Bahía Blanca | Jueves, 02 de abril

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Bahía Blanca | Jueves, 02 de abril

EL DIA QUE NUNCA OLVIDARE HOY: RAFAEL "CACHO" MARTIN Un destino en el muelle de los sueños

Mientras se acercaba con el taxi al pequeño pueblo blanco de Alájar, en las estribaciones de Huelva, Rafael Martín hacía el balance. Cerraba el círculo de la recapitulación con saldo ampliamente favorable. Precisamente ahí, en la Huelva marinera del Puerto de Palos y los descubrimientos. Sí, tras su cita con la muerte, todo fue distinto. Como si desde entonces Dios hubiera mirado hacia la tierra, justo donde estaba él, y le hubiera señalado un rumbo con el dedo.




 Mientras se acercaba con el taxi al pequeño pueblo blanco de Alájar, en las estribaciones de Huelva, Rafael Martín hacía el balance. Cerraba el círculo de la recapitulación con saldo ampliamente favorable.


 Precisamente ahí, en la Huelva marinera del Puerto de Palos y los descubrimientos.


 Sí, tras su cita con la muerte, todo fue distinto. Como si desde entonces Dios hubiera mirado hacia la tierra, justo donde estaba él, y le hubiera señalado un rumbo con el dedo.


 También el cielo luminoso de Andalucía se sumaba al optimismo. Sobre el llano y la montaña resplandecía el mítico sol que durante ocho siglos usufructuaron como propio los invasores moros.


 Rafael Martín se sentía envuelto en un espontáneo vendaval de felicidad. Una sensación que, después de enfrentar su experiencia límite, al final del servicio militar, lo había impulsado a buscar la misma cima que una vez le hizo exclamar a Nietzsche: 'el hombre es algo que debe ser superado'.


 Más que superado debe ser revelado, rescatado o reivindicado. Pero nunca desviado de los altos designios que justifican su paso por la vida. Cosa esta última que casi siempre ocurre.


 Para Martín, algunas grandes luminarias que se estaban encendiendo a lo largo del camino elegido ya habían quedado atrás, aunque seguían alumbrándolo.


 Por caso, la que se encendió en el año 1982, cuando se entregaron por primera vez los premios Konex, con carácter retroactivo y, además de adjudicárselo a él en el rubro Cerámica, lo incluyeron entre las cien figuras más destacadas en la historia de las artes plásticas argentinas.


 Cuatro años antes había obtenido el Gran Premio de Honor del Salón Nacional con cinco esculturas del grupo Los rostros del engaño.


 Ahora, en el taxi, marchaba en busca de otra historia, desconocida e imprescindiblemente complementaria, la de sus ancestros.


 ¿Qué más podía pedir?


 


  * * *


  Todo había comenzado mucho antes de instalarse en la mansión de Ginebra, donde transcurrieron los días más deslumbrantes de su vida. Empezó en la modesta casa sin llaves de la calle Güemes. La casa paterna, donde todos entraban sin golpear las manos. Fue su primera escuela.


  Allí, durante su infancia, descubrió que un ladrillo abandonado en el fondo del patio podría convertirse en incipiente obra de arte. Y aprendió a retratar a sus seres queridos. Y a llenar los cuadernos con aventuras ilustradas, tal como salían en las codiciadas y modestas revistas de historietas, con las palabras del diálogo encerradas en un globito, arriba, y la palabra "continuará", al final, abajo. Esa palabra que enmarcaba la ansiedad de la espera semanal. Y quizás también la otra espera más larga de la vida.


 El aval del premio Konex fue decisivo. Lo condujo en las carabelas de los sueños por los rumbos imprevistos de los grandes descubrimientos y las citas con el asombro.


 El siguiente gran impacto emocional, tras la laureada distinción, lo aguardaba en aquel viaje a la Andalucía de su padre --también Rafael-- y de sus abuelos.


 "Yo sentía el afán de reencontrarme con mis raíces.


  "Voy a Sevilla y desde ahí intento seguir hasta Alájar, el pueblo de mis antepasados, en Huelva. No sé cómo llegar. En la calle veo un taxi y le pregunto si hay algún ómnibus que me lleve a Alájar.


 --No... Pero, hombre, que te 'yevo' yo. No está lejos de aquí. A unos 80 kilómetros.


 --¿Conoce Alájar?
--Como la 'parma' de mi mano --el tono andaluz retumba expansivo y cordial.
--¿Y después en qué vuelvo?
--Yo te espero. Me duermo una siesta y luego te traigo.
"Convenimos un precio accesible. Alájar queda en la sierra. Mi padre lo dejó con su familia para ir a Sevilla, donde murieron los abuelos. Cuando estaba por cumplir veinte años se enfrentó con una difícil perspectiva: cinco años de servicio militar en Melilla, y la guerra interminable de Marruecos. Prefirió emigrar.






 "El taxista es un hombre amable y sencillo. Como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo. Vamos dejando atrás los pueblos blancos y por fin llegamos.


 "Esto es Alájar, me dice y se detiene ante una fuente que está en el comienzo del pueblo. Deja el auto junto a la sombra y agrega:


 --Bueno. Tú haz lo que tienes que hacer. Yo te espero aquí.


 --Alrededor de tres horas.


 --Lo convenido.


 "Salgo al azar, tratando de descubrir algún ignorado pariente o a alguien que conserve la memoria de mi apellido. Me dirijo a un hombre mayor. Invoco también a la abuela María de los Angeles Valera. El mismo nombre que mi hermana.


 "Un municipal --así lo llaman-- con el que nos ponemos en contacto encuentra los registros familiares y, con una copia de las partidas de nacimiento en la mano, asume voluntariamente la conducción de la búsqueda.


 "Recorremos varias calles. Cada vez se suma más gente a la comitiva. El municipal entra en las casas como si fueran suyas y con él toda la procesión.
--¡Pedro! --grita ya adentro--. A ver si tú te acuerdas de los Martín o de los Valera, que estoy acá con este pobre hombre que ha venido de la Argentina a conocer el pueblo de sus antepasados.



 "Pedro, Juan, Manuel, repite el municipal en cada vivienda, reiterando lo de 'este pobre hombre', que yo acabo por asumir como una nueva condición de mi naturaleza humana.


 "Pedro, Juan, Manuel... nadie los recuerda...


 "El municipal no es un mero oficinista, me cuenta. Cumple diversas funciones, desde entregar una notificación hasta destapar una cañería bloqueada o arreglar una señal de tránsito.


 "Sé que mi abuelo era 'taponero'. Hay alcornocales en los alrededores y él se dedicaba a fabricar corchos con la corteza de esos árboles que parecen de cobre. Los andaluces son acogedores, cordiales, divertidos. En cada casa que visitamos nos convidan con un Jerez. Y un Jerez aquí, otro más allá me van sumergiendo en una bruma suave, cálida.


 "No encontramos rastros de mis antepasados, pero siento como si todo Alájar fuera mi gran familia.


 "Finalmente llegamos a lo alto de la peña Arias Montano, donde hay un santuario consagrado a la Virgen de los Angeles. De allí proviene el nombre heredado en mi familia: María de los Angeles. El municipal, con orgullo, me dice:


 --De esta peña salieron dos andalucitos que fundaron la ciudad de Los Angeles, en Estados Unidos.


 "No sé si es cierto, pero recuerdo que el primer plano de Bahía lo hizo también un andaluz, Antonio Miguel de Molina.


 "Con mi sobrecarga de Jerez y al cabo de trece horas doy por concluido mi viaje al pasado. El recuerdo que me llevo de mi padre es el escenario y el paisaje donde transcurrieron los días de su niñez y adolescencia. El momento y la emoción vividos, gracias al empeñoso agente municipal y a los vecinos, serán para mí inolvidables. Desde este momento Alájar pasa a ser parte de mi vida.


 "Junto a la fuente, el taxista --superada su larga siesta-- me aguarda con santa paciencia. Hay que reajustar el precio, pero me cobra apenas unos centavos más".


  * * *




 El abuelo materno, al único que "Cacho" Martín conoció, era veneciano. Hablaba poco o nada de su tierra, pero cultivaba con manifiesta convicción sus principios humanos y políticos, no negociables.


 "Era naturista y sobrellevaba dignamente la ascendencia griega prolongada en su ostentoso nombre: Pericles Menécrates Glauco Coletto. Además profesaba y difundía la doctrina anarquista.


 "Se bañaba en invierno y verano con agua fría, se curaba con hierbas y a los 80 años tomó su primera aspirina. Era un idealista y no le interesaba el dinero ni las posiciones sociales sino la gente. Esperaba el advenimiento de una humanidad mejor.


 "Trabajaba para una casa cerealera y me regaló un libro de filosofía que seguramente para él era un tesoro y para mí un insinuante desafío proveniente del mundo de la ética. Se titulaba Los caracteres (¿el de Teofrastro, sucesor de Aristóteles?)


 "Mi madre tenía una memoria prodigiosa y quizás por influencia de mi padre fue depositaria y transmisora de la cultura española. Tenía 93 años, estaba en su lecho de muerte y todavía recitaba a Lorca y a otros poetas, de memoria, sin vacilar ni equivocarse.


 "Recuerdo la casa de mi infancia y la veo siempre abierta a todos, poblada por gente diversa que iba a hablar con mi madre o mi padre. Cualquiera podía alojarse allí. Una vez llegó un tío mío que no tenía dónde vivir y se quedó varios años. Y había un lugar para los primos que venían a seguir sus estudios.


 "Yo era bastante solitario. Me gustaba llenar cuadernos con historietas que mi padre, compartiendo su asombro, exhibía a quienes nos visitaban.


 "Solía encerrarme en el patio para inventar juegos con una pelota y un palo, o para tallar ladrillos y palos de escoba. Con los pibes de la barra de la esquina hacíamos casitas. Una vez construí una en el patio, con varias chapas viejas, tipo villa miseria y mi mamá me llevaba el Toddy, a la tarde. Cuando llovía me encerraba ahí para escuchar la música de la lluvia en la chapa de zinc. Sentía la necesidad de construir un lugar a salvo de la intemperie, como si fuera un mandato ancestral".


 El mismo mandato que reciben los pájaros y los animales silvestres, que es lo primero que aprenden a construir: un ámbito propio para resguardar la especie de las inclemencias y las incertidumbres de la vida.
El arte visto desde el búnker





  La primera rebeldía manifiesta de Rafael "Cacho" Martín tuvo un trasfondo estético. En quinto grado le dijo a su padre que quería dejar el Don Bosco, porque no le permitían dibujar. Y lo asumió con tanta firmeza que su padre accedió.


 Su adolescencia transcurrió en medio de una intensa búsqueda personal, autodidacta, de creadora expectativa, hasta que la vida le deparó una experiencia traumática, al borde de la muerte, que modificaría su destino.


 --Mientras cumplía con el servicio militar en la Armada, contraje una grave enfermedad: tuberculosis. Empecé a sentirme cada día más débil y más frágil. De 70 kilos bajé a pesar 45.


 "Apenas comía y empeoraba hora tras hora. Creí que me iba a morir. Yo ya era civil, me habían dado la baja, pero como estaba enfermo no me dejaban salir. Todos los días la fiebre me subía a 40 o 41 grados.


 "Deliraba. Una vez tuve una visión, un sueño... no sé lo que era. Pero lo viví como una realidad palpable en medio de una gran angustia.


 "Sentí que estaba en un muelle y se me aparecía la figura de una parca --la muerte--. Yo la contemplaba, desesperado, tratando de evitarla. Se acercaba a mí, me tomaba de los pies y, en medio de mi impotencia, empezaba a arrastrarme. Me arrastraba y me arrastraba sobre el muelle hacia el agua, hacia la muerte. Y yo, en el afán de resistirme me aferraba con las uñas, que iban dejando unas huellas profundas en la madera... Era inútil...


 "Cuando recobré la lucidez lo asumí como una premonición; pensé que si salía de mi enfermedad debería hacer lo que más me importaba en la vida: dedicarme al arte con cuerpo y alma.
"Mi padre hizo tantas gestiones para que me dejaran trasladarme que, al cabo de un mes, pude irme y hacer un tratamiento mucho más completo. Recuerdo que cuando me levantaron para salir no podía caminar ni estar parado.



 Aquel extraño muelle de la muerte fue para Rafael "Cacho" Martín el punto de partida hacia una vida nueva. Que también dejaría huellas profundas.




  * * *


 "Una vez recuperado, me empleé en un banco y me casé.


 "Tenía 24 años y ya habían nacido nuestros dos primeros hijos, cuando a mi esposa le otorgaron una beca para completar un master en matemática en Estados Unidos. Creí que era la oportunidad.


 "Viajamos a Pennsylvania. Como dejamos alquilada la casa de Bahía, completamos los ingresos para vivir allá. Y yo me anoté en cursos de arte. Si no podía pagar, asistía como oyente. Pero al tiempo me invitaron a cursar gratis.
"Realicé estudios sistemáticos muy intensos. Se trabajaba mucho. En un solo trimestre hicimos 300 dibujos. Formamos con unos amigos un grupo de cinco escultores y ofrecimos una muestra que luego repetí en otras ciudades.



 "Cuando tres años después volví a Bahía, le dije a mi padre que no iba a trabajar más en el banco. Estaba dispuesto a cumplir con lo que me había prometido a mí mismo.


 "El se preocupó. Supuso que, como en tantos casos, la bohemia del arte me iba a convertir en un pobre diablo, sin futuro. Aunque se resignó.


 "Creo que mi línea de trabajo se tornó coherente a partir de ese momento, tras mi regreso a la Argentina. En cinco años pude hacer 150 obras, en un estilo ya muy definido. De las 150 solo quedaron cinco en mis manos. Las demás están repartidas en todo el mundo. Además de las capitales conocidas, en Jerusalén, Ancara y en colecciones oficiales y privadas de Suiza y Estados Unidos. Creo que toda mi obra, a conciencia, la hice en Bahía Blanca".


 Con los años, los presagios paternos cederían a una realidad muy distinta. Llegaría el mencionado gran premio del Salón Nacional y el Konex, que le posibilitarían su primer viaje a Europa. Y, en Europa, la experiencia más trascendente y enriquecedora de toda su trayectoria


 "Estando en Italia decidí comunicarme por teléfono con Claudia, mi ex ayudante del taller en Bahía, que se había casado y vivía en Suiza.


 "Con Alain, su esposo, me invitaron a pasar unos días en Ginebra.


 "Alain era un personaje singular. A los 18 años había ido a Nicaragua para sumarse como dinamitero a la guerrilla. Estuvo combatiendo durante ocho años, hasta que, mientras transportaba una carga de explosivos, lo ametrallaron. Sufrió heridas a las que sobrevivió por milagro, gracias a un médico guerrillero argentino. Desde entonces sintió una enorme gratitud por todo lo que se relacionara con la Argentina.


 "Le mostré las fotos de mis obras y le gustaron. Me sugirió que, junto con mi currículum, las presentara en la Casa de Ginebra, una especie de casa de la Cultura.


 "Lo hice. Me atendieron muy bien y me invitaron a organizar una muestra y a dar un curso sobre escultura durante un cuatrimestre.


 "Volví de inmediato a la Argentina y con el aval de Teresa Anchorena, directora de Artes Visuales de la Nación, pude llevar mis obras en Aerolíneas Argentinas.


 "La muestra fue un éxito. Y supuse que todo se agotaría en eso. Sin embargo, derivó en otra sorpresa: desde las Naciones Unidas me invitaron a repetir la exposición en la sede de ese organismo.


 "No lo podía creer. Me parecía que era demasiado grande para mí. Supuse que esta vez había llegado al límite de mis posibilidades. ¿Qué más podía esperar? Sin embargo, lo más importante aún no había ocurrido.


 "Al margen del curso que dictaba a la noche, yo tenía todo el tiempo libre, y permanecía muchas horas en la muestra.


 "Un día estaba con Nicola, el organizador y bibliotecario de las Naciones Unidas, cuando sonó el teléfono. Atendió y escuché que decía:


 --Sí, está acá, frente a mí. ¿Quiere hablar con él? Ya le paso.


 "Me dio el tubo. Mi francés era precario. Quien preguntaba por mí era una persona dedicada a la comercialización de obras de arte.


 --¿Le interesaría que nos ocupáramos de sus obras y las mandáramos a las subastas de Londres? --me dijo.


 "Volví a preguntarme ¿qué me está pasando? Contesté que sí. Y él continuó hablando:


 --Además, tenemos un proyecto técnico que queremos realizar con usted. ¿Cuándo podemos encontrarnos para conversar?


 "Yo quería decirle ya, dentro de cinco minutos, cuando quieran. Pero me contuve y atiné a contestar con aire de cierta indiferencia:


 --Mañana tengo el día libre... a la mañana...


 "Así que al día siguiente nos encontramos. Elogiaron mi obra: 'Cuando usted quiere hacer un dedo, hace un dedo; cuando quiere hacer un pie, hace un pie... la terminación es perfecta', opinaban. Mi mente y mi ánimo ya viajaban por el limbo. Y así, hasta que me explicaron su propuesta. Eran un banquero y un marchante que querían restaurar y fundir en bronce varias obras de Max Ernst --con la supervisión de su esposa-- hechas en cemento, entre 1938 y 1941, en el sur de Francia. Y me ofrecían hacerme cargo del trabajo".


 Max Ernst, radicado en Francia y de origen alemán, fue uno de los artistas plásticos más célebres del pasado siglo.


 "Comentaron que ya habían encarado el proyecto con un escultor francés, pero al verlo trabajar decidieron anular el contrato.


 --Si usted está de acuerdo, podemos discutir las condiciones del convenio --agregaron.


 --Antes me gustaría hacer una prueba para que la evalúen. Y si la consideran correcta, yo no tengo inconvenientes --respondí.


 "Fuimos a una casa que tenían frente al lago de Ginebra, con muelles y barcos. En el garaje de un barco instalamos el taller donde hice la prueba. Terminé, manguereé el compartimento y dejé las herramientas brillando. Tras hacer la evaluación, dijeron:


 --Mañana nos ponemos de acuerdo y firmamos el convenio. ¿Estará libre?


 --Creo que sí.


 Al día siguiente volvimos a reunirnos.


 --¿Cómo quiere que le paguemos? ¿Por día, por obra o por hora?


 "Son franceses. No dejarán de regatearme, pensé. Pedí cien dólares la hora. Arreglamos en 80, con la obligación de diez horas diarias.


 "Empezamos la restauración, que duraría tres años, y cuando se acercó un aniversario del nacimiento de Max Ernst, me pidieron que acelerara el trabajo. Sugerí poner algún ayudante.


 --¿Y quién podría ser? --me preguntaron.


 --Mi hijo Patricio.


 Me alcanzaron un teléfono y me dijeron:


 --Llámelo.


 "Lo llamé a mi hijo y le dije que para viajar usara la línea aérea más económica, Aeroflot, que daba la vuelta por Moscú. No sabía que ellos se harían luego cargo del importe del pasaje. Después, como necesitábamos otro ayudante llamé a mi hijo Diego, quien estudiaba música y tuvo oportunidad de seguir estudios en Ginebra. Pablo se estaba doctorando en Biología y no quiso ir".


  * * *


 "Trabajábamos en un búnker de seguridad que ocupaba casi una manzana. Se abría desde el quinto piso de otro edificio ubicado a cien metros, para evitar robos. Al pasar de una sala a otra debía acompañarnos un guardia que conocía los códigos de las cerraduras electrónicas, porque se guardaban objetos de extraordinario valor, como una colección de estatuillas de jade. En otro sector, con tres microscopios electrónicos, estaban restaurando una obra de Goya.


 "Alquilé una casa de tres pisos, con un enorme patio, a la que llevábamos los moldes que hacíamos en el búnker, para los que empleamos media tonelada de siliconas.


 "Yo hablaba todos los días con la esposa de Ernst, que vivía en Nueva York. Como las obras, extraídas de la casa de Ernst, del siglo XVII, habían estado ubicadas sobre escaleras y otras bases, había que inventar los apoyos. La consultaba a ella y le mandaba un fax con el dibujo. Ella me respondía: 'Sí, Max lo hubiera hecho así' o 'Max, tal vez lo hubiera preferido un poco más curvo..."


 "Con una lupa cotejábamos posibles diferencias en un granito de arena. El facsímil de cada obra lo mandábamos a una fundición de París y a otra de Londres. Se sacaban ocho copias de bronce. Salieron perfectas. Cada obra se cotizó entre 800.000 y más de un millón de dólares. Ganaron muchísimo dinero.


 Además, Europa le ofreció a Martín la posibilidad de exponer junto a los grandes genios del siglo, entre ellos Picasso y Joan Miró.


 En 1995 regresó a Bahía Blanca para hacerse cargo de su taller en la calle Zeballos, donde estaba junto a su padre cuando sufrió el infarto que le provocó la muerte. Su madre prolongó su larga y lúcida edad hasta el 2002. También murió su hermana, María de los Angeles.


 En cuanto a la ciudad de Los Angeles, fue fundada por un andaluz: Felipe de Neve. Brillante militar nacido en Bailén (Jaén), escenario del heroísmo juvenil de San Martín durante la guerra contra la invasión francesa y comienzo del ocaso napoleónico.


  Los dos andalucitos que salieron de la peña de Arias Montano no sería raro que formaran parte de las 12 familias fundadoras que se instalaron en la misión del norte.


 Quizás ellos evocaron su tierra cuando, en 1782, la bautizaron con el nombre tan caro a sus afectos de Nuestra Señora Reina de los Angeles.


  Ruben Benitez
1988: Una calle de Alájar.
Peña de Arias Montano, santuario de la Virgen de Los Angeles.
Con su hermana María de los Angeles y los abuelos Pericles y María.
Sus padres, Rafael y Ana.
1979: en el taller de la calle Zeballos.
Con las obras de Ernst en la fundición de París.
Con Patricio --escalera-- y Diego en la casa de Max Ernst. En el recuadro, Pablo.
El abuelo Policarpo y la abuela María de los Angeles.