Bahía Blanca | Domingo, 14 de agosto

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Sonreír ayuda a reducir el dolor de una inyección, según un reciente estudio

Será cuestión de hacerlo y dejar atrás el miedo cuando nos enfrentemos a esa situación. Sobre todo ante la posibilidad de recibir la vacuna contra el Covid-19.

Los grupos de muecas y las sonrisas de Duchenne informaron un 40% menos de dolor con la aguja en comparación con el grupo neutral.

   En estos días en que el país lleva adelante la campaña de vacunación nacional con el objetivo de inmunizar contra el Covid-19, nos vendría bien una sonrisa. 

   No solo para agradecer al personal sanitario que está en la primera línea de combate contra el virus, sino, más precisamente, para atravesar el momento del pinchazo a la hora de recibir la vacuna. Sucede que, como muestra un reciente estudio, sonreír durante el momento en que nos pinchan reduce significativamente la sensación de dolor.

   Sin embargo, los mismos resultados se obtienen con la “cara de susto” que ponemos cuando vemos venir a la enfermera o enfermero con la jeringa en la mano: cerramos los ojos, levantamos las mejillas y apretamos los dientes. 

   El mismo estudio en cuestión, cuyas conclusiones acaba de publicar la revista especializada “Emoticón”, sugiere que esbozar esta mueca premonitoria del dolor también tienen el efecto de reducir el dolor. ¿Cómo puede ser que son gestos con significados tan distintos tengan el mismo efecto?

   La llamada “grimace response” (respuesta con mueca) está presente en muchos animales ante situaciones de temor, y según la profesora Sarah Presuman, investigadora de la Universidad de California (Estados Unidas) y principal autora del estudio, “los cambios en la musculatura facial (implicados) también pueden tener una interpretación diferente: sonreír”. Con eso en mente, llevó adelante un estudio que muestra que, aunque muchos tendemos a poner cara de susto ante una inyección por venir, si sonreímos también aliviamos el dolor.

   Pero antes de analizar la investigación, vale la pena mencionar que, si bien a nadie le gusta recibir una inyección, hay personas que padecen una fobia a las inyecciones llamada tripanofobia, y está bueno llegar al diagnóstico para tratarla. “Según reportes actuales de profesionales de la salud norteamericanos, alrededor del 10 % de la población experimenta desmayo ante la perspectiva de ser inyectado y hasta el 23 % de la población puede sufrir de tripanofobia, cuyos síntomas son: sensación de ansiedad, angustia y/o confusión; desmayo; mareos, náuseas, aceleración de ritmo cardíaco; ataques de pánico”, precisa la licenciada Marina Rovner, especialista en trastornos de ansiedad, fobias y pánico, que recomienda consultar ante estos síntomas.

   Durante muchos años, los científicos que han estudiado el impacto de las expresiones faciales sobre la percepción del dolor y el estado de ánimo han acuñado la llamada “hipótesis de la retroalimentación facial”, que sostiene que la activación de los músculos faciales puede mejorar o reducir las experiencias emocionales. Es más, se ha llegado a postular que los efectos sobre la emoción pueden ocurrir incluso si los investigadores manipulan los músculos faciales de un participante en una expresión.

   “Fingir una sonrisa, ya sea consciente o no, puede alterar las emociones de manera positiva”, resume la profesora Pressman que, para investigar los vínculos entre la expresión facial y la sensación de dolor, reclutó a 231 voluntarios que debían recibir una inyección de solución salina con una aguja similar a las que se usan para administrar la vacuna contra la influenza. 

   Antes, los investigadores dividieron a los participantes en cuatro grupos, cuyos rostros manipularon con palillos en la boca para reproducir 4 expresiones faciales distintas: una sonrisa de Duchenne (una sonrisa sincera, donde las comisuras de la boca se elevan y aparecen arrugas alrededor de los ojos); una sonrisa que no es de Duchenne; una mueca de susto y una expresión neutra.

   Antes de la inyección, los voluntarios completaron un cuestionario que preguntaba qué tan ansiosos estaban frente al pinchazo. Mientras los participantes mantenían sus expresiones faciales, un médico les administró la inyección de solución salina; luego debieron completar un cuestionario con escalas de dolor. Después de 6 minutos de descanso, los participantes volvieron a informar sobre sus niveles de dolor. Antes, durante y después de la inyección, se les realizaron electrocardiogramas, así como también se midieron los cambios en la resistencia eléctrica de la piel de los participantes (actividad electrodérmica), que es considerada una medida de excitación psicológica o fisiológica.