Bahía Blanca | Viernes, 27 de enero

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Facundo Petracci, en Siria: “Mi desafío es gestionar un equipo multicultural en posguerra”

Volvió a dirigir en Aleppo, una ciudad en reconstrucción. El entrenador bahiense y una experiencia para pocos.

Petracci volvió a sentirse entrenador de básquetbol. Fotos: archivo y Al-Ahli.

 

Por Fernando Rodríguez

Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Nota publicada en la edición impresa)

 

   El auto que lo traslada hasta el hotel donde vive recorre las calles con las secuelas propias de una guerra que se extendió durante 10 años y afectó a la ciudad en un 40 por ciento.

   “Aprovechemos y hablemos ahora, que tengo señal”, avisa Facundo.

   Son las limitaciones obvias de vivir en Aleppo, Siria, lugar al que Petracci regresó como entrenador de básquetbol y donde había dejado buenos recuerdos en 2008. Ahora, claro, con la diferencia que viven la posguerra.

   —¿Qué te llevó a aceptar esta propuesta?

   —La primera cuestión, lo que pasa siempre en mi vida: me reinvento, no me gusta quedarme demasiado quieto en un lugar.

   Este bahiense se formó como entrenador en Estudiantes, inclusive, llegó a dirigir al albo en la Liga Nacional 2000-01.

   Tiene 51 años, está radicado en La Plata y los últimos 11 años trabajó en la Confederación Argentina de Básquetbol, como director de la Escuela de Entrenadores, después como gerente general durante la gestión de Federico Susbielles y en la última etapa como director de Selecciones Nacionales.

   Llevaba 6 años sin dirigir, tras su incursión con Astillero en el básquetbol platense.

   “En un momento me encontré que estaba sin mi zanahoria”, reconoce.

   Por eso, poco dudó cuando se le presentó la oportunidad y particular desafío de volver a Aleppo, para dirigir a Al-Ahli (antes denominado Al Ittihad).

   “Lo hablé mucho con mi mujer. Es la primera vez que me encuentra mi versión de entrenador con una familia armada, con dos hijos... No fue una decisión fácil de tomar –asegura-. Pero necesitaba reinsertarme en lo mío, salió esto y lo tomé”.

   —¿Te encontraste con otra realidad respecto de 2008?

   —Sí. Obviamente que se vive el impacto de la guerra. Hay zonas que están totalmente destruidas. Creo que el mundo no se dio cuenta lo que pasó acá en Siria, no se toma dimensión hasta que uno lo ve. Fueron 10 años de guerra, con actores internos y externos, incluidas potencias. Los pueblos que están alrededor de la ruta principal, se pueden ver totalmente destruidos. Hay lugares que no le envidian a Hiroshima o Nagasaki. De hecho, acá en Aleppo, uno de los mercados bajo tierra más antiguos de la humanidad, está totalmente destruido. Un capital patrimonial de la humanidad hecho trizas. Eso genera dolor, pena y te hace tomar conciencia de lo que fue la guerra.

   Facundo hace una pausa, interrumpe la charla con “La Nueva” y se despide de su acompañante. Había llegado a su alojamiento.

   Al momento se disculpa y avisa que está listo para continuar.

   —Por lo que escuché, parece que te manejás muy bien.

   —Y... Pensá que viví un año en Siria (2008), uno en Líbano -en 2011- y desde ese momento tomé clases de árabe.

El equipo de 2008.

   Ya más relajado, siguió contando esta particular experiencia deportiva y cultural.

   “Vivo en un hotel lindo –detalla- donde hay seguridad; estoy bien. Hay muchas limitaciones porque la luz va y viene, entonces, entreno a la mañana un turno y a la noche rezo para que no se corte. Y cuando pasa, aprovechamos para hacer técnica individual sin luz, aunque otras veces se corta y directamente no vuelve. Son bastantes limitaciones”.

  —En lo deportivo imagino que también estarán reconstruyéndose.

   —Hace 10 años no compiten, tienen una competencia interna muy limitada. Recién ahora el país empieza a tener extranjeros, jugadores y entrenadores, con lo cual, deportivamente están un paso atrás; hay que trabajar desde cuestiones muy básicas y sin acelerar los procesos. 

   —¿Con qué puede compararse el nivel?

   —El nivel local, en su momento podía ser como un TNA, hoy creo que la capacidad táctica es de un Federal. Lo que sí, son muy buenos los extranjeros. El presupuesto es un poco más alto del que se maneja en Argentina.


    —¿En qué condición se encuentran los jugadores?

   —Hay tres o cuatro profesionales, full time, y el resto tiene trabajo. Uno tiene una farmacia, hay un odontólogo...

   —¿Entrenar en doble turno, por ejemplo, es natural o tenés que forzarlo?

   —Lo estoy forzando bastante. Es un cambio cultural que están haciendo, pero que hasta ahora ha tenido muy buena predisposición y receptividad.

   —¿Cómo es el día a día?

   —La gente es muy cálida, afectuosa, se nota que no han visto extranjeros durante mucho tiempo, entonces el trato es sumamente amable. Particularmente, me gusta generar la relación con la gente, en un negocio, un supermercado, en el mismo hotel o en el club. Entonces, lo que recibo es afecto. Ya lo había vivido en 2008, y ahora los noto más abiertos, con ganas de invitarte a comer, charlar, tomar un té o un café; disfruto estar inserto en una cultura totalmente distinta.

    —¿Qué cosas sorprenden del día a día desde lo cultural?

   —Y... A las 5 de la mañana se escucha el primer rezo. Acá está rodeado de Mezquitas. Las mujeres están todas tapadas, en la calle andan con vestidos negros, no podés mirarlas a los ojos, es bien marcado un país musulmán. También, tienen mucha pasión por la comida, que es muy sabrosa. No comen cerdo, porque está prohibido por la religión. La principal carne es de cordero. Se come con la mano, con pan, y traen un plato atrás del otro. Y el viernes y sábado se toma como fin de semana. Lo que hay, afortunadamente, es una convivencia muy armoniosa entre católicos y musulmanes.

   —¿Cómo lo llevás eso en el equipo?

   —Hoy digo que mi desafío es gestionar un equipo multicultural, en posguerra.

   —¿Son pasionales?

   —¡Sí! Es todo blanco o negro. Por eso les va como les va y las guerras duran tanto tiempo. Te quieren o no te quieren. Y yo convivo con eso también. Actualmente, el capitán del equipo ya era el base en 2008; otro de esa época es el general manager; el tirador es jugador de selección y lo hice debutar a los 15 años, por eso tengo muy buena relación con varios.

   —¿En el aspecto humano cómo los ves?

   —No puedo dar testimonio personal, pero me dicen que la gente está más irascible, intolerante. De todos modos, no tengo más que palabras de agradecimiento para quienes me rodean.

   —Vos ahí sos un privilegiado.

   —Es que hay muy pocos extranjeros. El país se está abriendo. En la búsqueda de jugadores para reforzar el equipo, el 90 por ciento no quiso venir. 

   —Es que...

   —No es fácil.

  —Deben valorar a quien acepta, ¿no?

   —Ellos valoran mucho que yo haya venido. Me dicen que estoy loco, je.

   —Toda una elección de vida.

   —Siempre me gustó el amor que tengo por el básquet y la posibilidad que me da de conocer. Hoy puedo hacerlo porque mi familia me apoya, aunque creo que será la última. No me veo estando lejos de casa. Si bien lo disfruto, me cuesta mucho pensar en estar separado de ellos. Aprovecho la posibilidad y lo tomo como una transición a otra cosa.

   —¿Económicamente seduce?

   —Obviamente que a esta altura de mi vida prioricé un poco todo: lo económico, la carrera y reinsertarme en un lugar que amo, porque si me preguntás que soy, me defino como entrenador, más allá de ser abogado y profesor de educación física. Por eso, esto me cerró por todos lados.

   —¿Tu idea es reinsertarte definitivamente como entrenador en el básquetbol profesional?

   —A lo largo del tiempo pude forjar la parte de gestión, de formación y entrenador, lo cual me sirvió como complemento. La última etapa en la Confederación, por suerte estuve mucho más cerca del campo de juego, que no me pasó siendo gerente general. Con Sergio (Hernández), con (Gabriel) Picatto y las últimas dos ventanas con Néstor (García) tuve la mirada en la tarea propia, pero siguiendo de reojo la pasión. Me mantuvo muy fresco en las tendencias y pude enriquecerme de todos esos cracks que dirigieron la Selección.

   —¿Te gustaría volver a trabajar en Argentina?

   —Hoy por hoy siento que no es mi lugar. Creo que es un momento de ver otras cosas. Estar 11 años en la Confederación me permitió ocupar lugares muy importantes, creo que lo hice con mucho respeto, responsabilidad y compromiso. Tengo una buena agenda.

   —¿Cuándo terminaría tu vínculo ahí en Aleppo?

   —Si llego hasta el final terminaría en abril.

   Facundo Petracci eligió salir de la zona de confort, animándose a caminar por un lugar donde la realidad golpea día a día. Aun tachando los días del almanaque está firme, cumpliendo con su misión, lejos de sus afectos y cerca de su pasión, esa que lo sigue movilizando y no conoce de límites ni fronteras.