Bahía Blanca | Sabado, 20 de abril

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Una novela de Monacelli repleta de ironía y sarcasmo sobre el peso de los padres

En esta nueva obra y a través de 18 capítulos que ofrecen distintos escenarios (como si se tratara de una vuelta de golf), Fernando Monacelli nos lleva a través de recorrido donde horada la neblina de lo real y cala sin miramiento en la condición humana.

Foto: Rodrigo García-La Nueva.

Monacelli, Fernando. El golf y otras verdades sobre tus padres, Buenos Aires: Metrópolis Libros, 2023, 300p.

Todos hemos visto alguna vez, o alguien nos contó algo horrorizado, alguna situación —bochornosa, si la hay, de padres incitando a sus hijos a golear y si lo creen necesario, a golpear a un compañero o a un rival, y hasta se ha oído el tremendo ¡Matalo!, para que sus hijos se destaquen en un juego.

Hay una memorable novela de Hermann Hesse, Bajo la rueda, donde unos padres imponen al hijo un tremendo régimen de estudio, que lo va destruyendo sin piedad, física y espiritualmente.

De las imposiciones parentales trata esta novela, pero tratadas con sarcasmo, ironía y por momentos, hasta con indulgencia, pero siempre yendo al hueso, con el acerado bisturí del psicólogo de almas.

La dedicatoria del libro es para “los padres que apuestan por sus hijos, y a los hijos que, aun así, perdonan a sus padres”.

El primer capítulo se abre con la proeza de Maxi Pereyra, hijo de una pareja de jugadores de fin de semana, que asombra a todos, menos a él mismo, que no parece consciente de su talento. Lo suyo, “fue un golpe increíble producto de la llamada perfección de la especie que opera en los niños que siguen en estado de naturaleza”, según Hernán Torres, un profesor universitario de Derecho Político con excesivas expectativas sobre su propio hijo, que no posee ningún talento para el juego. Aquí ya vale aclarar, que salvo Maxi, (que a pesar de un doloroso episodio que se describe en el capítulo 7, se convierte luego en “la promesa”, a partir de ganar competencias infantiles aún fuera de la ciudad); el resto de los personajes son jugadores muy regulares, con algunos destellos oportunos que los hacen seguir sobrellevando sus trabajosas labores en el deporte esquivo. Así, Maximiliano Pereyra, padre, de exasperantes lentísimas jugadas, pero excelente gastroenterólogo, Rapetti, el entrenador, el Gato MacLenan III y Olgazábal, Ricardito Renta, el profesor de Ciencias Políticas Ulpiano Torres, el psicólogo Ricardo Smart, son jugadores mediocres. En la rama mujeres solo se destaca una, a la que llaman “la razón” porque su buen juego la convierte en la razón de que los reclamos femeninos sean atendidos por la Comisión Directiva.

Justamente Maxi Pereyra, la promesa, se convierte en personaje sobresaliente, porque por su talento golfístico y su inoperancia total en lo social, artístico y comunicacional se convierte en blanco de la envidia de algunos padres, del bullyng de sus compañeros, de la permanente preocupación de sus padres y de los variados diagnósticos de psicólogos y especialistas. Las peculiaridades del carácter de él y el de su padre, que exasperaba por la lentitud de sus jugadas pero también les salvó la vida a muchos en su quirófano, como lo reconocían especialmente algunos prominentes miembros del Consejo Directivo.; decidió un día, inopinadamente, irse de la ciudad. Su hijo, “la Promesa” dejó en lo más alto el nombre del Club, por ganar con solvencia las competencias de menores. Pero, de golpe, sorpresivamente había cambiado y se había convertido en la Ex promesa, justamente cuando empezó a sonreír, a relacionarse, a estar “presente”. Aun así, cuando en el club se reúnen a ver una famosa entrevista que les hicieron a padre e hijo, a la que solo respondió el padre, el profesor Ulpiano Torres, desde la cima de su fracaso, trata de explicar la conducta del niño.

Ulpiano en su juventud, había confiado en que su matrimonio y los libros colmarían su vida de satisfacción. Después de doctorarse con una tesis insípida y tener un hijo negado para cualquier deporte, que lejos de ser la llama que avivara su vida, formaba con su madre y él mismo, un trío aletargado en el tedio de días iguales. El director de tesis de Ulpiano, un hombre desencantado hasta el extremo de suicidarse, le dijo un día “Tenga hijos y úselos. Oblíguelos a hacer cosas que a usted le diviertan y que ya no puede ni podrá hacer”. Pero su hijo, de corta edad y distraído, obviamente no respondió a su padre, cuando ese anhelo se hizo súplica. Y así termina Ulpiano en terapia con el psicólogo Smart que también atendía a ambos Maximilianos, padre e hijo. En una de esas sesiones, el padre estalló en lágrimas por sentirse responsable de haber “vaciado a su hijo de niñez y empatía, por impulsarlo a jugar al golf, un juego tan estricto y solitario”, y que ahora, por el cambio drástico del chico, él se quedaba sin hijo., pues ese joven desenvuelto y jovial no era su Maxi. Al fin, cuando desaparecen de la ciudad, queda un reguero de rumores a cual más mal intencionado, pero surge una novedad, Hernán, el hijo de Ulpiano, pasó de ser un fracaso, a convertirse en uno de los mejores jugadores juveniles, y al fin su padre pudo divertirse los fines de semana a través de su hijo.

Un buen escritor es un observador nato y alguien que observa a los demás, ilumina por momentos tanto la monstruosidad, como la epifanía de la criatura humana, las pesadillas de su existencia. Cuidado: Monacelli vive en Bahía Blanca, entre nosotros, y en cualquiera de sus novelas podríamos aparecer.

En esta obra se centra en un grupo concreto de habitantes de la Buena Bahía, lo que lo obliga a analizar y juzgar el contexto en el que ellos interactúan, cada uno con su soledad individual a cuestas. Y así van apareciendo en cada uno de los 18 capítulos; los socios del Club de Golf de Buena Bahía; Nena, la cantinera; el viejo caddie del club —a quien llaman “el viejo” — y su hijo Colito, silenciosos y serviles, con una tremenda historia trágica, que es una de las mejor narrada, en este contario de sucesos y personas, que reescriben sin cesar el juego de la identidad y de las relaciones, en el club donde se cruzan regularmente. Y por supuesto, aparece el golf, pero como un juego inasible, que no somos capaces de conocer, de aprehender, aunque su prestigio despierte en los jugadores novatos, una búsqueda obsesiva por la perfección, que parece cada vez más lejana a medida que lo practican.

La palpitante mezcla biológica y cultural que constituye lo que somos, es analizada por Monacelli en diversos personajes que se nos presentan actuando por móviles, muchas veces desconocidos para ellos mismos, no para el autor. Y principalmente, se centra en los fracasados en ese esquivo juego, la categoría de “los mejores malos”, que son la mayoría. Y que comienzan por preguntarse ¿por qué el golf? Y a ellos les dijeron:

“El golf va a estar ahí para salvarte de la soledad, la tristeza, el tedio, la depresión, el suicidio, en definitiva de la vida sin el golf, el único deporte de salvación una vez que estás muerto para todo lo otro […] lo único que demanda es aceptar que los primeros seis u ocho meses serán difíciles, […] después se llega a un sitio donde siguen el desconcierto, la sensación de inestabilidad y otras dolencias propias del juego, pero en dosis tolerables. Especialmente para aquellos que querían salir del abatimiento y la extrañeza de los últimos diez años, en los que habían padecido el Decenio Infernal”. Y ahí nuestro autor nos explica, con mucho humor, que aquellos son los años constitutivos de la familia, es decir cuando los personajes dudaban entre divorciarse de una vez por todas, o renunciar a vivir en los términos en que cada uno consideraba qué era vivir. Eso lo padecen hombres que se casan a los treinta y sus mujeres se quejan veinticuatro horas, los siete días de la semana de ese terrible decenio.

Cuando los chicos se hacen autosuficientes y la familia ha conseguido una estabilidad económica, ellas dejan de quejarse y de vigilarlos y envidiar su “independencia”. Pero justo ahí, cuando pueden gozar esa libertad, estos hombres no saben dónde ir. Y terminan en el club de golf, donde el juego salía mal por más buena voluntad que ellos pusieran.

El hecho de ingresar al club y posicionarse socialmente, es indudable; de estar en contacto con la naturaleza, no se enteraron; porque… “Había sol, el cielo era de un azul intenso increíble y una bandada casi mágica de flamencos cruzaba sobre sus cabezas. Por supuesto no vieron nada de eso. Allí había una pelota, más allá un hoyo y eso era todo lo que había”, dice el autor.

Monacelli va despejando las cortinas del desconocimiento general que hay sobre ese coto privado que es un club exclusivo y analiza con acidez y sarcasmo a sus personajes, a los que les da edad, profesiones y un accionar que delinea esas edades y profesiones con la nitidez de un aguafuerte. Tal el caso de Rufino Méndez, a quien describe dentro del “destino ineludible de la mayoría de sus camaradas de armas”. Es uno de los capítulos más rico en observación social, en detalles que trascienden siempre sobre los secreteos de los conocidos. Y se mencionan los jugosos dividendos de las inversiones que se concretan en sociedad con los socios de tan exclusivo club, en el rubro inmobiliario, en el sector financiero, en la intermediación de ventas y licitaciones y en ese medio, surgen las disputas entre socios sobre si privatizar o no la Academia para menores.

El capítulo 6 y el 11 desenlazan en el 17. La singular muerte de Gualterio Herrera, el ex camarista Herrera; un síncope en el campo de golf, después de un buen saque que hace ingresar la pelota en el hoyo; le da ocasión de describir la dinámica de su velatorio, en realidad de cualquiera que tenga un número significativo de asistentes: temas de conversación según el grupo social, etario y profesional de los asistentes donde da un lugar especial a “los enfermos de los jueves” que son quienes ese día se reúnen inexorablemente a jugar golf, y por supuesto, los deudos, especialmente Sofía, la viuda.

Rapetti, el entrenador, el Gato, y otros, van mostrando sus soledades particulares y su soledad en compañía, cuando están en el club.

Muy unido a las actividades golfísticas de los niños, especialmente Maximiliano Pereyra, “la promesa”, el autor pone atención en los padres, valga nombrar a Maximiliano Pereyra, el padre. Ahí también están ellas, las mujeres, las madres, las jugadoras y sus hijas, que también deben jugar al golf. “Se podía llegar tan alto como alta fuera la voluntad de tortura a sus hijos”. Hay niños a los que les encanta el rugby, pero su madre, fanática del gym y el running, obliga al padre a llevarlo al club de golf, para ella tener tiempo en sus actividades. Al padre no le molesta, porque a él también su padre lo llevó de chico, pero sin esa obligatoriedad que le impone su esposa. Y allí está el niño, distraído, medio apesadumbrado, añorando jugar con sus amigos al rugby. El autor destaca, con mucho humor cada uno de estos “ejemplos” y también la forma en que marcan la diferencia las madres /o padres que juegan golf, frente a quienes no.

El humor y el sarcasmo están en todas las páginas y no puedo sustraerme a citar aunque sea un fragmento de esta novela coral; valga el episodio de “la guerra del crucifijo”: Un presidente de los tradicionalistas del pasado, había hecho colgar un enorme crucifijo sobre la pared de ganadores, y ahí estaba “desde siempre” pero, una nota enviada por nuevos socios y otros no tan nuevos, pero “puteadores de curas” como Rapetti, el entrenador, solicitaba quitarlo, atento a la variedad de credos de los socios. En realidad a muchos les provocaba sentimientos de culpa ver al Crucificado y a eso, otros le agregaban la inquietud de que les trajera mala suerte en el juego o lo peor, atraer la ira del Supremo. Las razones de unos y otros actores de la polémica que esto abrió, da ocasión al lector de disfrutar de fragmentos como este: “Alguien podría estar observando atentamente el manoseo sobre su hijo muerto, con una bolsa llena de cánceres […] Había que evitar “una lluvia de tumores y malos golpes sobre los integrantes del órgano de conducción del Club, todos colaboradores ad honorem, por lo que, menos aún, valía la pena arriesgarse a la ira de Dios Padre” [...] “La asamblea se resumió en una sucesión de discursos cada vez más encendidos sobre religión, resurrección, laicidad, igualdad, protestantismo, capitalismo, corrupción, el padre Grassi, los curas villeros, los montoneros, el comunismo, Platón, Santo Tomás, Marx, Hegel, Popper, el oro del Vaticano, los Borgia, la Triple A, Alfonsín subiendo al púlpito, Carlos Menen comulgando, la pedofilia en la Iglesia, la pedofilia en la sociedad y así hasta que se pusieron a consideración tres mociones: dejar el crucifijo en su lugar, tirarlo al arroyo como una pelota vieja y por ultimo ubicarlo en un lugar privilegiado del club house, pero fuera de la vista de quien no quisiera mirar”. Esta fórmula del presidente Serritela Lynch, su propio autor la consideraba “un hallazgo de la política y la retórica”, y siempre lo llenó de orgullo en los años siguientes. Al fin de la asamblea “Como ya se había hecho tarde y las sillas eran incómodas y casi no quedaban posibilidades de que aquello terminara en algún divertido episodio de violencia entre facciones, se produjo una rápida corriente de acuerdo mayoritario a favor de la avenida del medio” [...] “Al poco tiempo de aquella asamblea histórica, ni la mayoría ganadora ni la minoría, tenían la menor idea de dónde había ido a parar el crucifijo, ni les importaba”.

El real histórico se impone: la pandemia, las sucesivas y simultáneas crisis económicas, de seguridad, las tomas de tierras y ahí surge el problema para el Club de la Buena Bahía, porque aparece un proyecto provincial de expropiar tierras “que tienen solo un fin recreacional para algunos privilegiados con una tasa de ocupación de casi una persona por hectárea” […] Cadenas de WhatsApp se divulgan con rapidez y al fin un grupo de personas, salta el cerco perimetral del club y levantan una casilla junto al espejo de agua del club. Son desalojados, pero los socios más antiguos, recuerdan otros intentos pasados en 2002 donde efectivamente se instaló una familia muy numerosa, los Cortázar. En aquella época, llegaron a un acuerdo, actuaron rápido, y pudieron conciliar, pero “ahora la cancha depende de los socios, parece alejada de todo, pero el afuera entra como el agua”… y ese peligro queda en ciernes y se reitera y amplía en el capítulo final.

La alusión a “Casa tomada” de Julio Cortázar, designando a la familia usurpadora: los Cortázar, es una de las tantas menciones que constantemente hace de autores y libros, estableciendo un jugueteo inteligente con el lector.

La observación “Los caddies son una especie extinta que terminó con los carritos eléctricos” es de ese tenor sociológico y los objetos que los jugadores aman, sus palos, bolsas, deben ser de ciertas marcas y calidades que confirmen su status social. De ahí la cruzada que arman dos socios para llevarse del club las pertenencias del Dr. Herrera. ¿Por qué no simplemente solicitarlas al consejo directivo? Porque en el riesgo de sacarlas de noche, burlando la vigilancia, es para ellos una nota de poder, de riesgo, de jefatura. Porque rescatar los elementos que pertenecieron a quien de algún modo, se enseñoreó (sin ser un gran jugador) en ese mundillo lábil de ser o no ser, en un club selecto, es alcanzar el nivel que el elusivo juez tuvo.

Los retratos de todos los expresidentes del Club se alinean en un pasillo oscuro al que pomposamente llaman “el camino de los Padres”; pero abiertamente empezó a predominar la idea de que ellos no eran aptos para símbolos, y se intentó ubicarlos en otro sitio. Especialmente en contra de ello estaba Serritela Lynch el presidente con más mandatos continuos, que modernizó el club y abrió la inscripción a nuevos socios, pues sentía el malestar de no tener raíces, que eran justamente, las que nacían en ese pasillo olvidado del club. Él se decía: “Claramente no pertenezco a ningún lado, haga lo que haga, no soy parte de nada, apenas una rama”. En cambio, las raíces, esas no se tocan; “solo ser raíz importa”, decía su padre, el viejo Serritela que había ido acumulando extensiones de tierra “a fuerza de no hacer otra cosa que trabajar sin descanso ni escrúpulos desde la oscuridad de la vida, como hacen las raíces”. Su padre siempre lo hizo sentir un gasto inútil; de hecho cuando le anunció que vendría a Buena Bahía a estudiar, el padre, no le preguntó ni qué iba a estudiar, le organizó el viaje y lo despidió agitando una mano desde el tractor. Ya nunca más lo vio. Cuando el viejo murió dejó de pensar en su origen y arrancó con una nueva vida próspera y sin vacíos, pues si bien no se casó ni tuvo hijos, al parecer no lo necesitaba. Sin embargo, “esos hombres raíces, aún condenados a un pasillo sin sentido, lo siguieron intimidando tantos años después”.

Ricardo Smart, el psicólogo descubre que Serritela no tiene otro interés que el club cuando éste le dice que “armar una familia no lo convertía en raíz de algo, solo ramas de ramas” […] “Esos viejos de los cuadros son raíces, acá antes de ellos no había más que terreno baldío, un espacio de nada, sin propósito…” Su padre que no le hablaba y lo despidió con solo un gesto, quedó ahí para él como una foto muda, una foto muda que grita de noche y yo, una rama podada”, le dijo. Serritela Lynch murió de COVID en 2020, pero sería recordado porque logró modificar el Estatuto del Club y ser reelegido cuatro veces. Ahora, cada noche en el pasillo donde se ha incorporado su foto, se oye el aplauso que recibió en esa ocasión. Y así, ahora en paz, desde esa charla con Smart de tanto tiempo atrás, podía ignorar los comentarios negativos de algunos Padres (que también tenían cosas que ocultar), sobre el advenedizo recién llegado, divirtiéndose con las historias que ellos ventilaban cada noche. En una de ellas, Serritela escucha que a su padre lo llaman “viejo Zorritela” y uno de los Padres del pasillo, lo recuerda como un ladrón que se quedó con un pedazo de su campo… Serritela, ahora también cuadro, no lo puede soportar…

Los dieciocho capítulos constituyen una saga del tipo de Los Rougon-Macquart de Emile Zola, aquella Historia natural y social de una familia a fines del 1800. Aquí, es sobre una fracción social que tiene, entre sus actividades fundamentales, frecuentar el club de golf de nuestra Buena Bahía.

Cada novela de Monacelli nos sorprende, por su temática variada y por los diversos tratamientos literarios que usa. Lo que permanece siempre es su capacidad para horadar la neblina de lo real y calar sin miramientos en la condición humana, hasta llegar, por una transposición artística, a ofrecer aguafuertes de sus personajes.

 

  • Nidia Burgos es Doctora en Letras por la Universidad Nacional del Sur y Licenciada y Profesora de Literatura por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. Obtuvo un Diploma de Posgrado en Gestión en Cultura y Comunicación en FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales de Buenos Aires). Hasta su jubilación, tuvo una extensa trayectoria docente como profesora de Literatura Latinoamericana Argentina en el Departamento de Humanidades de la Universidad Nacional del Sur y como Profesora de Gestión Cultural en la Universidad Provincial del Sudoeste. Tiene numerosas publicaciones en el campo de la investigación teatral y en Literatura latinoamericana y argentina. Ha integrado la antología “A contraluz” del Salón Mario Iaquinandi; recibió mención en el Concurso Internacional de Poesía “María Granata”; participó del Record de poesía en Colombia y recibió en 2017 el Premio a la Trayectoria “como investigadora del hecho teatral y como ejemplo de vida para colegas y estudiantes” por AINCRIT (Asociación Argentina de Investigación y Crítica Teatral). Entre 1986 y 1988 fue Secretaria de Extensión Universitaria de la UNS. Entre 1991 y 2007, presidió la Fundación Ezequiel Martínez Estrada. En la actualidad es Vicepresidente de su Consejo Administrativo. Desde 2007 a 2017 dirigió la Editorial de la Universidad Nacional del Sur.