Perón al gobierno, Perón al poder
Por Ricardo de Titto / Especial para "La Nueva."
El 13 de julio de 1973 el binomio que había asumido –en medio de la euforia popular− el 25 de mayo anterior, integrado por Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima, renunció a sus cargos. El enfrentamiento ocurrido en Ezeiza, el día del arribo definitivo de Perón a la Argentina, había demostrado la incapacidad del “camporismo” de cerrar la crisis y la necesidad de que fuera el propio líder del justicialismo el que tomara las riendas del poder. Así, la consigna de la campaña electoral: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, se corporizaría en la realidad.
En un operativo perfectamente digitado, el presidente del Senado, Alejandro Díaz Bialet –sucesor natural de la presidencia−, fue enviado al exterior en una misión inventada para la ocasión y Raúl Lastiri, presidente de Diputados, asumió la primera magistratura que ejerció hasta el 12 de octubre. Curiosamente este hombre de escasas luces y muchas corbatas, como gustaba exhibir, y que estaba allí porque era cuñado del intrigante José López Rega, se mantuvo en el gobierno casi el doble del tiempo que su predecesor Cámpora electo por el voto popular.
El 21 de julio la Juventud Peronista marcha a la casa de Perón para “romper el cerco del brujo López Rega” que, todavía, es más “brujo” y esotérico que un temible e inescrupuloso conspirador. Perón recibe a cuatro dirigentes de la JP y, aparentemente, promete que la Tendencia Revolucionaria tendrá “acceso directo” al líder, sin intermediarios. Horas después, un comunicado de la oficina de prensa informaba que para enlazar a la JP con Perón se designaba a López Rega. Perón abandonó entonces definitivamente su postura “paternalista”, comprensiva y contenedora de todos los sectores internos. No había más margen para los juegos pendulares: a los Montoneros los llama públicamente “Mongo Aurelio”.
Se convoca a nuevas elecciones presidenciales para el 23 de septiembre. La JP influenciada por la organización Montoneros pretendió imponer al “Tío” Cámpora como segundo en el binomio pero la decisión de Perón dejó en claro el perfil preferido por él y, de hecho, una nueva relación de fuerzas que había en el peronismo. Perón redefinió su proyecto: la nueva formulación de su “comunidad organizada” de otras épocas, se llamó ahora “democracia integrada”, lo que suponía la colaboración de los partidos y la centralidad del Pacto Social firmado entre empresarios y trabajadores. Él, autobautizado como un “león herbívoro”, había regresado al país como “prenda de paz” y pretendía la unidad nacional lo que implicaba que el plan político y las propuestas económicas coincidieran. Se llegó a barajar que el propio líder de la UCR, Ricardo Balbín acompañara a Perón en la fórmula, pero, en una sociedad tensionada y con poderes alojados en diversos lugares –como los sindicatos− no existió margen político para semejante acuerdo. En el otro extremo político, el del sindicalismo más combativo, se especuló con una fórmula presidencial que enfrentara crudamente a Perón, encabezada por el dirigente de Luz y Fuerza Agustín Tosco, uno de los líderes del Cordobazo, pero la propuesta no se concretó.
De este modo, para la elección del 23 de septiembre hubo cuatro candidaturas: la de Perón-Perón (con dos boletas, del Frente Justicialista y del FIP de Abelardo Ramos); la UCR con Balbín y De la Rúa; la Alianza Popular Federalista encabezada por Francisco Manrique y apoyada por el Partido Demócrata Progresista y varios partidos provinciales y, en la izquierda, el Partido Socialista de los Trabajadores, trotskista, que integró la fórmula con Juan C. Coral y José Páez, un dirigente obrero clasista.
La fórmula del Frejuli se impuso con el 61.8%. Los radicales contabilizaron el 24,3% de los sufragios. El 14% restante se repartió entre la APF y el PST, 1.6%.
Sin embargo, como si las piezas del tablero de ajedrez tuvieran movidas pensadas con anticipación el gran “triunfo popular” se opacó: el 25 de septiembre, día en que se conocieron los cómputos definitivos, una noticia ganó los noticiarios y la tapa de los periódicos sacudiendo a la opinión pública: el secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci −quien, cuando Perón retornó a la Argentina había sintetizado la situación con una expresión, recurrentemente citada, “se acabó la joda”−, fue asesinado con más de 20e balazos. Los Montoneros habían anticipado su muerte cuando coreaban “Rucci traidor, a vos te va a pasar lo que le pasó a Vandor”, asesinado en sus oficinas del gremio metalúrgico en 1969. Los tiros que mataron a Rucci pegaban demasiado cerca del propio Perón y si intentaban ser una advertencia al Jefe, solo lograron lo opuesto.
Perón asumió el 12 de octubre y, como señalan los autores de Historia de las elecciones en la Argentina (El Ateneo, 2011), “el camino de la ‘pacificación y la unión nacional’ seguía presentando serios obstáculos que Perón intentó infructuosamente remover durante los 10 meses que ocupó el gobierno desplazando a los sectores más radicalizados de su movimiento, por un lado, de las situaciones de poder obtenidas, y por otro, endureciendo la legislación contra las actividades de la guerrilla. Lo que siguió fue una lucha por espacios simbólicos y concretos que enfrentó a los sectores desplazados con aparatos parapoliciales organizados por José López Rega desde el Ministerio de Bienestar Social, la Acción Anticomunista Argentina o Triple A. Y, paralelamente, recrudeció la puja distributiva que el Pacto Social no era capaz de disciplinar”.
Perón falleció el 1 de julio del año siguiente. Su muerte “marcó el comienzo del fin. Cuando Isabel asumió el gobierno, la mayoría de los partidos la apoyó en pos de la defensa de una institucionalidad que, sabían, era extremadamente frágil en un clima de enfrentamientos violentos y graves dificultades para manejar la economía, afectada, además, por una crisis mundial”.
Y en efecto, dado que la fórmula se integró con su tercera esposa. María Estela Martínez de Perón –conocida como Isabelita−, a la muerte de Perón asumió “Perón”: el Líder histórico del movimiento de masas dejó el poder en manos de su esposa, que lo heredó sin condiciones para ejercerlo. Una vez más, el tema de las “sucesiones” presidenciales –como con Sáenz Peña en 1914, Ortiz en 1942 o Frondizi en 1962− escribirá una página decisiva en la historia argentina. Lo que hace ver que no es un tema menor el de los candidatos a vicepresidente y, en oportunidades –cuando la vicepresidencia está vacante−, los nombres de quienes ocupan la presidencia del Senado y de Diputados, como fueron los casos de Lastiri en 1973, Ítalo Luder en 1975 y de Ramón Puerta y Eduardo Camaño en la crisis de diciembre de 2001.