La escena política, encerrada en una Torre de Babel

4/10/2015 | 00:16 |

Mientras Scioli le apunta a Buenos Aires, Macri hace anuncios para todo el norte.

Por
Eugenio Paillet

Confusión. Divisiones. Atropellos sin reparos para alcanzar las puertas del Cielo. En este caso, las de la Casa Rosada. En sentido estrictamente político, la escena argentina de estos días se asemeja a la definición bíblica de la Torre de Babel.

A tres semanas de las elecciones presidenciales que pueden cambiar el concepto de democracia degradada que se instaló hace 12 años y el fin de la década perdida/robada, las incógnitas subsisten y se profundiza, mal que le pese a millones de ciudadanos, la sensación de que cuanto más barro mejor.

Lo que importa es el objetivo de retener el poder, en un caso, o de hacerse de él, en el resto de los que se han subido -voluntariamente o llevados por la circunstancia- a la suciedad de la campaña.

El revoleo de carpetazos y denuncias, y en parte algunas causas en los tribunales, han judicializado y convertido la campaña en una guerra a todo o nada entre los tres principales candidatos, los que tienen posibilidades ciertas de llegar.

El Gobierno refuerza cada día su embestida contra Mauricio Macri, al que claramente ha elegido como el enemigo a vencer.

Desde el colectivo Cambiemos -aunque mejor cabría decir desde el macrismo puro, porque el resto, radicales y la Coalición Cívica, parecen pintados- hacen lo mismo.

Disparos casi diarios contra la riqueza oculta de Daniel Scioli, o los lazos de Aníbal Fernández con el narcotráfico.

También celebran la imputación al metalúrgico Antonio Caló, el más firme sindicalista defensor de la candidatura del exmotonauta, por haber cobrado plata negra de su gremio durante 20 años a costa del bolsillo de los afiliados a su gremio.

O la desvergonzada confesión de haber recibido coimas por parte de Ricardo Jaime. El hombre que cierta vez le dijo a unos empresarios que intentaban llegar al dueño de la pelota para hacer negocios: "hablen conmigo, yo soy Néstor...".

Pequeñas venganzas que se permiten los macristas después de sufrir el cañoneo oficial y de la parva de medios pautadependientes por las inconsistencias de Fernando Niembro y Eduardo Amadeo, por citar apenas dos de sus pasatiempos preferidos desde que todos decidieron que mejor es embarrar la cancha y dejar las propuestas con las que le van a solucionar los problemas a la gente, para más adelante. O para nunca.

Salvo las clásicas y rumbosas promesas de campaña que aseguran milagros que ni ellos mismos creen poder cumplir.

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Punto para Scioli, o para Cristina, como se prefiera: si algo puede decirse en medio de todo ese barrial es que Macri no ha logrado del todo, después de los casos más sonados, desactivar esa impresión que encarnó en el tejido social sobre las carencias de todos por igual a la hora de explicar negocios turbios o faltos de papeles. Terminan por abonar la táctica del Gobierno cuando intenta defenderse contraatacando: "nosotros robamos, pero ustedes también".

En ese tren, Sergio Massa lo que hace es pegarles a los dos rivales por igual. Porque claramente necesita para entrar en la segunda vuelta rapiñarles votos tanto a Macri como a Scioli.

El episodio de Mónica López no parece ayudarlo, aunque es más simbólico que otra cosa: esa señora tiene más zapatos que votos. Atosigan en verdad al tigrense otros datos: algunas encuestas están marcando que en un balotaje entre Scioli y Macri, 3 de cada 4 votos del massismo irían para el gobernador y el restante para el intendente.

El festival de garrochazos de estos últimos meses de peronistas/massistas -que en definitiva lo único que hacen es lo que mejor saben hacer, que es oler dónde está el poder-, pareciera confirmar esa tendencia.

Todo indica que de aquí a las elecciones los tres están obligados a hacer lo que les impone conseguir el número mágico: Scioli, pasar el 40 por ciento para evitar la segunda vuelta. Macri, quebrar la barrera de los 30 puntos para forzar ese duelo final. Y Massa, seguir intentando lo imposible, aunque es el que más creció de los tres en las últimas dos semanas.

De allí que mientras Scioli concentrará todo su esfuerzo en Buenos Aires, donde no le fue bien en las PASO y cree que puede capturar los dos puntos que le faltan, Macri amplía y hace anuncios para todo el Norte con su Plan Belgrano. Massa busca sencillamente en cualquier lugar sin importar la geografía. Le falta muchísimo, pero él sostiene que lo puede conseguir.

El problema de Scioli, que se veía venir, es que tiene que luchar en dos frentes. El segundo es hacia adentro, contra el cristinismo, una interna que se suponía que iba a explotar, si gana, después del 10 de diciembre, cuando debería demostrar que es el nuevo dueño de la chequera.

Le están marcando la cancha ahora mismo y lo obligan a desperdiciar esfuerzos para demostrar que no será un monigote de la doctora, cuando, como dicen en la sede porteña del Banco Provincia, necesitan concentrarse en una sola batalla, que es ganar en primera vuelta, porque podrían perder en el siguiente turno.

Hay en ese segundo frente un montón de ejemplos de uno y otro lado: los que dicen que el poder será de Scioli, y los que retrucan y afirman que el poder seguirá en manos de Cristina.

Ella misma le avisó el viernes desde Río Gallegos: "el proyecto no tiene nombre y apellido". Traducción libre: "yo sigo siendo la dueña del modelo, vos sos el candidato".

Ya se lo dijo Zannini cuando la jefa se lo impuso como vice: "el armado del gabinete es tuyo, todo lo demás es nuestro".

Scioli acaba de agregarle un baldón a ese calvario: su desvergüenza para aceptar a la insignificante Mónica López le suma un capítulo más a la enorme degradación de la democracia y la política, que él propone venir a recuperar.

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