Carlos Alberto Leumann: del amor de la Virgen al himno bahiense

UNA PARTE DE LA HISTORIA DE BAHÍA

Carlos Alberto Leumann: del amor de la Virgen al himno bahiense

18/12/2016 | 08:21 | Tras haberse declarado desierto el concurso en el cual se buscaba la letra para la canción para identificar a la ciudad. Allí se pensó en Leumann, de dilatada trayectoria.

Carlos Alberto Leumann: del amor de la Virgen al himno bahiense

Pascual De Rogatis y Luis Bilotti interpretando el Himno a Bahía Blanca.

Mario Minervino

mminervino@lanueva.com

“En todas nuestras penas, sean del alma, sean del cuerpo, después de Dios hemos de concebir una gran confianza en la Virgen María”. Santo Cura de Ars, Sermón sobre la esperanza.

En febrero de 1928, el escritor Carlos Alberto Leumann (1886-1952) recibió, en su casa de Tigre, el llamado de Roberto J. Payró. El autor de Pago Chico le realizó un pedido inesperado: necesitaba la letra para el himno de Bahía Blanca, la cual sería musicalizada para el centenario de la ciudad, el 11 de abril de 1928.

Dos particularidades acompañaron aquella solicitud: por un lado, la urgencia de disponer del escrito en una semana. Por otro, la circunstancia de que Leumann jamás había visitado nuestra ciudad.

Lejos de dudarlo, el escritor aceptó el reto. Porque además fue para él un gesto alentador, no sólo de Payró, sino de los otros integrantes del jurado, los también escritores Pedro Miguel Obligado y Alvaro Melian Lafinur. Con los tres había compartido años de trabajo en “La Nación” -la publicación cultural más prestigiosa de la época- y este gesto lo alejaba de la pena que tenía por haber sido despedido del diario de los Mitre unos meses antes.

Leumann debió renunciar a pedido de los propietarios del diario, luego de que una de sus notas despertara el enojo de intelectuales católicos y autoridades de la Iglesia. Es que con uno de sus textos se había metido en un tema menor: aseguró que la Virgen María nunca había amado a Jesús con sincero amor de madre y que además jamás lo había comprendido, lo cual provocó que Cristo se sintiera menospreciado toda su vida.

Los dichos

“¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?” . Marcos; 6, 3

El domingo 10 de abril de 1927, Leumann publicó en el suplemento literario de La Nación su nota “La Madre de Jesús”. Unas semanas antes había ocupado el mismo sitio con “Las mujeres que Jesús miró”, dando cuenta de las relaciones femeninas establecidas por Cristo en su vida de evangelizador.

Tenía entonces 41 años y era parte de un selecto grupo de colaboradores del diario, junto a Payró, Eduardo Mallea, Leopoldo Lugones, Mariano de Vedia y Mitre y Alvaro Melian Lafinur, entre otros.

En el escrito mencionado, extenso, planteó un hecho que puso los pelos de punta a propios y extraños: aseguró que María (Madre de Dios y mujer del Espíritu Santo) jamás sintió por Jesús amor de madre por no haberlo concebido en un acto carnal con su marido, José. Señaló además que nunca logró entender el comportamiento y las ideas de Jesús.

“Para cumplir con los designios de Dios, la madre del Redentor sólo lo amó con la ternura de la carne, porque no entendió su espíritu, ni su palabra; y después, a causa del Espíritu, ni aún la ternura materna de la carne pudo dar a Jesús”, aseguró Leumann en un escrito prolijamente ilustrado.

Como prueba de su visión recurrió a un pasaje del Nuevo Testamento, donde Cristo refiere que todos tenían un regazo donde recostarse (incluso las aves), mientras que “el hijo del Hombre no tenía donde reclinar su cabeza”.

Pero además aseguró que María amaba “de manera completa” a sus otros hijos, los hermanos de Jesús.

“Faltó al Cristo el amor de su madre, al no tenerlo no tuvo ligaduras que le atasen a la tierra. No lo tuvo para que anduviese desvalido, para que sus padecimientos redimiesen al hombre de su abominación”, justificó.

Sugiere además una infeliz infancia de Jesús. “A la hora de la tarde no entraba en la casa: la casa no era alegre para Jesús, a causa del desamor de su madre”.

A las pocas horas llegaron a La Nación las primeras condenas a su contenido.

Las respuestas

El primero en rebatir los dichos de Leumann fue Tomás Casares (1895-1976), abogado, filósofo, miembro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y creador de los Cursos de Cultura Política, origen de la Universidad Católica Argentina. Monseñor Octavio Derisi aseguró que “pocas veces en la historia del país” se habían conjugado “tan fuerte y armoniosamente” inteligencia, formación intelectual y conducta cristiana como en Casares. Es decir que su palabra era de mucho peso.

“María no comprendió la misión de Jesús, dio lo mejor de su afecto a los hijos 'tenidos de José' y fue la causa de los dolores de Jesús al no conocer la tibieza del regazo materno”. Así resumió Casares los dichos de Leumann. “Todo eso lo insinúa livianamente, en un estilo que quiere ser un eco moderno de los libros santos, pero que ha perdido su dignidad en el menester de profanar la doctrina que esos libros contienen”.

Explicó luego el amor de María por Jesús y pidió perdón a Leumann por “la acritud de sus líneas”. “Pero cuando se deprime la eminente dignidad de la Virgen, desafía el celo más íntimo de los católicos”.

La palabra de Delfina

La segunda nota al diario fue enviada por Delfina Bunge de Gálvez (1881-1952), dueña de un apellido ilustre, escritora, poeta, ensayista y filántropa. Amiga de Victoria Ocampo y de Alfonsina Storni y colaboradora de los principales diarios y revistas de su tiempo.

Para Delfina, Leumann atacó “la integridad de la Virgen María”, destruyendo la imagen que los católicos tenían de ella. “Por su pureza misma, y por ser la Elegida, la Virgen debió comprender mejor que criatura alguna la misión de Jesús. Esto no impide que en algún momento pudieran sorprenderla los medios de que Jesús se valiera para cumplir su misión”, reflexionó. También justificó el silencio de la Virgen, “prueba de la perfecta comprensión que tuvo de la misión de cristo. Aún después de que el Hijo hubo hablado, supo María que no era necesario su palabra humana para salir garante de la palabra de Dios”.

La decisión

Ahí quedó entonces Leumann, expuesto al enojo clerical, al de los creyentes y al de los intelectuales. Desde la Iglesia se pidió al director del diario, Jorge Mitre, “inmediatas rectificaciones y sanciones adecuadas”. Mitre no dudó en donde pararse. Le aseguró al arzobispo de Buenos Aires que “tomaría las medidas necesarias frente al caso”, las cuales incluyeron el despido de Leumann.

El debate por lo ocurrido se trasladó a revistas y diarios, muchos de los cuales defendieron a Leumann y pidieron el respeto por su trabajo.

Roberto Giusti (1887-1978), director de la revista Nosotros, señaló que si “Mitre quiso establecer responsabilidades, debió apuntar al director del suplemento dominical por haber publicado lo que contrariaba la fe de sus mayores y los intereses de la administración. Pero nunca, esto lo ve Perogrullo, a quien se presenta con un artículo literario y pregunta: ¿Quieren publicármelo?. Empiece por castigarse a sí mismo el señor Jorge Mitre, por ignorar lo que sale en su diario”, indicó.

Leumann, en carta a Giusti, lamentó la actitud de algunos compañeros de letras: “un escritor me reprochó mi tono excesivamente tranquilo por la actitud de La Nación. Después de escucharle, le expliqué que la amargura que me trajo la injusticia había desaparecido, reemplazada por otra más íntima y más perdurable: la actitud mucho peor en su pasividad que adoptaron los escritores”.

Llega el Himno

“No creo que Leumann tuviera ningún conocimiento del campo”. Jorge Luis Borges.

Mientras Leumann perdía su trabajo en La Nación, Bahía Blanca preparaba los festejos del primer centenario de su fundación. Para eso organizó un concurso, buscando la letra para su himno, el cual luego sería musicalizado.

La convocatoria fue realizada sin demasiado tiempo para que surgieran inconvenientes. Recibidos los trabajos, fueron remitidos al médico Enrique Mallea, quien presidía en la Capital Federal la comisión procentenario. Mallea había armado un jurado de primera línea, con tres escritores de La Nación: Roberto J. Payró, Pedro Miguel Obligado y Alvaro Melián Lafinur. Payró vivió en Bahía, donde fundó el diario La Tribuna. Obligado (1892-1967) fue un calificado poeta y Lafinur es recordado por ser primo de Jorge Luis Borges. Pocos días después, los bahienses recibieron la peor de las noticias. “Todas las composiciones -informó el jurado- atestiguan fervoroso amor de sus hijos a la ciudad, pero la expresión no es suficientemente feliz en ninguna de ellas”. El concurso fue declarado desierto.

A dos meses de su estreno, la ciudad no tenía letra para su himno. En ese contexto fue que el jurado recurrió a Leumann, quien se recuperaba de su polémica divina. En tres días el poeta completó su descripción de una ciudad a la que no conocía. En su escrito hermanó tres infinitos -los del océano, pampa y cielo-, refirió esa misma característica a la grandeza de la ciudad y mencionó a su nombre como “una imagen de luz”. La imaginó poseedora de un barranco que “se yergue ante el mar” y reemplazó el suave planeo de las gaviotas cangrejeras por el audaz vuelo de un cóndor. En un renglón, considerado luego inconveniente, evocó su origen como fuerte de frontera y el logro de sus habitantes al quebrar la flecha del indio, “humillando su hirsuta cerviz”.

Unos días antes de ser estrenado en la velada del gala del Teatro Municipal, el músico Pascual de Rogatis -docente del Conservatorio Williams- musicalizó el poema, lo ensayó con el pianista Luis Bilotti y en pocas horas el coro de la Escuela Normal estaba en condiciones de cantarlo.

El poema de Leumann, el hombre que puso en duda el amor de María por Jesús, resonó en la sala por primera vez el 11 de abril de 1928. Él no pudo escucharlo. Quizá hubiese sido un bálsamo para su alma.

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