Entre la ficción y la realidad

Confesiones de un guardia del cementerio

31/5/2020 | 06:30 |

El presente relato de anécdotas escalofriantes nace del testimonio voluntario de un agente de policía que trabajó muchos años haciendo adicionales en el camposanto local.

Fernando Quiroga /Especial para “La Nueva.”
fernandodepunta@gmail.com

   -Yo voy a decirte cómo hacer para llegar a la tumba que inspira suicidios. Entrando al cementerio por el empedrado principal, hay que doblar a la izquierda y caminar hasta la altura del ingreso siguiente, el que hace tiempo está cerrado, más o menos cien metros del lugar por donde entramos. Allí, pasando a su vez entre cinco o diez metros hacia adelante, se debe girar a la derecha, donde se ve una callecita interna que va hasta el fondo. Surcando esta senda angosta, se levantan los primeros nichos sobre la derecha. El último, sobre una fila de cuatro o cinco, se diferencia del resto por tener parte de la estructura partida, en muy mal estado; condición que también se puede apreciar sobre la pared del costado, ya pasando la fila... 

   La descripción es muy exhaustiva. El entrevistado no está acostumbrado a utilizar Zoom; por momentos levanta la voz, por momentos mira fijamente hacia la pantalla, como pretendiendo encontrar en mi expresión, la justificación de su empresa. Tardó mucho en poder contar esta historia; cada silencio, cada palabra es, por un lado, un rutilante triunfo, y por otro una grieta entre la seguridad de poner lo impensado en palabras y una absurda pero antigua incomodidad rancia que abarca el miedo.   

   -Ese nicho – retoma el relato- en su deterioro, muestra el interior del espacio mortuorio. Un ataúd de extrañas proporciones se llega a entrever, lo suficiente para notar que es más grande y ostentoso que un féretro convencional. No me preguntes qué... porque claramente no sabría qué contestarte; pero tiene algo que fascina...

   El relato es urticante. Juan Carlos, policía de toda la vida, se detiene y respira profundamente, prende un cigarrillo y en la cámara se lo percibe dubitativo; mira hacia abajo y parece que balbucea algo. Chequeo el audio de la aplicación y está bien. Le pregunto si quiere continuar y afirma con la cabeza, cuando habla, su voz suena normal, pero algo parece comenzar a quebrarla.

   Soy el testigo único de la confesión, innecesariamente oprobiosa, de un hombre desesperado. 

   Guardo silencio y sigilosamente repaso las notas de la tumba descripta. Según los detalles casi monstruosos, algunos testigos aseguran que los herrajes brillan con destellos mortecinos.

   El agente de policía se enjuga rápidamente dos pequeñas lágrimas y prosigue. Casi tres décadas en servicio lo hicieron ver y conocer todas las posibilidades del término extraño. 

   -Yo hacía “adicionales” en el cementerio como tantos otros policías; las horas extras son fundamentales, pero empecé a sentir cosas que nunca pensé que sentiría. Para empezar, hay que entender que el cementerio antes tenía un montón de puestos de vigilancia que ya no tiene...

   -¿Por qué no los tiene? –inquirí con desconocimiento.

   -Naturalmente porque nadie quiere ir a cubrirlos... los muchachos tienen terror, había como ocho y ahora no sé si quedaron tres... –pareció recobrar confianza en sus palabras-. Hay muchos que se ríen porque dicen que acá no hay nada; yo los invitaría a que vengan una noche y vean...

   -¿Y qué verían? –redoblé la apuesta a su emoción.

   -Me cansé de ver muchas cosas; y no me alcanzan los dedos de la mano para poder contar las veces que quise irme corriendo del lugar...

   -¿Tan feas las cosas?

   -Para que te des una idea, el suicidio de un compañero no fue una coincidencia...

   -Esa acusación es muy seria. Vos decís que alguien...

   -Alguien no –me interrumpió rápidamente- ...quiero decir, no sé si alguien, pero sí “algo”...

   Guardé silencio. Esperé sus tiempos. La brasa del cigarrillo se llenó de oxígeno y comenzó a hablar. 

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   -“El Petiso” era uno de mis dos compañeros que no aguantaron la situación; solíamos “perderlo” en la noche. Por cualquier situación lo llamábamos y no aparecía, te imaginás que en plena madrugada no daba para ir a buscarlo en medio de las tumbas. Pero una noche de julio de 2009, salimos con el flaco Corbela a buscarlo, siguiendo por el camino al que te hice referencia, porque nos guiábamos por un destello que parecía una linterna…

   -¿Y lo encontraron?

   -Sí, frente a esa tumba rota... mirando cómo estúpido el cajón...

   ***

   Otro aparente testigo refiere la misma historia, y llama al agente el Petiso Britos. El hombre, moreno, de baja estatura y humor continuo, habría empezado a perder la chispa que lo caracterizaba. No sólo corrobora la historia delineada por Juan Carlos, sino que otorga otros detalles tan escalofriantes como reveladores. 

   Se dice que el servidor público no solamente había sido encontrado en el medio de la noche inmóvil frente al féretro, sino que estaba en un aparente estado de inconciencia. Juan Carlos recuerda que lo cacheteaban para que reaccione, la ambulancia, el llamado a la familia, el semblante de incertidumbre de los compañeros en la espesa quietud de la noche. También, el fatídico e impensado desenlace.

   -Cuando le dieron el alta, se quedó dos días en la casa, al tercero, buscó su arma reglamentaria y se suicidó...

   -¿Y vos creés que esa decisión tuvo que ver directamente con la extraña experiencia?

   -Sí, totalmente, y con otras...

   -¿Otras?

   Un año antes de la muerte, Juan Carlos, su compañero y otros dos agentes, recorrían en auto el camposanto. Eran cerca de las tres de la mañana y, más allá de los sucesos extraños que de vez en cuando (hasta ese momento) matizaban la convivencia laboral, esas horas serían imborrables para todos. Exactamente a 250 metros de la entrada, sobre mano izquierda, se levanta una bóveda antigua con puerta de acceso y visibles cortinas que flanquean las miradas curiosas. Mientras transitaban y hablaban de bueyes perdidos, el Petiso que asegura Juan Carlos, iba detrás del asiento del acompañante mientras éste primero manejaba; gritó desesperado señalando hacia la tumba descripta. Juan Carlos clavó los frenos y los cuatro bajaron precipitadamente del auto. Hay un código interno que prevalece entre los vigilantes nocturnos; si uno nota algo extraño no solo ninguno lo cuestiona; todos reaccionan en favor de lo desconocido...

   Las linternas cayeron sobre el panteón. La bruma de la madrugada vaporizaba los haces de luz y en un destello que pareció eterno, los cuatro vieron claramente, detrás del vidrio, un hombre de traje grisáceo y pelo blanco, que al verlos pareció ir hacia atrás por lo que perdieron rango visual. 

   Llenos de horror le gritaron, lo intimaron a salir; incluso uno de ellos llamó por radio para reportar la situación; un móvil estaba en camino al mismo tiempo que otro de los agentes rodeaba el panteón para ver posibles lugares de entrada o escape. El Petiso se acercó a la puerta y alumbró la foto en blanco y negro que presidía la entrada. Con terror y desconcierto, miró desencajado a sus compañeros; Juan Carlos se adelantó y pudo ver al mismo tiempo dos escenas más que tenebrosas: que los rasgos de la foto coincidían perfectamente con el hombre que habían visto minutos antes detrás de los pesados cortinados observándolos, y que el mismo hombre, en ese instante, nuevamente, apoyaba el rostro ladeado sobre le vidrio, tamborileaba los dedos contra la ventana y gesticulaba nervioso como llamándolos. 

   A partir de ese instante, todo fue caos.

   Uno de los agentes disparó al aire. El que había pegado la vuelta por atrás del panteón llegó justo a tiempo para impedir que el Petiso que lloraba como un chico, descargue su arma sobre el vidrio. Juan Carlos; el más antiguo y a cargo dio la orden de subir al auto y salir inmediatamente del lugar.

   -¿Salieron del cementerio?  –le pregunté consternado.

   -¿Y vos qué hubieras hecho…? -me dijo secamente Juan Carlos, quien ahora sí, abiertamente, rompió en llanto.

   El hombre sigue apareciendo tras el vidrio biselado de la tumba antigua.

   El extraño féretro abierto sigue fascinando a otros que, en conocimiento de la historia (ya prácticamente leyenda urbana) son disuadidos de caminar por allí.

   Los puestos antes ocupados hoy están en silencio, la guardia se disminuye. Quizás porque no es necesaria; quizás, porque de una manera oculta y silenciosa, los muertos avanzan.

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