Tres mujeres que no se conocen, un libro, el nazismo y los misterios de la Casa del Espía

1/12/2019 | 06:30 |

Rodolfo Díaz publicó las historias de Elena Franke, Gladys Bottini y Elena Compiano quienes vivieron en La Casa del Espía de Ferrowhite entre 1932 y 1970. Franke era nieta de Gustav Monch, el alemán señalado como informante del Tercer Reich. La obra se presenta hoy, a las 17, en La Casa del Espía.

Rodolfo Díaz, con su obra, frente a La Casa del Espía. Fotos: Pablo Presti-La Nueva.

   Anahí González
   agonzalez@lanueva.com

 
    -Yo soy la nieta del espía -se presentó sonriente Elena Franke ante Rodolfo Díaz, quien estaba realizando una investigación histórica sobre la Casa del Espía, donde funciona el café de Ferrowhite, frente al impactante castillo donde estaba instalada la Usina General San Martín.

   Esta casona de dos pisos, antes de ser un café, fue una residencia familiar. Alojó a distintas familias, en distintas épocas. 

   Sus paredes, su señorial escalera de madera y sus recovecos hablan de otros tiempos, otras historias.

   ¿Por qué se convirtió, con el tiempo, en La Casa del Espía?

   Porque en el húmedo aire whitense circulaban versiones acerca de un alemán, Gustav Monch, de quien, se decía, había sido informante del Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial. Transmitía desde el castillo todo lo que pasaba en el puerto, aquella información relevante sobre la entrada y salida de los barcos. 

   Podía hacerlo porque en 1932 lo designaron como primer jefe la Usina General San Martín. 

   Gustav se instaló con su familia en la casona y se quedó allí hasta que, según recuerdan algunos, la Prefectura se lo llevó “de una oreja”, y ya nadie más lo vio.

   En el libro de Díaz, narrado en prosa literaria, se aportan datos sobre su vida y su juventud.

   Es que este hombre tuvo una vida de película, de cuento.

   Antes de llegar a Ingeniero White fue jefe de máquinas de la Primera Guerra Mundial. Luego, los ingleses lo capturaron y lo levaron a las Islas Malvinas, donde estuvo preso. Más tarde logró escapar en un bote para refugiarse en Tierra del Fuego hasta su traslado a Loma Paraguaya. Hasta que llegó a la Usina.

   Su nieta, Elena, hoy con 82 años, reconstruye en el libro de Díaz la memoria de una infancia envuelta en misterios, secretos y rincones prohibidos, como el propio castillo, al que no se le permitía ingresar.

   En una ocasión, mientras jugaba con su gato, la pequeña encontró un llamativo botón dorado, con una imagen de África de relieve, que le llamó la atención y que hoy es una pieza de museo clave en la Casa del Espía.

   Elena Franke, nieta de Gustav Monch.

   Ese botón pertenece al uniforme de los tripulantes del barco Ussukuma, una nave alemana que llegó en 1939 al puerto de White, sin bandera, generando una gran expectativa en la comunidad.

   Su destino era Hamburgo-África del Sur, pero cuando estaba en uno de sus tramos las tropas alemanas invadieron Polonia y se desató el caos. 

   El barco terminó quedándose dos meses en el puerto. Una nota periodística de La Nueva Provincia confirma su llegada. 

   El libro de Rodolfo Díaz explora esta historia desde la mirada ingenua de aquella niña inquieta pero también indaga en la vida de otras dos mujeres. 

   Las tres participarán de la presentación del libro que será hoy, a las 17, en La Casa del Espía.

 

   La presentación estará a cargo de Ana Miravalles y amenizarán el Sexteto de castañuelas de Látellier y los tangos del maestro Jorge Morantes.

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   Gladys Bottini y Elena Compiano son las otras dos mujeres que protagonizan el libro de Diaz.

   ¿Quiénes son y qué relación tienen con Elena y su abuelo espía?

   Gladys Bottini.

   No son familiares de Elena Franke, ni entre ellas. No comparten una época y ni siquiera se conocen. Lo que tienen en común es que las tres vivieron en la misma casa.

   Díaz construyó un relato, considerando que están unidas por el halo de misterio que envuelve a esta particular vivienda; por las palabras que aún resuenan en su estructura, por los amplios espacios verdes que eran escenario de juegos y tenían como marco para el despliegue de sus fantasías nada menos que a un castillo.

   ***

   Gladys Bottini, alias Glay, es la sobrina del checoeslovaco Lois Sladky quien se convirtió en Jefe de la Usina Genetral San Martín tras la partida abrupta de Gustav.

  Lois llegó con su mujer Selva y al poco tiempo recibieron a su sobrina, desde Corrientes.

   Durante su estadía, Glay, quien hoy reside en Buenos Aires, hizo dos amigas: Perlas Constanzi y Haydeé Tejeda.

   Las tres recuerdan el verdor del jardín, su frescura y una gran huerta con lechugas, tomates y achicorias. También evocan el aroma a fresias y a rosas y las plantaciones frutales como manzanas, membrillos y ciruelos.

   La Casita de Muñecas en la que jugaba Glay, una construcción que estaba al costado de la casona, y que hoy ya no existe, estaba pintada de negro y a ella eso no le gustaba.

   Años después le llegó la versión de que aquella casita había sido pintada con brea para que nadie escuchara las transmisiones secretas de un hombre que enviaba mensajes de radio para favorecer al gobierno alemán en la última Gran Guerra.

   Elena Compiano llegó en 1957 a la casa junto al mar.

   Su padre Alberto Oscar Compiano, teniende de Navío de la Marina, fue designado jefe de planta de la Usina que atendía a una población que superaba los 430 mil habitantes.

   El 10 de febrero de 1962 el presidente Arturo Frondizi llegó hasta le lugar para inaugurar tres calderas y dos turbinas, desafío que se había puesto sobre los hombros el papá de Elena.

   Ella vio llegar a la comitiva presidencial en sus flamantes autos Cadillac desde la torre del castillo.

   Elena Compiano.

   Rodolfo Díaz además de escribir el libro, trabaja en museos desde 1982 y es quien está a cargo de la Casa del Espía.

   “En 2006 comencé a investigar quién había vivido en esta casa y surgió la historia de Gustav y con ella el nombre La Casa del Espía”, contó.

   En el run run de los vecinos la leyenda hablaba de un vecino que tenía contacto con el régimen nazi y él comenzó a entrevistar gente y a bucear en documentos con valor histórico para hallar elementos que lo sustentaran.

   “Gustav no era un espía sofisticado o profesional sino alguien con una misión: tenía una vista fantástica desde la torre del castillo y todo el movimiento de entrada y salida de barcos en el puerto”, comentó.

    Mientras su investigación transcurría ("y en tiempos de empoderamiento femenino") Díaz fue descubriendo la historia de estas mujeres que vivieron allí y empezó a desarrollar más esta línea.

   “Ellas se conocerán hoy y unirán un período histórico que abarca desde 1932 hasta la década del 60”, destacó.

   “Surgirán anécdotas y recuerdos entre ellas. Eso va a fluir a la par que se realizará la presentación de la publicación”, dijo.

   El escritor Patricio Chaija fue quien aportó su pluma para dar forma literaria a todos esos datos y entrevistas que hoy se convirtieron en La Casa del Espía.

   El libro cuenta con el diseño y armado de Carlos Mux.

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   La Casa del Espía. Fue ocupada por varios jefes desde 1932 hasta mediados de los sesenta, momento en que pasó a funcionar como una oficina administrativa. Hoy funciona como un espacio cultural, lugar de encuentro y café en el que cada domingo se pueden degustar exquisiteces caseras. Tiene dos plantas, con tres habitaciones y un baño. En la planta baja, hoy convertida en café estaba el living comedor. 

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