La Nueva Vivencia

Leé "Algún día", uno de los cuentos destacados en el concurso literario

26/1/2020 | 06:30 |

El cuento escrito por María Gabriela García fue seleccionado por el jurado como uno de los finalistas en el concurso literario.

Graciela Magdalena Lazdín

   Ramón tenía dieciséis años y nunca había salido del pueblo. Trabajaba en la estancia de Don Aparicio, y al atardecer se iba un rato a la pulpería a escuchar los relatos de paisanos y viajeros. Fue así como le hablaron de una gran ciudad junto al mar llamada Bahía Blanca, donde había bellas mujeres con labios color carmín y una bulliciosa estación de trenes. Sí que era una hermosa ciudad, con inmensos edificios adornados como palacios, cines y bares, y cuantas diversiones uno podría imaginarse. Ramón estaba fascinado con esos relatos, a veces no dormía pensando en esa ciudad, y decidió que debía marcharse a buscar trabajo allí. Tal vez, conseguiría trabajar en el puerto o en el ferrocarril. 

   Pasaron dos años y el muchacho logró comprar un caballo; un alazán joven de segunda mano y una silla de montar. Cuidaba su caballo más que cualquier otra cosa y mientras lo cepillaba solía hablarle -Algún día vos y yo nos iremos a la gran ciudad-. Solía repetirle como si el animal pudiera entenderlo. 

   Un día discutió con el patrón y se fue a su casa ofuscado y excitado. Decidió que era el momento de irse para siempre. Preparó un atado con sus pocas pertenencias y carne asada con unas tortas recién cocidas. Le dijo a su madre: -Me voy a la ciudad a buscar trabajo. Algún día vendré a verla, mama, deme su bendición-. Su madre, con lágrimas en los ojos, le hizo la señal de la cruz y le besó la frente -Cuídese m'hijo- le dijo el padre mientras lo abrazaba. 

   Al clarear el día, cargó agua en su caramañola y su atado sobre su caballo, llevando en la cintura unos pesos que tenía guardados y partió sin mirar atrás. Silbando fuerte se dirigió hacia el levante. Se sentía eufórico. 

   Cerca del mediodía notó que los pastos comenzaban a ralear y desmontó para que el animal pudiera pastar mientras él comía; el sol picaba fuerte y se acomodó el sombrero sobre la frente mientras descansaba un rato. 

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   Continuó el viaje toda la tarde atravesando campos polvorientos donde no se veía ni un árbol donde recostarse, así que pasó la noche tirado bajo las estrellas. 

   Al día siguiente siguió cabalgando bajo un sol implacable por esos campos desolados donde sólo se veían pastos resecos y esqueletos de animales, muertos seguramente de hambre y sed por la sequía. 

   Le dio un poco de agua de su caramañola al alazán, y al atardecer se sentía exhausto, le ardía la frente y ni siquiera un rancho aparecía por los alrededores. 

   Al clarear el tercer día amaneció débil y abrasado por la fiebre. Al mediodía, desesperado, bebió hasta la última gota del agua que le quedaba, pero acuciado por el afán de llegar, continuó cabalgando a paso lento y con dificultad - Ya falta poco- Se decía, hasta que entró en un sopor y comenzó a delirar. Ya sin fuerzas, se recostó sobre el lomo del caballo y se aferró a su cuello. 

   Comenzaba a anochecer cuando sobre el horizonte aparecían las luces de la ciudad, pero Ramón no alcanzó a distinguirlas. 

   Por la mañana, dos viajeros en sulky que venían de Bahía Blanca, vieron al costado del camino un alazán pastando solo, ensillado y con las riendas sueltas. Cerca de allí, una bandada de chimangos revoloteaba en círculos olfateando una presa. 

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