Bahía Blanca | Lunes, 27 de junio

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La salud en los tiempos de la Revolución de Mayo

Doscientos años atrás no existían los antibióticos, ni la anestesia ni la antisepsia. Se suponía que las sangrías o desangramientos "depurativos" y los ungüentos de mercurio (sumamente tóxico, sabemos hoy) servían para curar. En 1810, la vida en el Virreinato del Río de la Plata transcurría en un clima de desazón por las noticias llegadas de España. Pero en el aspecto sanitario, el gran temor era la viruela. Ya había hecho estragos en Europa cuando apareció aquí en forma de oleadas que causaron muchas muertes, sobre todo en la población indígena, más propensa a enfermarse que los blancos, por la falta absoluta de inmunidad contra ella.

Doscientos años atrás no existían los antibióticos, ni la anestesia ni la antisepsia. Se suponía que las sangrías o desangramientos "depurativos" y los ungüentos de mercurio (sumamente tóxico, sabemos hoy) servían para curar.








 En 1810, la vida en el Virreinato del Río de la Plata transcurría en un clima de desazón por las noticias llegadas de España. Pero en el aspecto sanitario, el gran temor era la viruela. Ya había hecho estragos en Europa cuando apareció aquí en forma de oleadas que causaron muchas muertes, sobre todo en la población indígena, más propensa a enfermarse que los blancos, por la falta absoluta de inmunidad contra ella.


 Pero no sólo acechaba la viruela.


 "También había tifus, disentería, el mal de los siete días, que es el tétanos del recién nacido, una infección del cordón umbilical de los bebés. A causa de ese mal y dado que se suponía que lo provocaba el agua fría, en 1813 se dictó una disposición por la que se permitía bautizar con agua tibia", relata el doctor Miguel de Asúa, pediatra, máster en Historia y Filosofía de la Ciencia y Doctor en Historia por la Universidad de Notre Dame de París, miembro del Consejo Nacional de investigaciones Científicas y Técnicas y autor de La ciencia de Mayo. La cultura científica en el Río de la Plata: 1810-1820.


 Agrega que lo peor eran las enfermedades infecciosas y sus epidemias, sobre todo, las infantiles, como las de tos convulsa y sarampión. Además, se mencionan epidemias de anginas. Hoy es difícil compararlas con las actuales, ya que tenían otros nombres.


 Hay que pensar que la idea de que las enfermedades son causadas por gérmenes es un concepto muy posterior, ya que los descubrimientos de Luis Pasteur datan de 1870, pero las que hoy conocemos como infecciones eran asociadas a causas que tenían que ver con la teoría médica de la época.


 "Eran atribuidas a la corrupción del aire, a los deshechos pútridos o a los miasmas, los efluvios malignos que se creía que desprendían los cuerpos corruptos", sostiene el investigador.

Instituciones sanitarias.
En cuanto a la asistencia sanitaria, si bien en 1580 Juan de Garay había destinado una manzana de Buenos Aires para la construcción de un hospital, el nosocomio recién se inauguró en 1614. Llevaba el nombre de San Martín de Tours, en honor al patrono de la ciudad y estaba destinado a atender a marineros y esclavos.





 Asimismo, los médicos jesuitas, desde 1610 hasta 1767, año en que fueron expulsados, recopilaban conocimientos médicos europeos y autóctonos, en especial, de los guaraníes y practicaron la internación domiciliaria.


 En 1726, a causa de la peste de 1719 y antes de la de 1729, fueron convocados los padres bethlemitas, una orden creada en Guatemala con el fin de servir a los pobres en 1656. Contaban con cierta experiencia en la medicina y fueron los primeros en abordar la locura. En 1748 pasó a ellos la administración del hospital San Martín de Tours, que había sido clausurado en 1644. Ampliado y modernizado, se llamó Hospital Convento de Santa Catalina de Buenos Aires, el primer hospital general de hombres.


 Una sala con 12 camas para mujeres se había habilitado en 1743, gracias a la insistencia de la Hermandad de la Santa Caridad. Aunque siempre funcionó en forma precaria, a merced de las donaciones, fue el origen del Hospital de Mujeres. Y en 1779 se inauguró la Casa de Niños Expósitos, destinado a socorrer niños abandonados.


 Santa Fe tuvo un hospital desde muy temprano, pero en 1594 ya estaba en ruinas. En Santiago del Estero había existido uno entre 1726 y 1728. Desde 1763, funcionó otro en Mendoza y en 1827, Córdoba construyó el hospital San Roque sobre uno anterior precario.


 En tanto, las poblaciones de las ciudades crecían, no había antibióticos ni cloacas y los baños eran letrinas ubicadas a los costados de los patios.

Novedades de Europa.
Como había muy pocos médicos, en cierto momento se permitió el ejercicio de la medicina a curanderos y sanadores. En 1780, para controlar la situación de un exceso de licencias otorgadas, el virrey Vértiz creó y puso en funcionamiento el Protomedicato, una institución copiada de la de la metrópolis, destinada a regular el ejercicio profesional de la medicina y a dictar disposiciones relativas a la higiene en los ámbitos urbanos.





 En nuestras tierras, el primer protomédico fue Miguel O'Gorman, quien siguió en su puesto hasta 1817, cuando se jubiló. Era hijo de padre irlandés y madre española. Nacido en La Coruña, España, estudió medicina en Renns y París (Francia). Más tarde fue enviado en comisión a Londres por el rey de España, para interiorizarse sobre la variolización, un procedimiento preventivo anterior al descubrimiento de la vacuna.


 "Antes de la llegada de la vacuna --que se hacía con el virus de la viruela vacuna que protege contra la viruela humana-- se hacía la variolización: se inoculaba a la gente con material de la pústula variolosa de un paciente que había sufrido viruela", aclara Asúa.


 "Por suerte, la vacuna antivariólica descubierta por Edward Jenner llegó muy rápidamente al Río de la Plata. Fue en 1805, también a instancias del doctor O'Gorman, quien previamente la había introducido en España", relata Asúa. Y agrega que la vacunación funcionó muy bien en el Río de la Plata, tal vez porque el presbítero Saturnino Segurola se ocupó de vacunar a todo el mundo.


 Se refiere al párroco del Socorro, un argentino doctorado como sacerdote en la Universidad de San Felipe, Santiago de Chile, quien creó un arancel adaptado a las posibilidades de cada uno y la aplicó gratuitamente a los pobres.



Sangrías y preparados








 Con respecto a las curas en las épocas del Virreynato, lo más usual era la sangría, que también practicaban los barberos.


 "Fue la técnica de elección de la medicina europea desde la edad media hasta principios del siglo XIX. Se hacía mediante una incisión en la vena o con sanguijuelas. Si bien no tiene ningún efecto, era muy común que la gente se hiciera sangrar periódicamente", cuenta el investigador Miguel de Asúa y acota que tampoco las cataplasmas sirven, pero no son tan dañinas.


 Los emplastos (preparados de uso tópico), purgantes y eméticos (vomitivos) se sumaban a las alternativas.


 "Hoy no se da un emético a menos que sea un caso de intoxicación, y aunque la gente toma purgantes, las indicaciones médicas son muy limitadas. Y acá se los usaba para cualquier cosa", afirma Asúa.


 También se utilizaba el opio como calmante de las afecciones nerviosas, para las convulsiones y hasta para la tos.


 Un remedio específico útil era la quinina, un aporte indígena, que cura la fiebre intermitente provocada por la malaria.


 "Para la sífilis se usaban los ungüentos de mercurio. La gente no sabía que el mercurio es un veneno, un elemento muy tóxico, y sufría las consecuencias. Hay que pensar que la medicina recién se hizo eficiente con la técnica antiséptica aportada por Joseph Lister, con el descubrimiento de los gérmenes de Pasteur y con la anestesia", afirma Asúa.



"Carnicerías".
"Hay que imaginarse que las batallas que estudiamos en la escuela primaria eran carnicerías. Es cierto que no había tantos heridos, pero los pocos que había pasaban por circunstancias terribles. Había poca asistencia médica, apenas uno o dos cirujanos por batalla y operaban sin anestesia", señala Miguel de Asúa.