El jurado de Cuentos: Leandro Kreitz

8/9/2019 | 07:00 |

Nació en 1985 y vive en Bahía Blanca.

   Leandro Kreitz es uno de los representantes que estará en el jurado del concurso literario Cuentos que organiza La Nueva.

   Nacido en 1985, es un escritor y artista plástico que vive en Bahía Blanca.

   Cursó sus estudios en la Escuela de Artes Visuales de nuestra ciudad y en el Instituto Superior de Letras Eduardo Mallea de Buenos Aires.

   Desde el año 2005 fue distinguido con participaciones en antología a nivel nacional e internacional. Ha publicado las novelas Invernadero (2014), Devastador (2015) y Correspondencias (2016). 

Castillo de Naipes

   El tipo de la tele había asegurado que la temperatura máxima de aquel día no superaría los 23° C en el centro. Rodeado por la multitud aglomerada para la fiesta, la sensación térmica era propia de un horno de barro. Yo no tenía la intención de asistir a la fiesta de la primavera de este año (había abandonado esa tradición hacía una década), pero Margarita me arrastró a ella. Me lo sugirió por primera vez a mediados de mayo; desde entonces, se encargó de minar mis defensas como saben hacerlo las mujeres jóvenes. Accedí, porque no quería que me viera como lo que realmente era, un tipo demasiado viejo para ella.

   Mientras avanzábamos entre la multitud, percibí un hedor rancio, peor que el de la transpiración y el hacinamiento de la plaza. Se tornó insoportable cuando llegamos a un punto que yo recordaba muy bien de mi última fiesta. Cuando dirigí un vistazo furtivo hacia ese lugar, que no tenía ninguna seña particular, los vi. Mi ex mujer y su amante. Todavía conservaba una foto de ellos parados en ese mismo lugar, diez años atrás. Iban vestidos con las mismas ropas.

   Margarita me había arrastrado a la fiesta a base de súplicas. Yo la arrastraba fuera de ella, literalmente. Dos o tres veces me arriesgué a atisbar sobre mi hombro, pero no percibí que me siguieran. Solo distinguí el rostro confuso de Margarita y miradas de reproche de todos aquellos a los que estaba empujando. Tuve que llegar hasta una calle transversal para encontrar un hueco donde detenerme a recobrar el aliento.

   —¿Qué te pasa? —preguntó. En su rostro se leía una mezcla de preocupación e incertidumbre, pero no estaba enojada. Eso era una suerte.

   Sacudí la cabeza, tratando de ocultar el pánico que sentía. Temía que, si trataba de decir algo, no me saliera la voz. Debía estar pálido y con los ojos desencajados, porque Margarita me preguntó si me sentía bien.

   No me sentía bien. Me sentía pésimo.

   —Necesito aire —dije—. Mucha gente. ¿Por qué no damos una vuelta hasta que empiecen los recitales?

   Caminamos alrededor del parque. Unos acordes desgarrados flotaban en el aire de la tarde como globos arrastrados por el viento. Éramos los únicos que transitábamos en sentido opuesto al jolgorio. Al girar en la esquina, Margarita volvió a arrastrarme, esta vez hacia la fachada de una tienda. Estaba medio escondida entre dos casas antiguas. El cartel, apenas perceptible por la corrosión del tiempo, identificaba el lugar como Castillo de Naipes. Un descolorido As de Picas flotaba sobre un fondo verde como el paño de una mesa de póker.

   —¡Vamos! —Margarita se volvió al notar que me quedaba de piedra junto al cordón de la vereda—. Me siento afortunada.

   Tuvo que volver hasta donde yo estaba parado y sujetarme de la muñeca. Pude leer en su mirada que si no entraba con ella, tampoco me molestara en esperarla fuera. Me dejé arrastrar hacia la penumbra del interior. Quería decirle que aquella carta era una mala señal; no por nada algunos la llamaban “la carta de la muerte”. Además, ¿qué clase de lugar era ese? Había cientos de puestos mejores alrededor del parque. Podríamos poner nuestros rostros en un photocall de Los Simpson y conservar un bonito recuerdo de aquella tarde. A Margarita le gustaban las garrapiñadas, y su aroma dulce colmaba la calle.

   Margarita abrió la puerta. Una campana tintineó sobre nuestras cabezas, y eso pareció excitarla por alguna razón que no comprendí. No dejaba de apremiarme para que me diera prisa.

   El interior estaba fresco y oscuro como una cueva. Parpadee varias veces para acostumbrarme a la penumbra del lugar. Parecía una sala de espera y no tenía ventanas. Junto a la puerta había un perchero. Un enorme y viejo sofá de paño gastado que comenzaba a desgarrarse en algunos lugares ocupaba una de las paredes laterales. Un enorme afiche que mostraba una serie de deslucidas imágenes similares a cartas que representaban los signos del zodíaco dominaba la pared opuesta. El papel dentro del marco lucía arrugado tras el cristal. Una mujer surgió del fondo para darnos la bienvenida. Me dio la impresión de que acababa de atravesar el muro.

   —Buenas tardes, jóvenes —saludó, estrechando la mano de Margarita. Cuando reparó en que quien la acompañaba le doblaba la edad, agregó—: Caballero. Sean bienvenidos al Castillo de Naipes.

   Margarita no se limitó a estrechar la mano de la mujer, la sacudió como si quisiera arrancársela. Desbordaba ansiedad. Su aspecto me recordó a un experimento que había visto en la tele, donde un grupo de científicos (o algo por el estilo) quería hacer volar por los aires una garrafa haciendo un agujero en la base y sometiéndola al fuego directo: parecía a punto de explotar. Mi reacción fue menos efusiva: tuve que forzar una sonrisa que me dejó un gusto a falso en los labios.

   —¿Cómo es esto? —preguntó Margarita—. ¡Por favor, no me diga que hay que sacar turno!

   Intenté transmitirle a la mujer que quería que le dijera exactamente eso, pero ella no captó el mensaje. Si lo hizo, lo pasó por alto, porque la escuché decir:

   —Para nada, querida. —Tenía una voz suave y aguda, que me recordó a las brujas de las caricaturas—. Pasen por acá.

   Nos guió hacia el fondo, donde una cortina de abalorios se confundía con el color borgoña de las paredes. El consultorio (supongo que eso era), constaba de un modesto escritorio de madera oscura y cuatro sillas que lo rodeaban. La parte superior estaba cubierta por un paño negro, gastado por años de sesiones. Las paredes laterales estaban revestidas de libros, y la del fondo tenía una puerta de madera junto a una ventana. Débiles columnas de luz se filtraban por las hendijas de la persiana. Al parecer, a la mujer le encantaba la oscuridad. Y la temperatura se mantenía considerablemente baja, aunque no había ningún aparato de aire acondicionado.

   Margarita se sentó frente a la bruja (estoy seguro de que lo era), y tiró de mi muñeca. Me despatarré en la silla, entre las dos mujeres.

   —¿Qué le gustaría saber, señorita? —La bruja sacó un mazo de cartas de un pequeño cajón. Las mezcló sobre el escritorio con la pericia de un prestidigitador—. Como veo que está muy bien acompañada, supongo que no estará relacionado con el amor…

   En la pausa que hizo había algo de malevolencia. Me dedicó un guiño cínico, frunciendo la nariz. Le mostré los dientes; podía jactarme de cumplir con mi cometido entre las sábanas, en el baño y, a veces, en la cocina.

   Margarita negaba enérgicamente con la cabeza, ajena a la batalla visual que librábamos nosotros.

   —¡Algo interesante! —dijo, apoyando las manos sobre el paño para inclinarse hacia la mujer—. Dígame cuántos años voy a vivir. —De inmediato se tapó la boca, ruborizada. Lanzó una carcajada, echando la cabeza hacia atrás—. ¡Qué miedo! ¿Se puede…? Digo, ¿se podría cambiar el futuro? En caso de que no me guste…

   La bruja sonrió. No era la primera vez que se lo preguntaban.

   —Y todo por una modesta suma, ¿no te parece una maravilla, querida? Margarita volvió a reír.

   Por alguna razón, la pregunta de Margarita me incomodó. Apretaba los puños, arrugando la pernera de mis pantalones. Aunque la temperatura parecía seguir disminuyendo, tenía las palmas cubiertas de sudor, y la tela lucía unas manchas oscuras.

   La bruja dejó el mazo en el centro del escritorio. Margarita tomó un montón con la mano derecha y lo separó hacia su izquierda. Siempre decía que ese movimiento era una cábala. Yo no me sentía afortunado.

   Con la misma destreza con que había mezclado, la bruja dispuso una serie de cartas sobre el paño negro. Cuando las volvió, sus frentes estaban en blanco.

   Margarita la miró, todavía expectante, como si creyera que aquello era parte del truco. La bruja contemplaba las cartas con un semblante ceniciento. Sus labios, torcidos en un rictus, temblaban en las comisuras. Con las manos aferradas al borde de la mesa, parecía una estatua de cera.

   —¿Qué clase de broma es esta? —murmuré entre dientes. Todas las cartas del mazo estaban en blanco—. ¡Margarita, esta mujer te está tomando el pelo!

   No, intentó murmurar la bruja. De su boca solo brotó un gemido ahogado. Metió la mano en el cajón del que había sacado el primer mazo de cartas. Cuando volvió a ponerla sobre la mesa, tenía una baraja nueva envuelta en papel celofán. Se la arrebaté de las manos, evitando tocar sus dedos huesudos. Retiré el precinto y las desparramé sobre el paño negro.

   Todas estaban en blanco.

   —¿Qué significa…? —preguntó Margarita con un hilo de voz, convencida de que el burdo acto de la bruja tenía algún sentido. Para mí no era más que una broma ingenua de carnaval.

   —Significa que nos vamos. —Me puse de pie, apoyado en el hombro de Margarita. La bruja seguía mirando fijamente el mazo de cartas nuevas, falladas o preparadas, me daba igual. No pude resistir el impulso de darles un manotazo. El abanico de naipes flotó y se estrelló contra el pecho de la bruja como una bandada de golondrinas ciegas.

   La bruja reaccionó ante la injuria. Levantó la cabeza. Su mirada restallaba como un látigo. Con un movimiento furtivo, me aferró la mano que había golpeado el mazo como un percutor.

   Una descarga eléctrica me paralizó el brazo hasta la altura del pecho. Incluso escuché el chasquido que produjeron nuestras pieles al acoplarse, como dos polos. Pensé que me iba a dar un infarto. Como si fuera la coronación del truco de magia, las cartas que estaban en blanco hasta ese momento mostraron sus caras impresas, pero no me daría cuenta de ello hasta unos momentos más tarde.

   Cuando la bruja aprisionó mi mano sobre el paño, pude ver lo que ella ya había percibido.

   Diez años atrás, cuando todavía trabajaba para el más importante de los diarios locales, por primera vez me había tocado la fortuna de ser el corresponsal oficial de la fiesta de la primavera. Me encontraba cubriendo el evento desde el paseo del arroyo Napostá, junto al Vivero Palihue. Mientras aguardaba que el presentador saliera para dar inicio a la serie de recitales, me asomé para tomar algunas fotografías del paseo colmado.

   Aquella noche, cuando buscaba una imagen que destacara para publicarla en la primera edición de la mañana, descubrí algo que me dejó pasmado. Sin querer, había captado a mi mujer y a un tipo al que no conocía, pero que estaba seguro de haber visto alguna vez, apretados entre la multitud. Y era evidente que su proximidad no tenía nada que ver con la de los desconocidos en medio de la fiesta. Podría decirse que estaban uno encima del otro.

   Mientras trataba de pensar cómo era prudente reaccionar, me puse en contacto con uno de mis compañeros, que además era mi mejor amigo, y le pedí un favor: necesitaba que me cubriera durante el día siguiente, para que pareciera que yo había estado trabajando durante la fiesta. Mi mujer y su amante contaban con eso. Le mostré la imagen que había descubierto y él comprendió que quería asegurarme. Luego de darme su pésame, me aseguró que no tenía nada por qué preocuparme. Le creí, porque era casi tan bueno como yo redactando, y un fenómeno tomando fotos. El año anterior, la exclusividad había sido suya, y su trabajo fue increíble. Se rumoreaba que estaban a punto de darle el puesto de Jefe de Redacción.

   A la mañana siguiente, salí de mi casa y estacioné a la vuelta de la esquina. Poco después el tipo entró en el edificio. Solo lo había visto una vez, y no era extraño que no lo reconociera al principio. Hacía poco más de un año que mi mujer asistía a un taller de artes, y el amante resultó ser su profesor. Lo medí a la distancia y consideré que no me costaría demasiado encargarme de él. Ya vería después qué hacer con mi esposa.

   Al tipo le abrí la garganta con un cuchillo que agarré de paso en la cocina. Todavía hoy puedo sentir el hedor de la sangre y la mierda que se desparramaron sobre el colchón. Hubiera querido que mi mujer aguantara un poco más, pero empezó a chillar, histérica. Fue una suerte que en lugar de intentar apartarse, se abalanzara contra mí para golpearme con sus puños suaves. Le cubrí el rostro con una mano de acero hasta que dejó de retorcerse. Cuando la solté, respiraba roncamente.

   El cuerpo del profesor terminó juntando mugre en una alcantarilla. En cuanto a mi mujer, esa noche me las ingenié para colarme en el taller del profesor y hacer un agujero en el papel maché de una de sus enormes y grotescas esculturas. Luego de asegurarme de que la había inmovilizado por completo, sujeté su cuerpo a la estructura del enorme muñeco. Coloqué la sección que había cortado y la pinté, para ocultar el parche. El profesor de arte habría estado orgulloso de mi trabajo.

   Todavía conservo las fotos de la quema durante aquella fiesta de la primavera. Y algunas grabaciones de la televisión donde se escuchan sus gritos. Todos en la plaza pensaron que se trataba de una broma de mal gusto, hasta que descubrieron los huesos carbonizados entre el esqueleto de acero de la escultura. Por supuesto, estaba irreconocible. Al parecer, el profesor estaba al frente de un proyecto similar al Burning man que se celebra todos los años en el desierto de Nevada.

   Años después, por fin me pagaron el seguro de vida que había contratado mi esposa. Esa pequeña fortuna me permitió abandonar mi trabajo en el periódico y dedicarme de lleno a la novela en la que estaba trabajando. La primera edición fue moderadamente exitosa, y la fama trajo consigo a…

   …Margarita, que aullaba, presa del pánico. Parecía ser el destino que todas mis mujeres acabaran así.

   La bruja me soltó la mano y desapareció tras la única puerta de la pared del fondo. No le hice caso. Me volví hacia lo que había llamado la atención de mi joven novia, al tiempo que comenzaba a sentir un terrible escozor en la mano derecha, que recuperaba su sensibilidad de una manera lamentable. Por la puerta, las dos presencias que había visto entre la multitud frente al teatro avanzaban hacia Margarita, sus rostros desencajados, ávidos de venganza.

   Sobre el paño negro, la única carta que no se había volado comenzaba a arder entre mis dedos paralizados. Era el As de Picas.

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