María Gainza: "Uso elementos de mi vida pero los distorsiono hasta que dejo de reconocerlos"

19/5/2021 | 18:37 |

La escritora y crítica de arte acaba de publicar Un imperio por otro.

Foto: Télam

   La escritora y crítica de arte María Gainza acaba de publicar Un imperio por otro, una suerte de poemario que —fiel a sus libros anteriores— escapa a cualquier posible clasificación para ofrecer un compendio fascinante de “textos encolumnados”, que escribió hace más de diez años y que, ahora que ven la luz, bien pueden pensarse como la precuela de su debut literario, El nervio óptico.

   Es que, tal como aclara en la introducción la autora, este conjunto de ¿poemas? fueron escritos hace diez años, debajo del arce que plantó en su jardín y “de ellos surgió más tarde un libro”, asegura sobre estas pequeñas historias breves pero potentes, reflexiones cargadas de imágenes que construyen retazos de la realidad, y que llevan títulos como "La noticia”, “Accidente doméstico” o "El nervio óptico".

   “Una vez que los escribí, los metí en un cajón y los olvidé por completo, y ese olvido me permitió seguir explorando el asunto. Yo creo que fue una suerte: puede que de haberlos tenido presentes, El nervio óptico jamás hubiera existido dado que de joven yo creía que una no debía repetirse. Ahora entendí que una siempre se repite y que es imposible escapar de esa celda”, dice Gainza.

   “Son como carteles luminosos en una ruta oscura —prosigue— que te anuncian lo que va a venir. El nervio óptico era el título de un poema, los epígrafes que aparecen en la novela son fragmentos de otros poemas. Y después están las obsesiones recurrentes: la enfermedad, las pinturas, la muerte, los caballos, las noticias, es decir, el diario como herencia familiar, los pájaros, incluso algunas cosas que sobrevuelan como ausencias, todo está anunciado ahí”.

   Alguna vez han definido a Gainza (Buenos Aires, 1975) como “una irrupción fulminante” en el campo cultural, como “una tromba”, porque si hay algo que ha hecho la autora desde siempre, con su estilo y estética únicos, es evadir las etiquetas: primero con sus crónicas de artes visuales para Página 12, parecidas a ninguna otra, y luego con su debut literario, publicado por el sello Mansalva en 2014 y reeditado por Anagrama en 2018, una "autoficción" que hilvana once relatos entrelazados sobre la vida personal de la narradora y la historia del arte.

   Resulta inevitable citar una de las frases que dispara Gainza —la narradora, en verdad— en su última novela publicada, La luz negra (2018), donde entrecruza otra vez el arte y lo personal: “He notado que una no escribe ni para recordar ni para olvidar, ni para encontrar alivio ni para curarse de una pena. Una escribe para auscultarse, para entender qué tiene adentro".

   Tal vez con ese prisma surgió Un imperio por otro, el más reciente trabajo de la ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2019, que colaboró en la revista Artforum, trabajó en la corresponsalía de The New York Times en Argentina y que publicó en 2011 Textos elegidos, una selec­ción de sus maravillosas notas y ensayos sobre arte argentino, reeditado y actualizado en 2020 como Una vida crítica.

   —¿Cómo llegaste al título "Un imperio por otro"?

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   —No tengo la menor idea de dónde salió, quizás se me apareció como una melodía con las letras "p" "r" y "o" repiqueteando, quizás me bajó en un sueño, quizás lo robé de una canción. Lo que sí sé es que estuve a punto de cambiarlo porque me parecía un poco pretencioso, temía que fuera un título con ínfulas y las ínfulas, que suenan a enfermedad contagiosa, es a lo que más le temo en el mundo. Antes de publicarlo me pasé dos meses barajando posibilidades. Todos los títulos que pensaba me sonaban falsos, impostados, ajenos, pero aún así, en el vértigo del cierre, me decidí por uno de ellos. Entonces, unos días antes de entrar a imprenta, me llamó mi editor y me dijo: "Dejemos el título original". Tenía razón, ese título había surgido orgánicamente junto a los poemas en un momento dado, bajo circunstancias específicas que yo ya no podía recrear. Decidí dejarlo, pero me ocupé de que la foto de tapa generara cierta disonancia, que pusiera entrecomillas su solemnidad.

   —¿Por qué querías escribir "algo encolumnado" como señalás en la introducción?

   —Puedo adivinar que la idea de lo encolumnado surgió del pudor. Debió ser un ardid, un juego que me inventé para engañarme a mi misma y evitarme el susto de reconocerme escribiendo poemas. Probablemente busqué ese molde para conservar en la madurez el espíritu de desparpajo de la infancia. Por lo general, cuando las cosas se ponen serias, hay algo que inmediatamente se seca dentro de mí. Cierta impunidad aniñada es mi forma ideal de acercarme a los materiales y calculo, imagino, que pensarlos como "textos encolumnados" y no como poemas, me aligeraba las tintas. Pero todo esto que digo ahora es un intento por adivinar la mente de la chica que fui, pasaron diez años y ya no soy esa persona.

   —Hay una precisión en la elección de cada palabra, diría, implacable. ¿Por cuánto tiempo amasás un texto hasta que sentís que está listo?

   —Puede sonar a paradoja pero no lo es: cuanto más evanescente y misteriosa la vida, más precisión para atraparla se necesita. Dejo de tocar un texto cuando me gana el cansancio o el aburrimiento. Podría reescribir durante años ya que que nunca lograré que la música que escucho en mi cabeza baje a la página sin interferencias. Pero también sé que no pasa tanto por ahí, podés trabajar un texto muchísimo y puede fallar o podés sofocarlo. A veces, es mejor que tenga errores pero que esté vivo.

   —La naturaleza está muy presente en estos textos. ¿Qué importancia tiene en tu cotidianeidad?

   —En mi juventud pasé unos años en Concord, Massachusetts, el pueblo norteamericano donde vivieron Emerson, Hawthorne y Louisa May Alcott, a pocos kilómetros del lago Walden, el sitio donde se refugió Thoreau para escribir su obra. Todos esos escritores están enterrados en el cementerio del pueblo que es el único cementerio al que volvería porque sus árboles en octubre parecen prenderse fuego. Esa zona de Nueva Inglaterra tiene uno de los mejores otoños del mundo, lo que los bostonianos llaman con ese nombre tan bíblico: The Fall. Creo que por esa época algo del espíritu trascendentalista sopló dentro de mí sin que yo me diera cuenta porque la naturaleza me resulta una cantera pródiga, donde a cada pensamiento pareciera corresponderle una imagen material. Cada vez que veo a las salvias curvarse con el viento, siento que esa reverencia es nueva y antigua a la vez. Todo es tan vasto y articulado ahí afuera que no puedo más que pensar, como decía Emerson, que los dados de la naturaleza están cargados.

   —¿Cuánto de vos tiene este personaje que narra en primera persona?

   —No lo sé porque nunca escribo y pienso a la vez. Lo que veo ahora repasando mi muy pequeña producción, es que siempre uso elementos de mi vida pero los distorsiono hasta el punto en el que dejo de reconocerlos como propios. Es como si me disfrazara y, con cada cambio de vestuario, de sombrero, anteojos y peluca, me mirara al espejo y me resultara irreconocible pero levemente familiar. Un poco como esa serie donde Cindy Sherman se fotografiaba interpretando distintos personajes y todo el tiempo era ella pero también todo el tiempo era otra. Mi mayor diversión al escribir es jugar con la voz, dar con la entonación adecuada. Tal vez nadie se dé cuenta, pero para mí cada uno de mis libros tiene un tono distinto. En El nervio óptico, la narradora es chispeante y performática, una persona inquieta, sociable, con una cabeza que parece un pinball y como resultado una voz neurótica. En La luz negra, la narradora es una solitaria, una cowgirl fuera de la ley en una película de Sergio Leone, conviviendo con sus muertos en un desierto de espejismos, de ahí una voz más dura y gastada. En cambio en Un imperio por otro, la narradora, aunque tiene hija y marido, está muy quieta y su observación es sobre todo interior, por lógica, esa debería ser la más cercana a mi, pero desconfío mucho de la lógica estos días. (Télam)

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