LA MORENITA, 90 AÑOS EN PLENO CORAZON DE VILLA MITRE

El bar que cuenta historias

30/5/2010 | 09:00 | MAXIMILIANO PALOU "La Nueva Provincia" Cruzo la plaza de Villa Mitre. Llego a Alberdi y Washington. Voy en diagonal. Abro la puerta de La Morenita. Es de doble hoja: chapa abajo, vidrio arriba y una persiana a medio cerrar. Cierro. Piso cerámicos. Miro el pool de la derecha. Sigo. Llego hasta la barra que alguna fue de estaño. Ya sobre el piso de cemento le digo "buen día" a Pablo Barroso.


MAXIMILIANO PALOU
"La Nueva Provincia"






 Cruzo la plaza de Villa Mitre. Llego a Alberdi y Washington. Voy en diagonal. Abro la puerta de La Morenita. Es de doble hoja: chapa abajo, vidrio arriba y una persiana a medio cerrar. Cierro. Piso cerámicos. Miro el pool de la derecha. Sigo. Llego hasta la barra que alguna fue de estaño. Ya sobre el piso de cemento le digo "buen día" a Pablo Barroso.


 --¿Me hacés un Fernet?


 --Dale...


 Mientras Pablo prepara. Me acerco a las paredes. Frente al mostrador. Trofeos, sifones, herramientas de carpintería, botellitas, botellas, pesas, pesitas, una Virgen, vasitos...


 Subo la mirada. Una vieja balanza Zeiler, otra máquina, más trofeos. Miro a la derecha: ahí están los discos, aferrados a la pared. Hay de D`Arienzo, de Los Plateros, de Alta Tensión y hasta de Schumann. Sobre la mesita más baja veo un tocadiscos. Lo llamo al despachante, al que ya le pregunté el nombre.


 --Pablo... ¿qué es esto?


 --Ah... Eso es un tocadiscos portátil.


 El Fernet me espera en la barra. Lo pruebo. Está bien.


 --Che ¡Qué bueno esta esto! --le digo a Pablo.


 --¿Te gusta?


 --Es como meterse un poco en la historia.


 --Y...


 --¿Cómo llegaste hasta acá?


 --Esto es de la familia. Lo puso mi bisabuelo (Antonio González) y después estuvieron mi abuelo (Leopoldo) y su hermano.


 Me voy para el otro lado. Cerca del pool, del lado de calle Alberdi, la pared cuenta historias. Como el diario "Democracia" del 7 de octubre de 1936: "Villa Mitre, el barrio del porvenir", dice el encabezado de la página 7 de ese día.


 Veo publicidades de carnicerías y otros negocios del barrio; fotos de quienes iban al Colegio San Vicente de Paul hace mucho, fotos de peleas de boxeo y las infaltables de Raúl González.


 --Pablo ¿y este hombre quién es?


 --Es Raúl, el hermano de mi abuelo. Fue el que estuvo al frente del bar mucho tiempo.


 Raúl tiene un bandoneón en su mano. Y según un cartel Raúl tocaba el bandoneón en el conjunto de típica Los zorros grises.


 Hay más de este lado del bar, como el sapo.


 --¿Te animás? --me dice Pablo.


 --A ver...


 Tiro como diez fichas (tejos) y no acierto a nada. Ni al sapo, ni a la vieja, ni a los molientes.


 Hay más. Como el cartel que recuerda que en 1934 pasó el último tranvía por esa misma esquina. Era la línea 9 llamada Luz blanca y figuran hasta los horarios de salida.


 Doblo para Alberdi. Paso por debajo de la bandera de Villa Mitre y veo una de las figuras de Gardel, las otras dos están en la pared que separa el salón del patio. Fotos de equipos de fútbol de Villa Mitre, un recordatorio de "La Nueva Provincia" a Raúl Berto, centrojás de Villa Mitre de la década del 40.


 Me acerco de nuevo a la barra y mientras el Fernet va bajando miro todo lo que hay detrás de la barra: un cognac Terry embotellado en España, un vermouth Glanda, muchas botellitas chiquitas, una ginebra en botella de barro y todo lo que habitualmente se toma: caña, Gancia, Cinzano, vinos varios, ginebra...


 --Lamentablemente con esto de no poder vender alcohol antes de las 10, se perdió la cañita que se tomaban los que iban a laburar --dice Pablo.


 Dejo el vaso en lo que era el estaño. Me voy a la pared que corona el televisor. En el rincón hay un mueble grande. Lo miro de cerca y leo: Zenith. Pablo se acerca y me explica.


 --Dicen que esta fue una de las primeras radios que hubo en Villa Mitre.


 Quiero fumar. Abro la puerta que va al patio. Antes de encender el cigarrillo me encuentro el patio. El patio sigue contando historias. Lo corro un poco a Arnold, el gato de Pablo, para ver bien de cerca el aljibe.


 --Este servía para enfriar las bebidas --dice el ya convertido en guía Pablo.


 En el fondo hay un auto gris. Que lleva 13 años parado en el mismo lugar.


 --¿Y ese Gordini? --le pregunto a Pablo.


 --No es un Gordini, es un Dauphine. Era de Raúl, pero cuando murió, mi abuelo dijo "este se queda acá y no lo toca nadie", pero calculo que con muy poquito lo ponemos en marcha. Lo cuidaba mucho.


 En el patio taladro a Pablo con mis preguntas. Me cuenta que el bar lo puso su bisabuelo en 1920, que viene casi siempre la misma gente, que el año pasado organizó espectáculos de tango, que los parroquianos le gritan "sacá esa caja" por la computadora que hay sobre el mostrador principal y que contrasta con un bar de principios del siglo pasado, que a pesar de eso algunos le piden que le saque información de Internet, que vive en ese mismo lugar en la casita de atrás, que no toca nada de todo lo que tiene su abuelo arrumbado en los cuartos, que ese mismo abuelo nació en una pieza que todavía está en pie y que no sabe hasta cuando va a seguir.


 Entramos. Miro otra vez las paredes y pregunto por dos fotos y un bastón.


 --Son fotos de clientes que venían muy seguido. Uno es César Fernández, el bastón también era de él, y el otro es Jorge Ugarte.


 --¿Y al pool? ¿Se juega?.


 --De vez en cuando. Mi abuelo era buenísimo... es buenísimo. Nunca le pude ganar un partido. Vení.


 Entro a uno de los cuartos que ya no se usan. Me muestra un billar y me sigue contando.


 --Mi abuelo casi sin ver te pide que le digas dónde están las bolas y sigue acertando.


 Uno de los clientes afirma las condiciones de Leopoldo y cuenta una historia.


 --Una vez vino (Juan) Navarra. Puso una bola en el cordón de aquella esquina (señala la que está en diagonal con la entrada a La Morenita), le pegó desde la mesa e hizo carambola.


 Empieza la hora de las historias. Con la de la carambola me alcanza. No hay más Fernet. La siesta se aproxima. La Morenita seguirá abierta. Hasta que no haya más nostálgicos.



Leopoldo la cuenta








 Leopoldo González ahora vive en Neuquén, más cerca de una de sus hijas, Susana. Liliana, la otra hija que tuvo con María Félix, sigue en Bahía. Leopoldo va y viene. Y cuando vuelve se instala en La Morenita.


 Cuenta que el bar lo fundó su padre, Antonio, que se había venido de la española Rocino, Castilla La Vieja, en 1905.


 Leopoldo nació el 11 de mayo de 1921. Se acuerda de haber visto a Santos Gerardi: "era de la mafia italiana", dice.


 "Iban ahí porque al principio funcionaba como un almacén de ramos generales. Cargaban nafta, se tomaban una copita y se iban... Ahí eran muy tranquilos".


 También se acuerda del tranvía: "los muchachos ponían sulfuro y potasio en la vía y cuando pasaba el tranvía hacía un ruido bárbaro".


 Del farolero que encendía las luces de la esquina, del vinito que se tomaban los trabajadores, de que la plaza estaba alambrada, del negocio del árabe Nemi, de cuando comían los italianos que hicieron el Hospital Penna en 1926, de la imprenta que funcionaba en La Morenita y en la que se hizo un periódico y de tantas historias.


 --¿Qué pasará con el bar Leopoldo?


 --No sé... Me gustaría que siga.


 En eso está Pablo, su nieto. Y quizás más adelante lo estén Sara, Ignacio, Agustina o Manuel, los bisnietos de Leopoldo, los tataranietos de don Antonio.



Por el café
"Le pusieron La Morenita porque mi papá vendía ese café en distintos almacenes de Bahía y Punta Alta. En aquellos tiempos --explica-- utilizaba una máquina grande de dos poleas, con una tolva grande arriba", explica Leopoldo González.












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