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Carlos María Alvear, audaz, hábil y polémico

2/11/2014 | 00:16 | Bautizado como Carlos Antonio Josef Gabino del Ángel de la Guarda, Alvear alcanzó notoriedad cuando, en 1814, junto con el almirante Brown, lideró la toma de Montevideo, aún en poder de los realistas. Tenía 24 años. Después, sentaría las bases de una familia patricia de notable influencia.  Ricardo De Titto Especial para "La Nueva." Por Ricardo De Titto / Especial para "La Nueva."

El joven Alvear tomó la carrera militar y participó de la guerra contra las fuerzas napoleónicas. En 1812 decidió regresar al Río de la Plata. Aunque algunos criticaban su juventud y su estilo arrogante, su espíritu inquieto, su audacia y su genio mili

Carlos María de Alvear –así conocido, por su decisión, desde 1814- nació en las misiones en 1789. Siendo niño viajó a España con su familia y, presa su flota de un ataque de marinos ingleses, en las cercanías de Cádiz vio morir a casi toda su familia –su madre y siete hermanos?- cuya nave fue bombardeada y destruida. El, ubicado en la fragata "Medea", salvó su vida junto a su padre, que oficiaba como capitán. De la "Mercedes", donde iba resto de la familia, en cambio, no quedó nada. Corría octubre de 1804. El joven Alvear tomó la carrera militar y participó de la guerra contra las fuerzas napoleónicas. En 1812 volvió al Río de la Plata.

“El niño” –así lo llamaba, con sorna, San Martín- era soberbio y ambicioso. En Buenos Aires, durante un tiempo, participó de la formación e instrucción de nuevos oficiales del Regimiento de Granaderos a Caballo. Para entonces, su principal decisión, sin embargo, la había tomado en Europa y había sido política, al sumarse a la Sociedad de Caballeros Racionales que daría luego origen a la Logia Lautaro. Su cómoda posición económica y sus relaciones sociales le permitieron sumarse al proceso abierto con la Revolución de Mayo desde el seno mismo de la élite gobernante y, siempre junto con San Martín, liderar al grupo que destituyó al Primer Triunvirato en octubre de 1812 para enancar en el poder a un Segundo Triunvirato, más comprometido con la lucha emancipatoria americana. Así fue que se convirtió en líder de la Logia. Su posición se afirmó pronto: poco tiempo más tarde, Alvear fue designado general en jefe de la guarnición de Buenos Aires.

Aunque algunos criticaban su juventud y su estilo arrogante, su espíritu inquieto, su audacia y su genio militar y político eran inocultables. El nuevo Triunvirato y la Logia convocaron a la Asamblea General Constituyente “del Año XIII” de la que fue principal animador: ingresó como diputado por Corrientes y, a pesar de que la Constituyente no declaró la Independencia ni aprobó una Constitución –las dos tareas centrales para las que había sido convocada- las reformas liberales que introdujo, así en lo concreto (títulos de nobleza, esclavitud, régimen eclesiástico) como en lo simbólico (creación del himno, el escudo, y la escarapela), ayudaron a dar vuelta la página de buena parte la legislación colonial vigente.

En simultáneo, junto con Juan Larrea impulsó la formación de la escuadra que nombró a Guillermo Brown como comandante y que tendría un papel clave en la reconquista de Montevideo.

Así fue que, en la Banda Oriental, reemplaza a José Rondeau y se alza con los laureles –en buena parte conquistados por el trabajo de mucho tiempo de Rondeau y Artigas- de la toma de Montevideo. Su prestigio aumentó tanto como los recelos de sus conductas: por la toma del puerto oriental fue ascendido a brigadier general.

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La Asamblea Constituyente concentró aún más el poder y creó la figura del Director Supremo de las Provincias Unidas. En enero de 1815 Alvear fue designado en ese cargo, en el que reemplazó a su propio tío Gervasio Antonio de Posadas, puesto por él el año anterior. Alvear fue amigo de imponer una fuerte centralización política, lo que le generó serios problemas con San Martín -gobernador de Cuyo- y guerra abierta con Artigas -líder de la Liga Federal- que controlaba toda la región oriental y mesopotámica. Además, su intento por rodearse de un boato y un ceremonial ajeno a la modestia de los gobiernos anteriores, le valió la censura pública y lo llevó a gobernar rodeado por un grupo de incondicionales

Su paso por la cumbre del poder fue efímero. A los tres meses, una revuelta del ejército decidió desplazarlo y Alvear renunció a fines de abril. Antes, y de modo inescrupuloso, se había abrogado el derecho de escribir a diplomáticos ingleses para gestionar que las Provincias Unidas se convirtieran en un protectorado de Gran Bretaña.

Durante varios años participó de las luchas civiles realizando acuerdos con sectores variados y su estrella volvió a brillar en la Guerra con el Brasil (1825-1828) como comandante del gran triunfo de Ituzaingó de 1827. Esa página también tiene sus claroscuros: los estrategas militares suelen llamarla “la batalla de la desobediencia” afirmando que el triunfo se logró por la acción sobre el terreno de los oficiales más importantes como Lavalle, Paz, Iriarte, Lavalleja y otros que desatendieron las decisiones de Alvear.

En 1829 fue ministro de Guerra durante unos meses y, al ascender Juan Manuel de Rosas al poder, se apartó de la política práctica. En 1832 fue nombrado ministro plenipotenciario ante los Estados Unidos, pero el viaje no se concretó.

En 1838, año del bloqueo francés a la Confederación Argentina, Rosas, gobernador bonaerense encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, lo designó ministro plenipotenciario en Estados Unidos, cargo que ejerció 14 años, sin regresar jamás al país. En 1852, después de la batalla de Caseros fue confirmado en su cargo como ministro de la Confederación liderada por Justo José de Urquiza y, en esa función, encontró la muerte en Nueva York. En 1854 –cuando los descendientes de los unitarios gobernaban la provincia de Buenos Aires separada del gobierno nacional- sus restos fueron repatriados. A pesar de las polémicas suscitadas por su personalidad y sus cambiantes posiciones políticas, se le brindaron exequias como exjefe de Estado.

Hombre hábil y de pocos escrúpulos, sentó las bases de una familia patricia de notable influencia económica y política, que contará, entre sus descendientes directos, con el primer intendente de Buenos Aires –Torcuato de Alvear, en 1883- y un presidente de la nación, el radical Marcelo T. de Alvear (1922-1928).

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