Que la angustia no sea mala palabra

31/5/2020 | 06:30 |

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Por
Guillermina Rizzo

   ¿Coincidencia? ¿Empieza con “uno” y termina con “uno”? Fue el 11 de marzo la fecha en la que la Organización Mundial de la Salud declaraba la pandemia; días más tardes se decretaba el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio.

   Si bien algunas ciudades y provincias cuentan con algunos “permisos”, en “AMBA” estamos próximos a lo que se considera “el pico”.

   Este “encierro” que cada quince días se prorroga y vamos pasando por fases, es acompañado de distintos estados emocionales, legítimos y humanos; sin embargo ante la variedad de sucesos de distinta magnitud y de gravedad, pareciera que no es “oportuno” manifestarlos, o como decimos desde la Psicología “ponerlos en palabras”.

   Entonces: ¿Qué hacemos con la angustia? ¿La reprimimos, silenciamos, ocultamos, minimizamos, negamos? ¿Hay una angustia más “justificada” que otra?

   La angustia como concepto fue introducida por la Filosofía; Kierkeggard designa con ella la condición del hombre en el mundo, ya que está estrechamente relacionado con el provenir, con lo posible, con lo futuro.

   Para Freud, y dicho brevemente, es una señal de alarma de un peligro interno; lo cierto es que al ser una palabra de origen latino su traducción en distintos idiomas conduce a que esté vinculada al concepto de ansiedad.

   No es casual entonces, que ante el aislamiento, ante la imposibilidad de compartir con “nuestros afectos”, con fuentes de trabajo que peligran y hasta se extinguen y con el coronavirus circulando, la angustia esté latente y se manifieste.

   ¡Bienvenida la angustia!

   Es evidente y entendible que ante el escenario al que asistimos estemos angustiados, ya que es el “estado natural” que nos “indica” que algo puede acontecer y que nos ocasionaría dolor. La angustia refleja ese miedo a que algo malo suceda, es la “señal de alarma” a la que hacemos mención en Psicología.

   El Covid-19 al ser “nuevo”, se torna impredecible, imprimiéndole a la situación gran incertidumbre, generando así un aumento en nuestra tensión psíquica que por momentos hasta nos desborda; es imposible transitar esta “setentena” sin experimentar angustia y consecuentemente ansiedad.

   Vivimos en un sistema en el que personas administran, gestionan y gobiernan esta pandemia, entender que si acepto con madurez la decisiones sin ser rehén de ellas, que si logro “adueñarme” de las medidas para protegerme y proteger a los otros, la angustia irá menguando.

   Manejar y hasta convivir con el enojo y la impotencia, desafiar nuestra capacidad de tolerancia son los retos a los que hoy nos enfrentamos; es esperable la angustia y es saludable manifestarla a través de las palabras, pues es la vía que habilita la forma de canalizarla.

   Ninguna emoción debiera ser reprimida ni silenciada, difícil es mensurarlas; cada “angustia” es legítima para quien la siente, tal vez si cada uno en su pequeño mundo, en su realidad, se apropia de este “aislamiento” se conecta con sus deseos y logra realizar algo que origine una mínima dosis de placer, la angustia se irá disipando, la ansiedad irá disminuyendo y el padecimiento será menor.

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