cruzar la ruta. Entre otras cosas decía:  "Jesús, camino de vida eterna. El que crea en Él, aunque muera vivirá".

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