Pulseada política en medio de las nuevas amenazas del COVID

4/4/2021 | 07:00 |

La columna dominical de Eugenio Paillet, corresponsal de La Nueva. en Casa Rosada.

Por
Eugenio Paillet

    En el Gobierno no hay un sector interno en particular que se adjudique la estrategia, más allá de que lo que hubo a la luz fueron mensajeros con nombre y apellido: Cristina, Alberto Fernández, Sergio Massa y "Wado" De Pedro, por citar a los más elocuentes. Efectivamente, todos por igual revindican la decisión de buscar comprometer a la oposición para conseguir un acuerdo por afuera de los reglamentos con el FMI, o el consenso necesario que permita posponer las PASO de agosto y las elecciones parlamentarias de octubre. 

   También, un dato para nada menor, la repentina premura de la Casa Rosada para recrear la “fórmula AMBA”, que no es otra cosa que juntar de nuevo al Presidente, Rodríguez Larreta y Kicillof. Nación, Provincia y Ciudad, ante la necesidad de enfrentar en conjunto lo más grave de la pandemia que se prevé con su segunda ola omnipresente mucho más letal que la primera.

   “Todos estamos muy preocupados, todos tenemos miedo, y es natural que nos juntemos más allá de cualquier diferencia para tratar de salir juntos si esto viene tan duro como nos dicen los médicos que viene”, decía el jueves un funcionario que trabaja a diario al lado de Fernández.

   Hay dos datos, antes de abundar en aquellos entremeses de la política pura que dieron lugar a esos dos escenarios novedosos donde desde el oficialismo se apuran acuerdos más o menos “de Estado” con la oposición, que merecen ser rescatados. Por su relevancia y porque encierran la gravedad de la hora, respecto del preocupante aumento de contagios en todo el país.

   El viceministro de Salud de la provincia, Nicolás Kreplak, no es un recién llegado entre aquellos que permanentemente advierten sobre los riesgos ciudadanos de “tirar la toalla”. Se ha mostrado como un duro entre los duros en materia de pronósticos desde el inicio de la pandemia. Esta semana no se anduvo con vueltas frente a las presunciones de que habrá un endurecimiento de las restricciones en medio del combate contra el virus. 

   “Si hay que hacerlo, habrá que hacerlo, si hay que cerrar, cerramos”, dijo el miércoles en medio de un nuevo récord de casos en territorio provincial. 

   El otro mensajero es justamente Alberto. El Presidente, no sin una dosis de ironía, le pidió a la oposición que en vez de criticar lo ayude a conseguir vacunas porque la cosa viene complicada y en muchos países del mundo están atravesando las mismas carencias en materia de provisión de dosis. Y comparó las quejas de algunos líderes mundiales por la falta de vacunas y el aumento de casos con las que escucha de intendentes del conurbano.

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   Esos comentarios bordean un escenario que no reconocería grises, salvo alguna chicana, entre oficialismo y oposición: en la Casa Rosada, en La Plata y en el gobierno porteño reconocen por lo bajo que nadie estuvo nunca dispuesto a frenar cierta indulgencia durante el feriado largo de Semana Santa. En especial porque ya se ha dicho que el aspecto de la reactivación económica preocupa ahora del mismo modo que la curva ascendente de contagios y de fallecidos que arrojan los números a diario. Pero que los días que corren de aquí al próximo fin de semana pueden ser claves para definir un endurecimiento sustantivo, y no solamente formal, de las medidas de prevención. 

   “Hay infectólogos que nos dicen que lo peor está por venir porque las nuevas cepas son más letales, de manera que hay que ir preparando el mensaje”, dijo aquel mismo confidente en referencia a que, de a poco, el Presidente y los 24 gobernadores, de ser posible todos juntos,  deberán armar un discurso que perfore de algún modo el escepticismo social mezclado con hartazgo y carencias por la debacle económica que campea en todos los niveles sociales.

   La pavorosa cifra del aumento de la pobreza que dio a conocer esta semana el INDEC que llegó al 42 % y afecta a 19,5 millones de personas, compromete en un grado superior de responsabilidad al gobierno nacional, justo en medio de aquella presunción que se va generalizando respecto de que lo peor de la pandemia está por venir.  

   El Ejecutivo salió a justificar el aumento de cinco puntos y medio de la pobreza en el último año a través del ministro Daniel Arroyo, quien sostuvo que el precio de los alimentos en medio del largo encierro ciudadano que paralizó todos los sectores de la economía es la causa central por la que tres millones de argentinos se sumaron a la franja más castigada de la pirámide social entre nuevos pobres y quienes, peor, cayeron en la indigencia.

   Ese número que avergüenza se mezcló con las jugadas del oficialismo para comprometer a la oposición en dos objetivos concretos, que es reclamarle  mayores plazos al FMI para acordar el pago de la deuda que contrajo Macri, y suspender o postergar las PASO previstas para agosto y llevar las elecciones de octubre a noviembre.

   La oposición recibió ambas propuestas con escepticismo. Tanto aquel pedido guardando los modos de Cristina para que ayuden al gobierno a “pedirle una ayudita” al Fondo, como el más reciente en el que en medio de maniobras no del todo claras se buscó un presunto acuerdo para postergar el cronograma electoral. 

   El Gobierno, hay que decirlo, hizo su apuesta y la oposición fue la que apareció desmembrada frente a la novedad, más bajo suposición de que la Casa Rosada busca “tendernos una trampa”, como dijo Patricia Bullrich, que a un sincero deseo de acomodarse también en los tiempos electorales a la realidad que marca la pandemia.

    Si la oferta oficial tiene tufillo electoralista, a la espera de que el paso de los meses mejore la situación económica y el humor social post segunda ola, es una sospecha de Juntos por el Cambio que pondría ahora más lejos que cerca cualquier acuerdo.

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