Lamberti: "La realidad no es monolítica, segura ni blanquecina, sino más bien porosa y extraña"

5/2/2021 | 17:33 |

En Los abetos, el escritor argentino hace una biografía novelada de Samuel Beckett.

Foto: La Tercera

   A partir de la absurda cuchillada que recibe Samuel Beckett en una madrugada de enero de 1938, el escritor Luciano Lamberti reconstruye con mucha libertad e ingenio una biografía novelada del autor irlandés en Los abetos, novela en la cual la vida del nobel es abordada en cada capítulo desde originales puntos de vistas, registros, narradores, y como una letanía que pone en movimiento con audacia una idea que se repite.

   En 1938, Beckett vive un suceso que tiene los elementos de absurdo, comedia negra y fatalismo que cruzan sus mejores obras, como Esperando a Godot o La última cinta y termina internado. El recorrido desde el hospital hasta el geriátrico es novelado por Lamberti: una vida que comienza por esa herida absurda cerca del corazón y termina a causa de ella.

   Cada capítulo de esta novela, editada por China Editora, reconstruye la vida del dramaturgo irlandés desde distintas voces: las "cintas" con los relatos de las mujeres importantes en la vida del escritor hasta la de dos pibes del secundario preparando un "trabajo práctico".

   Lamberti, nacido en San Francisco (Córdoba) en 1978, autor de Los campos magnéticos y La casa de los eucaliptus entre otras novelas y colecciones de cuentos, construye ahora esta biografía novelada de Beckett centrándose en el episodio ocurrido en 1938 y en la ridícula excusa que el agresor le confiesa al dramaturgo sobre los motivos del apuñalamiento.

   —¿Cómo aparece la idea de construir una biografía novelada de Samuel Beckett?

   —Una idea como esa está fuera de mi "proyecto", digamos, de escribir libros de género, que vengo sosteniendo desde el 2012, cuando publiqué el libro de cuentos El loro que podía adivinar el futuro, pero a lo mejor por eso mismo me interesaba. En la práctica, me topé con un dato en internet, y eso me encendió la lamparita: la noticia de que Beckett había sido acuchillado por un desconocido a la salida del cine, en mitad de la calle. Cuando Beckett, en la audiencia preliminar del juicio, le pregunta por qué lo hizo, el desconocido responde "je ne sais pas". Me pareció divertida esa anécdota y me imaginé que lo "beckettiano", en el sentido de cierta concepción absurda de la existencia, podría venir de ese hecho. Justo salió una beca de producción en el Fondo Nacional de las Artes, que pedí y gané, y escribí la novela rodeando ese hecho como si fuera el centro de su vida. La encaré como una comedia, porque es una historia bastante triste.

   —¿Por qué la historia empieza en un hospital y termina en un geriátrico?

   —En realidad, simbólicamente, como lo escribí en la novela, Beckett nace a partir de la herida infringida por Prudent. Hasta ese momento había estado esperando, en un sentido, perdiendo el tiempo, leyendo como desquiciado y escribiendo sin encontrar su estilo. Es a partir de ese momento que cambia de lengua, empieza a escribir en francés, y ese cambio determina una nueva poética, donde trabaja de modo más radical en la substracción que en el barroquismo que había aprendido de Joyce. El primer capítulo plantea esa idea: la de que la herida es, en realidad, beneficiosa para él. Y en el último me interesaba mostrar el destino común de muchos escritores, que a pesar de haber cambiado la historia de la literatura o de ganar el premio Nobel incluso, terminan en un geriátrico siendo nadie.

   —¿Cuánto está marcada la vida del escritor por las mujeres?

   -—Eso lo tomé de Verano, que es el último tomo de la autobiografía de Coetze, escritor gigante y además influenciado por Beckett y Kafka. En ese tomo, hay testimonios que parecen grabados de las mujeres que lo conocieron, y me gustó ese recurso, porque son miradas completamente disímiles, incluso contradictorias. Como se ve, Beckett tenía una relación por lo menos problemática con las mujeres, partiendo desde su madre. En lo sexual, por ejemplo, y eso está bastante documentado, nunca funcionó del todo. Suzanne Dumesnil, que era activista política, le dio a su vida una dimensión completamente distinta, y estuvo con él, aunque salteada con otras mujeres, casi hasta el final. Beckett era un ser enigmático, casi un personaje de su propia obra, y lo que hacen las mujeres en la novela es hablar de lo que no pudieron conocer, en realidad.

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   —¿Cómo funciona el estado alterado por el alcohol en esta historia?

   —Supongo que eso es un yeite del género fantástico: lo de pensar a mis personajes al borde de lo real. Pero en el fondo se relaciona con una concepción de la realidad que no es monolítica, segura ni blanquecina, sino más bien porosa y extraña. En ese sentido, mi concepto de realismo no es el igual al de otros. No creo que lo real esté exento de confusión y "estados alterados", con alcohol o sin él. Digo: no es necesario el alcohol ni las drogas para darse cuenta de lo extraño que es todo, o de la falta de sentido del mundo en general. Beckett era irlandés y tomaba, como es obligatorio en ese país, desde muy pequeño. No llegó a ser Joyce, que casi se queda ciego por la bebida, pero le hacía bastante competencia.

   —¿Cómo trabajás el paralelismo entre tu novela y la obra de Beckett?

   —Bueno, era uno de los peligros en los que podía caer. La solemnidad, por un lado, al trabajar con alguien de mucho prestigio, y la idea de escribir una novela beckettiana para hablar de Beckett, cosa que no puedo hacer, naturalmente, porque Beckett hay uno solo. Quería escribir una novela liviana sobre alguien pesado y denso. Naturalmente, algunos procedimientos se fueron colando, pero más por una necesidad narrativa: la de tratar de mostrar cómo funcionaba esa extraña mente.

   —¿La repetición (muy presente en tu relato) es importante en la literatura del irlandés?

   —Bueno: ese fue uno de los procedimientos, que parece sacado de Kafka: la idea del bucle, de la repetición, como un concepto casi filosófico. Frente a la literatura entendida con un principio, medio y final, frente a las "historias" ligadas a la aventura, Beckett oponía esos mundos de espera, angustiantes, donde nada acababa de pasar. Su materia fue el transcurrir, sin final, porque el final es el que les da sentido a las cosas, y la idea es que las cosas no tienen sentido. En ese punto se acerca más a la vida que muchos escritores: la idea de vivir en la suma de acontecimientos que no cambian verdaderamente nada.

   —¿La idea del "no nacido" y la caída del árbol están ligadas?

   —En la novela, y en la biografía también, se plantea la idea de que Beckett era un "no nacido" (un concepto de Jung) alguien que hasta determinada edad vivió en la angustia de la espera, y ese hecho estaría ligado con el simbolismo de no poder salir del útero materno. La caída, que es una idea muy ligada al catolicismo, es la única forma de librarse de esa conexión, de encontrarse como sujeto. Beckett tenía la costumbre, de pequeño, de subirse a uno de los abetos del amplio jardín de su casa y tirarse al vacío: me gustaba como imagen, por la inutilidad del hecho, también.

   —¿Cómo diseñaste cada capítulo que cambia las formas, los puntos de vista, los narradores?

   —Pensé cada capítulo como un acercamiento diferente a ese núcleo oscuro que es la anécdota del desconocido que lo acuchilla. En algunos, Beckett está más cerca, casi pegado a la cámara, por decirlo de alguna manera, mientras que en otros hay un alejamiento deliberado. Quería explorar distintas formas, porque la historia estaba contada, de alguna manera.

   —¿Cuántos datos hay en Los abetos de la biografía Samuel Beckett, el último modernista de Anthony Cronin?

   —Ah, misterio. A esta altura ya no sé qué inventé y qué dato de la realidad usé. Mientras escribía, si no sabía algo, lo inventaba. La pregunta es si tiene realmente importancia. Ya el hecho de pensar la biografía de alguien, como si una vida verdadera pudiese organizarse, es un delirio. Las vidas no tienen arco dramático, ni clímax: se los ponemos después, cuando hacemos literatura con ellas. El que quiera leer una biografía, que vaya a Wikipedia: yo quería imaginar la subjetividad de Beckett y su entorno. (Télam)

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