Bahía Blanca | Sabado, 02 de marzo

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Más allá de los tabúes: cómo es trabajar en un sexshop

La experiencia de dos vendedoras de un rubro que invita a explorar la curiosidad y a salirse de los prejuicios.

Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva.

“Todavía hay gente que piensa que como vendemos estos productos nos dedicamos a la prostitución; pero nada más alejado de eso. Yo trabajo como si fuera un quiosco o una librería”, dijo Ariadna Torres, dueña de uno de los pocos sexshops que hay en Bahía Blanca.

“En el grupo de WhatsApp hicieron escándalo: ‘Cómo vas a vender esto, es muy desubicado’… no tienen la mente tan abierta como otras personas”, aseguró Romina Reynoso, quien vende productos eróticos por catálogo en Sierra de la Ventana. 

Ambas coinciden en que su trabajo enfrenta resistencia debido a tabúes y prejuicios.

“Todavía es difícil que se animen a entrar a un local, por eso también nos manejamos con consultas privadas en WhatsApp, Instagram y Facebook, porque a veces da vergüenza. Por esa vía consultan bastante porque quita ese nervio inicial. Pero una vez que la persona se anima a entrar al local, ya está”, contó Ariadna a La Nueva.

En esa misma línea, Romina sostuvo que “es más discreto vender por catálogo y al privado que en un local de sexshop”, aunque para ella no es un problema acercarse. “Yo iría y compraría naturalmente, porque desde mi punto de vista no es algo que está mal. Pero hay gente que se cuida mucho, entonces te lo compra al privado. Acá en Sierra no tenemos sexshop”, dijo. 

Desde lubricantes y preservativos, pasando por lencería y disfraces, hasta juguetes sexuales de “todos los tamaños y colores”: es inmensa la variedad de vibradores, succionadores, plugs anales, masturbadores, dildos o bondage que pueden encontrarse en una tienda de productos eróticos. Los valores también son variados y pueden ir desde los $ 5.000 hasta más de $ 100.000.

"Ahora hay juguetes que suben, bajan, giran. Me parece lo más novedoso y un poco gracioso al verlo. Divinos y muy útiles", expresó Ariadna.

Aunque pueda resultar impactante inicialmente, según la vendedora, este sector "genera intriga y curiosidad", invitando al autoconocimiento y al disfrute compartido.

Ariadna Torres

La comerciante, que tiene un local en O’Higgins al 100 junto con su tío, contó que el lugar también funciona como "una especie de consultorio”, al que acuden vecinos de todas las edades para informarse sobre el vasto mundo de la sexualidad.

“Si bien asesoramos en el disfrute, el placer de las parejas y de las personas en solitario, también ayudamos en salud y género. Muchos clientes acuden a nosotros con problemas de erección o de eyaculación precoz y para eso tenemos muchos productos y consejos que los han ayudado. La gente logra abrirse y contar con confianza qué es lo que anda buscando, qué es lo que sucede y cómo podemos dar una mano en eso”, mencionó Ariadna.

La mujer recalcó que ni ella ni su socio Guillermo son profesionales de la salud y en ese sentido son cuidadosos a la hora de responder a determinadas consultas: “Si son temas más profundos, derivamos con un profesional”, aseguró.

Ariadna y su tío se llevan 10 años de diferencia. Ella es licenciada en Relaciones Internacionales y él visitador médico, y juntos compraron el sexshop en 2016. Los dueños anteriores se lo ofrecieron a Guillermo, quien había sido su empleado durante un año y medio.

En un primer momento, su clientela estaba compuesta mayormente por hombres de más de 35 años. “Hoy en día ha bajado el rango de edades porque van muchos chicos. Se ha amplificado un poco el abanico de edades y de género también”, describió la vendedora.

Por su lado, Romina vende ropa para adultos y para niños por catálogo, que difunde a través de un grupo de WhatsApp y una cuenta de Instagram. Hace seis meses incorporó productos eróticos a partir de que su proveedora los comenzó a ofrecer para la venta, pero no resultó bien recibido por toda su clientela de la comarca serrana. 

“Como sé que no hay ningún menor en el chat, yo ofrecí estos productos y dije que si alguien quería algún tipo de información, que se comunicara conmigo al privado. En el grupo hicieron escándalo: ‘Cómo vas a vender esto, es muy desubicado’… no tienen la mente tan abierta como otras personas”, opinó. 

Sin embargo, buena parte de sus clientes se interesó por la nueva propuesta. “Me escribieron por privado muchas mujeres grandes, de 35 años para arriba, muchas de más de 50. Mi público principal son mujeres, hombres tengo solamente dos, que son muchachos gays”, describió.

Lo mejor de dos mundos: el Tuppersex

Más allá de la venta por redes sociales, existe una estrategia comercial que combina lo privado con lo presencial: las reuniones de Tuppersex. 

Con la misma modalidad de la clásica venta de recipientes plásticos, se trata de encuentros que duran alrededor de dos horas en los que conocidos se reúnen para informarse sobre los productos y sus usos y, en caso de estar convencidos, comprarlos.

Ariadna ofrece este servicio en su sexshop y asegura que, hasta ahora, toda la demanda se compone por mujeres. 

“He hecho cumpleaños, despedidas de solteras, gente que se junta a tomar el té. Yo llevo mi valijita cargada de cosas y hago un planteo resumido de productos que pueden encontrar en el local, desde geles, perfumes con feromonas, juegos con la pareja, juguetes con y sin vibra, de todo un poquito”, contó. 

Esas reuniones privadas “se hacen muy amenas y se aprende mucho desde los dos lados, hay un feedback: ellas me cuentan sus cosas y yo aporto lo que puedo de mi experiencia de vida y del local”, aseguró. 

Lo cierto es que la oferta de productos eróticos es cada vez mayor. Ya sea de forma virtual para los más pudorosos, o presencial, a través de encuentros o de locales físicos, ha habido un avance en este rubro, pese a que aún existen algunos prejuicios. "Es cuestión de animarse", cerró Ariadna.