El peso de la historia

¿Por qué el campo tiene todas las fichas para poder sacar al país adelante?

9/8/2020 | 06:30 |

Las miradas están puestas en la campaña 2020/2021. “Tal como sucediera en la salida de la crisis 2001/2002, es el sector clave para el eventual y anhelado proceso de recuperación económica”, dice Juan Manuel Garzón, de la IERAL.

Producción ganadera en el norte del sudoeste bonaerense. / Fotos: Pablo Presti-La Nueva. y Archivo La Nueva.

Guillermo D. Rueda / grueda@lanueva.com

   “Por su menor dependencia a las condiciones de la demanda interna y la naturaleza de los productos que ofrece a los mercados, el agro siempre ha tenido un rol importante en los procesos de recuperación”.

   Así lo entiende el economista Juan Manuel Garzón, del Instituto de Estudios de la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL), de la Fundación Mediterránea, que coordina Jorge Vasconcelos.

   “En la actual crisis, y pensando en la salida, la relevancia de tener un ciclo agrícola 2020/2021 exitoso se acrecienta. Los factores claves son el clima, los precios internacionales y las condiciones generales que ofrece la macroeconomía y la política económica a los productores de bienes y servicios agropecuarios”, dice.

   Respecto del clima, Garzón cita a la ausencia de lluvias; al fenómeno ENSO (patrón climático para precisar lluvias) y a la probabilidad de una Niña neutral como razones de preocupación y que deberá monitorearse en los venideros meses.

Juan Manuel Garzón, del IERAL.

   En este contexto no soslaya a los precios internacionales.

   “Si bien resisten en la crisis global y se han verificado algunos aumentos, sigue habiendo riesgos de reversión y claramente no habría que esperar un ciclo de alza de la magnitud como la que observó en 2002/2003: +70 % de suba de la soja, de punta a punta”, añade.

   “Asimismo, habrá que seguir con atención la situación cambiaria, la política tributaria y las acciones que se llevan adelante para contener la inflación”, indica.

   Respecto de los precios relativos internos de los granos, el licenciado Garzón comentó que no están en niveles muy bajos, pero que tampoco disponen de margen como para absorber atrasos cambiarios y/o mayores impuestos, “al menos si se pretende que la próxima siembra de granos gruesos, que debe definirse en el último cuatrimestre de este año, sea lo suficientemente potente como para ilusionarse con una buena cosecha en 2021”.

El presente y el contexto

   Entre noviembre de 2017 y mayo de este año (31 meses), la economía argentina se contrajo un 25,8 %, según la medición que el Indec realiza a partir del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE).

   “No hay registros, al menos relativamente contemporáneos, de una depresión de esta magnitud; ni siquiera en la gran crisis previa, todavía fresca en la memoria colectiva, de los años 2001/2002”, recuerda Garzón.

   “En esta última depresión, y considerando un período también de 31 meses, desde diciembre de 1999 a junio de 2002, cuando la economía ya iniciaba su recuperación, la contracción fue del 17,2 %”, amplía.

   En el plano sectorial, y comparando el nivel de actividad de este año con el de 2017 (primeros 5 meses), los sectores que aparecen más afectados por la crisis económica son construcción, hotelería y restorans, actividades de servicios varias, la industria y la actividad comercial.

“El futuro se circunscribe a dos factores exógenos, que son determinantes para el sector: el clima y los precios internacionales”, indica Garzón. 

   “Estas actividades económicas han operado este año entre un 20 % y un 40 % por debajo del nivel que mostraban hace tres años. La actividad agropecuaria, por su parte, es una de las que mejor posicionada se encuentra: sólo presenta un ajuste del 6 % en este período”, explica.

   Ahora, la pregunta es: ¿contribuirá el ciclo agrícola 2020/2021 a emerger de la crisis?

   Garzón reafirma que, en las salidas de las crisis económicas importantes el agro siempre ha tenido una participación relevante, particularmente en aquellas regiones del país donde la actividad es más fuerte.

   “De acuerdo a Cuentas Nacionales, el agro genera en forma directa el 8 % de la riqueza nueva que se produce cada año, pero este porcentaje se duplica, y más, en las provincias pampeanas y, además, se expande si en la medición se incluyen todos los efectos económicos indirectos que deben atribuirse al sector, como ventas de maquinaria, de combustibles, de servicios de transporte, de productos químicos y demás”, detalla.

   “Si bien se trata de un sector heterogéneo, con muchos matices, y donde los productos se distribuyen entre el mercado interno y externo con diferente intensidad”, aclara.

   “Por caso, la soja no sigue el mismo camino que el tomate. Es un hecho de que se encuentra, en términos relativos, más aislado de los vaivenes de la demanda interna que las restantes actividades productivas, atributo que le permite no sólo sostenerse cuando ésta se contrae, por los motivos que fuesen, desde crisis de confianza, restricción de crédito, inflación o pérdida de poder de compra de los salarios, sino también por aprovechar mejor las oportunidades de consumo y de inversión que suelen aparecer en medio de procesos traumáticos”, asegura.

   El economista de la IERAL recuerda que el ciclo agrícola en curso es 2020/21; que la siembra del trigo y otros cultivos de invierno está lanzada y que la producción dependerá de la evolución del clima y de la tecnología que se aplique en el cuidado y desarrollo de los cultivos en sus distintas etapas.

“Los precios relativos internos son, finalmente, los que terminan definiendo la decisión de los productores”, sostiene Garzón.

   También que en un par de meses empieza la siembra de los cultivos de verano, los que se cosecharán entre marzo y junio de 2021, y que serán determinantes para consolidar un posible proceso de recuperación económica en el próximo año.

   En cuanto al futuro, bien podría circunscribirse a dos factores, de tipo exógenos, que son determinantes para el agro: el clima y los precios internacionales.

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   “Aparecen luego los factores domésticos, aquellos que definen los precios relativos internos, como tipo de cambio, impuestos y regulaciones específicas y el ambiente de negocios en general, como la estabilidad de precios, oferta de créditos y legislación laboral, entre otros”, describe.

Los precios internacionales

   “Los precios internacionales de las commodities contribuyeron en la salida de la crisis económica 1999/2002 y, vale decir, también fueron determinantes en el ingreso a este ciclo tan negativo”, cuenta Garzón.

   “Entre enero y diciembre de 2002, la soja subió un 30 % en el Golfo de Méjico, principal mercado de referencia en ese entonces, traccionada básicamente por una gran suba del aceite de soja: +50 %, precio FOB en Argentina”, explica.

   También que la cotización de la harina de soja (referencia de Hamburgo) se mantuvo relativamente estable, mientras que las del maíz y el trigo crecieron en 16 % y 13 %, respectivamente.

   “En 2003 la soja volvió a subir fuerte (33 %); la harina, que venía más rezagada, se puso a tono con el 47 % y también volvieron a subir el aceite de soja, el maíz y el trigo: 15 %, 4 % y 25 %, respectivamente. Es decir, entre enero de 2002 y diciembre de 2003, la soja y el aceite de soja aumentaron un 70 %; la harina de soja y el trigo un 40 % y el maíz un 20 %.

   Garzón sostiene que, en el contexto económico global actual, de caída de ingresos generalizada, incertidumbre, desaceleración del comercio y guerra fría entre los dos países que disputan el liderazgo mundial, por los Estados Unidos y China, parece difícil volver a contar con una ayuda para poder salir de la crisis, tal como la que se observó en 2002/2003 en materia de suba de precios internacionales de commodities, en particular por la magnitud que tuvo el reacomodamiento de los precios en ese entonces.

   “Si bien China sigue demandante de commodities y está siendo clave para sostener los precios, su economía ya no crece como antes. Y, otros factores muy potentes para traccionar la demanda global que operaron en el pasado, como lo fueron los biocombustibles, no se visualizan en el horizonte del mercado”, admite.

   “Si se repara en la dinámica de precios internacionales de los últimos 18 meses, desde enero 2019 a junio 2020, se encuentra una volatilidad importante, pero con una media relativamente estable; es decir, los precios suben y bajan, pero en torno a un valor si se quiere fijo, que parece equilibrar las fuerzas del mercado”, aclara.

   Señala que, por ejemplo, en el caso de la soja, ese precio está en el orden de los US$ 350 por tonelada. Para tener perspectiva, repetir un fenómeno de suba como el de 2002/2003 exigiría que los valores de la oleaginosa trepasen por encima de los US$ 550, una cifra que, hoy, luce inalcanzable, salvo que se produzca un gran problema productivo (léase sequía) en alguno de los tres líderes del mercado, por Argentina, Brasil o los Estados Unidos.

   “Así, el escenario base de precios externos que enfrentará la próxima campaña de granos gruesos (2020/21) debería construirse tomando como referencia valores medios de los últimos dos o tres años que, si bien no son precios bajos, tampoco lo suficientemente altos como para absorber los elevados costos impositivos que se enfrentan en Argentina”, dice.

   “Y, en paralelo, garantizar una relación rentabilidad/riesgo lo suficientemente atractiva, sobretodo en algunas zonas agrícolas del país, como para traccionar un flujo importante de inversiones y de apuestas de capital”, asevera.

Los precios relativos internos

   El licenciado Garzón asegura que los precios relativos internos son, finalmente, los que terminan definiendo la decisión de los productores, y como se sabe, dependen de la evolución de las aquellas cotizaciones internacionales; las políticas cambiarias y tributarias locales y la dinámica que muestren los restantes precios de la economía, como insumos transables, maquinarias y servicios no transables.

   “Si se repara en el poder de intercambio de la soja, como principal cultivo, en términos de una canasta de bienes y servicios de consumo, en lo que va de estos siete meses del año se mantiene en un nivel muy parecido al de los dos años previos (2018 y 2019); levemente por debajo de la media de los últimos 22 años”, relata.

   “De todos modos, lo más importante, quizás, es que se trata de un 30 % por debajo del poder de fuego que llegó a tener en el período 2002/2004, y que fuera tan importante en aquel entonces para estimular las decisiones de inversión en activos vinculados a la propia actividad agrícola. Y para traccionar y acelerar la salida de la crisis de otros sectores económicos, tales como construcción y consumo de bienes durables", cuenta.

   “Esto es, los precios relativos internos del principal producto agrícola argentino se mantienen en los niveles de los años previos, que no son bajos en relación a, por caso, los valores que se observaban a fines de la Convertibilidad o en algunos años recientes (2015 o 2017), pero que distan ser tan elevados y atractivos como lo fueran allá en la salida de la gran crisis económica 2001/2002”, asegura.

   “En aquel entonces, y a diferencia del contexto actual, el tipo de cambio real se encontraba en niveles bastante superiores y los derechos de exportación, si bien ya eran altos, se aplicaban con tasas menores a las actuales: 33 % hoy vs. 23,5 % en esos años”, explica Garzón.

La carga de los perfiles

   Teniendo una incidencia clave en las cosechas finales del ciclo agrícola 2020/2021, las alarmas que se han encendido por el clima no son menores.

   En algunas regiones, como en Córdoba o Santa Fe, el otoño y lo que va del invierno están siendo particularmente secos.

   En esos sitios, el agua disponible —según la IERAL, en base a datos del INTA y de la FAUBA— en los perfiles se ha reducido en forma considerable y contrasta, por caso, con la situación que prevalecía a julio del año pasado. En mejor condición se encuentran el centro y sur de Buenos Aires, que se considera un dato no menor por tratarse de la principal zona triguera del país.

   “Si se tiene en cuenta que el área sembrada de trigo (y los restantes cultivos) probablemente sea igual, o menor, a la del año pasado y que las condiciones climáticas no están siendo las ideales, el escenario base, o más probable, es de una producción estabilizada, o menor, a la del último ciclo. Por las necesidades de la economía argentina, esta no es una buena noticia”, calcula.

   “En lo que respecta a los cultivos de verano —maíz, soja, sorgo y otros—, un buen punto de partida requerirá de una regularización de las lluvias en los próximos meses, por la recarga de los perfiles y, luego, por condiciones favorables en los meses de verano”, cuenta.

   Una variable que se está monitoreando es el género que adoptará el fenómeno ENSO (El Niño Southern Oscillation), que el INTA define como un patrón climático recurrente que implica cambios en la temperatura de las aguas en la parte central y oriental del Pacífico tropical, que puede asumir tres fases diferentes: Niño, Neutral y Niña.

“El punto importante para recordar aquí es que, cuando el ENSO converge a una fase Niña, suele haber menor frecuencia de lluvias en las principales zonas agrícolas del país”, explica Garzón.

   “Actualmente, los modelos que proyectan la situación que puede prevalecer en los próximos meses de primavera y de verano no son concluyentes. Y se encuentran en un rango que va desde una fase neutral hasta una Niña débil que, de ser el caso, no sería positivo”, asegura Garzón.

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