Los caminos de Moreira, un nuevo circuito por los pagos bonaerenses
Por Corina Canale / [email protected]
Cuando Moreira puso los ojos en la Vicenta comenzó su desgracia. Andaba por la treintena y solo ambicionaba un campito, unas cuantas cabezas de ganado y aquerenciarse. Pero la muchacha también era pretendida por el teniente alcalde, el poderoso don Francisco, cuya primera triquiñuela fue multarlo por no haber pedido permiso para su fiesta de bodas.
Y enseguida lo traicionó el almacenero Sardetti, al que le había prestado un dinero de buena fe. Sin papeles, solo de palabra. El comerciante negó la deuda en complicidad con el funcionario y Juan fue a la cárcel unos días. Entonces le prometió una puñalada por cada mil pesos, algo así como diez estocadas, que le propinó en el mismo almacén.
Su suerte ya estaba echada. Y cuando una patrulla con un jefe y cinco soldados intentó detenerlo se los llevó puestos. Ese día se estrenó de fugitivo y supo cómo era dormir bajo las estrellas con el bayo ensillado para escapar al toque, solo con un poncho y su fiel perro "Cacique".
Y en ese vagabundeo fue desafiado por gauchos que querían derrotarlo y que decían que la muerte lo había "enviciao".
Mientras las muertes se sucedían, por diversión o bravuconadas, la cola del diablo de la política le complicó aún más su vida de bandolero vagabundo, apuesto, guitarrero y mujeriego.
A fines del siglo XIX dos partidos rivalizaban por el gobierno de la provincia de Buenos Aires. El Nacionalista, los "crudos" de Bartolomé Mitre, y los "cocidos" autonomistas de Adolfo Alsina, quien lo convirtió en uno de sus guardaespaldas y le obsequió un facón cuya hoja medía 63 centímetros.
Moreira siempre supo dónde esconderse. Pasó un tiempo en la toldería de Los Toldos del cacique Coliqueo, el lonco mapuche descendiente de Caupolicán, a quien Mitre nombró coronel del Ejército argentino.
Su vida transcurrió en la barbarie del desierto, donde se graduó de héroe trágico por los vaivenes sociales de un tiempo donde fue salvajemente perseguido. Se dice, sin certeza, que nació el 25 de noviembre de 1819 en la bonaerense San José de Flores, hijo de doña Ventura Núñez y del despiadado mazorquero español Mateo Blanco.
La extrema crueldad de Blanco desató la de Juan Manuel de Rosas, quien le dio en mano una carta para Antonino Reyes, de Santos Lugares, con la orden de "ejecutar al portador". Y se menta que para proteger al huérfano de la mala fama paterna, lo apellidaron Moreira.
Lo que se sabe es que la muerte, con la que había noviado, lo encontró el 30 de abril de 1874 en la pulpería burdel La Estrella, cuando una patrulla de 25 militares lo emboscó por orden del Juez de Paz de Lobos Casimiro Villamayor, a pedido del gobernador Mariano Acosta.
El sargento Andrés Chirino lo ensartó por la espalda con su bayoneta y Moreira le voló cuatro dedos de un cuchillazo, aunque otros dicen que le sacó un ojo. Chirino murió a los 104 años, sin saber que en la literatura y en el cine sería tan famoso como el gaucho que quería una vida sencilla.
Al hombre de la cara picada de viruela lo enterraron en Lobos y cuando fue exhumado su calavera quedó en poder del doctor Eulogio del Mármol, quien se la obsequió a su colega Tomás Perón. Este la conservó en su casa, luego la donó al Museo de Luján y hoy se exhibe en el museo Juan Perón de esa ciudad.