Bahía Blanca | Lunes, 27 de mayo

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El secreto que develaron los hermanos Deminicis y cómo viven el momento de Estrella

El equipo del barrio San Martín volvió a meterse, tras siete años, entre los ocho que lucharán por el título de Primera. Luciano y Emiliano son DT y asistente. Tienen 50 y 52 años, respectivamente. Viven juntos y heredaron los orígenes de su papá.

Lucho y Mili en "su casa". Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva.

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

 

Emiliano llega primero y cruza el portón, caminando, como siempre, después de recorrer esos 150 metros que separan su casa del club Estrella.

Poco después ingresa Luciano, su hermano, en bicicleta, su medio de transporte alternativo, ahora que compró un scooter y, de vez en cuando, saca del garage el impecable 504 azul, modelo ‘81 que los hermanos heredaron de Tati, su papá.

Los Deminicis son como se muestran: simples, de sociabilizar lo indispensable, introvertidos, de hablar poco y difíciles de modificar sus convicciones. Paralelamente están esos dos entrenadores a los que muchos, en la medida que los descubren, deciden seguirlos sabiendo de su dedicación y compromiso.

Cuesta conocerlos. En realidad, ellos son como son, igual que se los ve, dentro o fuera de la cancha. No esconden nada, bueno, o tal vez sí: “Siempre hay algún secreto”, sorprende Lucho.

Y entonces, la deja picando: “¿Cuál es el secreto de los Deminicis?”.

“¡Qué pregunta para arrancar!”, tira Mili. Los dos sonríen casi con complicidad.

“El secreto es cien por ciento básquet”, sale al cruce Lucho.

Y agrega: “No hay otras cosas secundarias que afecten”.

-¿Únicamente el básquet?

-Entre nosotros dos, el básquet y la música. Y después las cosas de la casa, je.

Los dos viven en la misma casa de toda la vida, la cual compartían hasta hace poco más de un año con el menor, Damián (46 años). Y en esta tabulada estructura de vida, algo les cambió a los 52 y 50 años.

“Ya no compartimos habitación. Ese es un secreto. Costó medio siglo cambiar, je”, apunta Lucho, el entrenador de la Primera y que tiene a su hermano como asistente.

Cuando coinciden en casa, Lucho se encarga del mate (“me sale muy mal, por eso sólo preparo para mí”, admite Mili). No obstante, comparten poco tiempo porque manejan horarios diferentes, entonces, cada uno se ocupa de su comida. Son como una pareja libre que vive bajo el mismo techo.

-¿En qué cambio la convivencia desde el partido que Estrella clasificó entre los ocho?

Lucho: La tranquilidad, la satisfacción de saber que jugamos para arriba.

Mili: El alivio. Más como se dio la primera rueda, que había sido buenísima.

En este sube y baja emocional que devuelven los resultados, y mientras Estrella conformaba el plantel, Mili, en una noche de cancha en penumbras confesó desde lo más íntimo: “Si nos salvamos del descenso este año no nos vamos más”.

Casi un año después admite que fue un sentimiento real.

“Es que no sabíamos cuándo se sumaba Nahuel (Cámara), perdimos a (Lucas) Ruiz que entrenó, se fue y no tenía reemplazo... Mientras, el resto de los equipos se iba armando. Y por los nombres, lo primero que uno se fija, la cosa no pintaba bien”, reconoce el histórico, cuya camiseta cuelga en lo alto del Luis Álvarez.

-Mili, ¿qué cambió desde aquella frase tan cruda y sincera como pesimista, a esta clasificación cuatro fechas antes del final?

-Yo soy medio pesimista de por sí... Pero el equipo mostró desde el primer partido actitud y temple, más allá de los errores y de ganar o perder. Si a eso le sumamos juego y se abre el aro está el resultado. También creo que un poco, a diferencia de años anteriores, nos ayudó que el resto fue más irregular. De todos modos, no quita mérito para nada lo que hizo el equipo. Pocos partidos tuvimos equipo completo. Por momentos, cuando no perdemos el rumbo, el equipo juega bien.

Emiliano comenzó como asistente de Claudio Queti en 2017 y se mantuvo en el cargo. Y Luciano ya lleva cinco temporadas, desde su debut al frente de un plantel superior.

Justamente en 2017 había sido la última vez de Estrella entre los ocho de arriba. Una de las claves de evitar la permanencia fue que logró hacer trascender el equipo sobre los nombres propios.

No obstante, el entrenador puso la lupa en tres jugadores: “Santiago (Quiroga) es uno de los mejores jugadores del torneo, te trae soluciones ofensivas todo el tiempo. Muchas veces lo hablamos: puede salir muy poco.

También tenemos a Tomás Bruni que nos dio una mano grande, o Nahuel (Cámara) que cuando está bien es un interno que traslada, juega de frente, genera espacios y agarra muchos rebotes”.

-¿El cuarto es el equipo?

-Creo que el primero es el equipo. Porque más allá de tener tres o cuatro individualidades, como también el caso de Alan (Pan) que fue muy importante, ante todo está el equipo. Existe una unión de grupo pocas veces vista desde que dirijo.

-¿La relación cuerpo técnico plantel fue madurando?

Lucho: Creo que fue adaptación más que maduración. Nos fuimos adaptando al grupo que teníamos y a la forma de ser y jugar de ellos. Este año tienen un poco más de libertad, desarrollando un juego más rápido y vertiginoso, tal vez con menos pausa. Como vimos que la cosa funcionaba, lo mantuvimos.

-¿Ese juego menos seteado lo tenían planificado para esta temporada o el equipo respondió así y lo naturalizaron?

-Lo naturalizamos desde el momento que llegó Alan, que creo, en ningún lugar se siente tan cómodo como jugando con la camiseta de Estrella; y Tomás Bruni, que asumió que llegaba a un equipo armado y era la pieza que faltaba del rompecabezas. Nosotros teníamos que adaptarnos a ellos. Y creo que darles libertad les dio confianza y ayudó a que se soltaran.

La dupla Bruni-Pan.

-¿Tuvieron que administrar los egos?

-Un poco. Pero ellos tienen en claro en qué momento y a quién hay que dársela. A veces sí nos olvidamos del juego interior, pero sabemos que los tres de afuera son peligrosos y hay que aprovecharlos.

-¿Cómo se vive este momento, ya no desde la felicidad de mantener la categoría, sino de luchar para arriba?

Mili: Por un lado muy contento y recontra aliviado, y por otro, vamos a ver si podemos ir por un poco más. Todos los años jugamos con la presión de querer terminar lo antes posible, en cambio este año vamos a tratar de estirarlo al máximo. Y está bueno. Acá en el club no tenemos siempre la chance de mirar para arriba.

-Lucho, ¿cuánto puede sumar o restar según cómo asuman esto que dice Mili?

-Creo que va a ser necesario no creer que ya estamos cumplidos por haber clasificado. Demostramos que no somos menos que nadie (fueron los únicos que vencieron a Villa Mitre y Bahiense).

Mili: Hace siete años que no jugamos para arriba, y ¿quién sabe cuánto más va a pasar para repetir? Entonces, si no aprovechamos ahora, ¿cuándo? Ellos lo saben, pero habrá que recordárselos.

Lucho: Además, ellos son parte de este club, y ahora que ganamos este premio, que lo aprovechen al máximo.

-El equipo claramente dio un salto de calidad. ¿Qué enseñanzas les dejó a ustedes: adaptación, romper con estructuras...?

Lucho: Tener dos jugadores como Tomás y Alan iba a cambiar la forma de juego. Yo no soy tan de esa idea, pero acá lo importante era la conveniencia del equipo. La principal diferencia fue esa. Hubo equipos que me llenaron más los ojos, pero no ganábamos. Entonces, no siempre es lo que uno quiere, sino lo que da resultado.

-El paso de los años y crecimiento de los más chicos les alargó el plantel. ¿Influyó?

Lucho: Llegamos al extremo de tener que jugar con perimetrales de internos. En cambio, este año, tenemos diez jugadores, con Fausto (Herrera), Tomy Peña, Fede Lambrecht, Fede Macías....

-¿Dónde se arma el plantel, en calle Fitz Roy al 1100 o acá en el club?

Lucho: Acá. Yo no dirijo un equipo de Estrella sin la base del club. Primero ellos, el resto es consensuado.

-¿Eso genera otro sentimiento?

Lucho: En mi caso es el sentimiento de ver a chicos que empecé a dirigir, algunos en escuelita y ahora los tengo en Primera: Santiago y Nahuel, 7 años; Franco (Cardone), seis; Bruno (Gigliotti)... Fede Lambrecht, que si bien no empezó acá lo tuve en 9 de Julio... Me acuerdo de Mati Specogna que vino a los 10 años, hizo un entrenamiento en escuelita y pasó a Mini B, y ahora es padre y lo tengo jugando en Primera; o Andrés Almirón, con todo lo que sufrió conmigo porque lo cagaba a pedos todo el día, lloraba, se quejaba... Y el otro día cuando ganamos fue el primero en decirme “¡festejá, festejá...!”. Son pequeños detalles... Disfruto eso, el camino. Tener 10 jugadores de los 12 del club y que los dirigí a todos, me llena de satisfacción.

-Vos Mili, desde lo deportivo tuviste más logros como jugador. ¿Qué diferencias existen estando detrás de la línea o dentro de la cancha?

-Afuera es mucho más difícil. Adentro no es que dependía de mí exclusivamente, pero tenía más posibilidades. Se vive distinto y se sufre, sobre todo, estando acá en el club. Hoy es más alegría, viendo que somos casi todos del club. Cuando la cosa va bien es muy lindo, ya me pasó como jugador.

-¿El trabajo entre ustedes empieza en casa o todo en el club?

Lucho: Yo empiezo en casa el lunes a la mañana planificando la semana. Y él se focaliza en cuestiones puntuales de jugadores, y que maneja mejor que yo, que jugué poco en Primera.

-A ver Mili, contame eso...

-Más que nada sigo a los contrarios y en los entrenamientos opino algo, pero el equipo lo maneja él. Lo mío más que nada pasa por alguna cuestión puntual.

-¿El hecho de ser hermanos les genera mayor tranquilidad?

Lucho: A mí sí, porque él acá es Estrella.

-¿Y te respalda tener su figura “cubriéndote” las espaldas?

-Sé que él quiere lo mismo que yo. Podría pasarme lo mismo con otro asistente, pero en este caso es mejor porque también es mi hermano.

Tornado de 1982. El pesidente Oscar Pérez (izq.), habla con autoridades. Al fondo, semioculto, Tati Deminicis.

-El apellido Deminicis es sinónimo de Estrella. ¿Se les viene la imagen de sus padres (Tati y Roly) en algún momento?

Lucho: A mí sí, cuando miro hacia arriba y veo el cartel (sala de entrenadores Carlos Deminicis) o la foto con el cartel “Estrella agradece”...

Los ojos de Lucho se ponen brillosos, su voz parece apagarse, hasta que nuevamente toma fuerzas y sintetiza: “Con eso tengo la motivación que necesito”.

Mili es más introspectivo. El sentimiento va por dentro.

“Si bien mi papá murió cuando éramos chicos, él arrancó jugando, después dirigió cien millones de años (sic) y también fue mucho tiempo dirigente. Cuando él falleció –recuerda- mi Vieja siguió colaborando un tiempo más. Y no sé si esto es una motivación, pero sí está bueno continuar la misma línea en el club”.

-Lucho, si bien abriste las puertas y saliste más, esto también es un poco el patio de tu casa. ¿Qué diferencias notás?

-Si bien he dirigido en otros clubes y uno siempre quiere mejorar, competir y ganar, ver que tenemos un equipo plagado con jugadores propios, sumado a la gente que acompaña, es algo totalmente distinto a cualquier experiencia. Se siente. Uno se acuerda cuando se ponía la camiseta. Y tiene doble valor.

-Mili, ¿notás mayor sentido de pertenencia y los resultados en Primera pueda influir en tal sentido?

-Hay gente que está siempre y otros, con los resultados favorables, se acercan más. Pero pasa con chicos que se han ido a jugar otro club y vuelven, vienen a los partidos, hay un fuerte sentido de pertenencia, se nota. Es algo que el club trata de alentarlo. Y es lo más importante, que los chicos quieran estar acá.

-Lucho, ¿qué destacarías de Mili entrenador?

-La forma de ver el juego. Lo ve mejor que yo. Y el hecho de haber jugado 30 años en Primera, porque puede trasladar su experiencia. A veces los reta a los jugadores marcándoles de qué manera tienen que reaccionar por tener la camiseta que tienen puesta, cosa que yo puedo decirlo, pero no vivencié como él. Y la otra es que, como uno está más cerca de la línea, a veces se escapan cuestiones puntuales del juego y él me apunta. El ayudante tiene que ayudar, tener uno que diga todo que sí no sirve. Y como no somos iguales, tiene doble valor, máxime que lo conozco. Se hace todo mucho más fácil.

-Y vos Mili, ¿qué resaltarías de Lucho entrenador?

-En principio, la capacidad de trabajo, es una locura. Sin menospreciar a otros, no he visto a ninguno laburar como él. También, el conocimiento y entendimiento de juego, sumado a la tranquilidad durante los partidos. Yo, muchas veces, siendo aún tranquilo, hay cosas que me ponen más nervioso, inclusive dirigiendo menores. En cambio él mantiene la moderación y tranquilidad.

-¿Ven diferente el básquet?

-No sé si tanto. Hay muchas cosas en las que coincidimos. Está esa “cosa” de “el Mili los deja jugar más y Lucho es más detallista”. La realidad es que nunca dirigí Primera y si alguna vez me toca, tal vez paso a ser como él. En menores trato de darles libertad a los chicos. De todos modos, la idea de juego es la misma.

-Cuando no coinciden en algo, ¿quién decide?

-Si pensamos lo contrario, finalmente quien decide es él. Y si la decisión es contraria a lo que yo pienso, no importa, vamos para adelante. No me afecta en lo más mínimo. Tengo claro desde el primer día que la decisión final la tiene él. Yo doy mi opinión.

-¿Cómo conviven con los estados de ánimo según el resultado?

Lucho: Habitualmente volvemos juntos a casa y se habla poco. Hay que evitar hablar en los momentos calientes e inclusive en los de euforia. Hay que tomarlo con calma.

Mili: No hay nada que decir, cada uno sabe lo que siente el otro.

Luciano y Emiliano Deminicis, los hermanos y compañeros que, a esta altura, disfrutan el presente de Estrella y ya casi no esconden secretos...