UN PREMIO NOBEL EN BAHIA BLANCA

Roald Hoffmann: síntesis de una vida de novela

23/4/2007 | 09:00 | Cámaras por aquí, cámaras por allá. Flashes, luces, sonrisas, blanquísimos vestidos largos, trajes impecables. Entre novias, novios y quinceañeras que posan para la posteridad en distintos rincones del Hotel Argos nadie repara en ese sonriente señor bajito, de pocos cabellos blancos y gruesos anteojos. Se llama Roald Hoffmann y en 1981 ganó el Premio Nobel de Química por sus investigaciones sobre los orbitales electrónicos de las moléculas.

Reencuentro. El bahiense Alfredo Juan, junto a su maestro. (Alberto Blanco-LNP)


 Cámaras por aquí, cámaras por allá. Flashes, luces, sonrisas, blanquísimos vestidos largos, trajes impecables. Entre novias, novios y quinceañeras que posan para la posteridad en distintos rincones del Hotel Argos nadie repara en ese sonriente señor bajito, de pocos cabellos blancos y gruesos anteojos. Se llama Roald Hoffmann y en 1981 ganó el Premio Nobel de Química por sus investigaciones sobre los orbitales electrónicos de las moléculas.


 El científico acaba de llegar por primera vez a Bahía Blanca en auto, desde Tandil; se desploma sobre uno de los sillones del lobby y acepta la entrevista "a cambio de la cena", aunque tras un brevísimo paréntesis modifica su "exigencia" y se inclina por un buen vino argentino. Y vuelve a sonreír.


 A las novias, quinceañeras, fotógrafos y camarógrafos se les han sumado los futbolistas de San Martín de San Juan. El escenario multiplica protagonistas y entre las exclamaciones, carcajadas, suspiros y la música de fondo, un diálogo en voz baja es casi una utopía. Pero no importa, el químico-poeta tiene mucho por decir. Y lo dice. Cuenta, por ejemplo, que se fue en taxi de Buenos Aires a Tandil y que pudo ver la pampa de cerca, que le pareció fantástica, que también le gustaron las serranías tandilenses y que después, al llegar a Bahía Blanca, disfrutó de un gigantesco cielo plenamente estrellado.


 De esta ciudad sabía por su amigo, el doctor Alfredo Juan,
a quien visitó durante el pasado fin de semana, y de la Argentina, más allá de sus viajes anteriores a Buenos Aires, La Plata y Bariloche, resalta su particular preferencia por el tango que, según asegura, bailan muchísimos jóvenes en las universidades estadounidenses.



 "En la última Copa del Mundo yo hinché por ustedes, lástima que no llegaron un poco más arriba", bromea Hoffmann que todavía no ha dicho una palabra de química.


 Claro que su "argentinismo" no se queda en tango y fútbol porque le interesa, y mucho, la literatura, sobre todo la que ha sido traducida, y cita a autores de la talla de Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sabato, Manuel Puig y Jorge Luis Borges.


 "Este es un país de fabulosos recursos naturales, gente muy inteligente y demasiados vaivenes políticos. Me resulta muy interesante el paralelismo que tiene con los Estados Unidos, por la impronta que han dejado los inmigrantes. Yo soy uno de ellos."


 
El dolor, el perdón, la verdad



 Roald Safran nació el 18 de julio de 1937 en Zloczow, ayer Polonia, hoy Ucrania. Recuerda que cuando su madre era niña, ese lugar pertenecía al imperio austrohúngaro.


 La infancia del niño judío se esfumó entre el terror y las paradojas. Mientras el mundo se conmovía con la Segunda Guerra Mundial, esos 15 meses escondido en el altillo de una escuela junto a su madre, padre y hermanos fueron una eternidad que le dejó cicatrices en el alma.


 "Fuimos perseguidos y cazados, pero también protegidos por quienes nos escondieron y alimentaron. Papá murió y al escaparnos cambiamos nuestro apellido por el de Hoffmann."


 A los alemanes que siguieron las órdenes del régimen nazi, Roald los recuerda con pena, lo mismo que a los ucranianos que traicionaron a la comunidad judía, pero afirma que no puede sentir odio porque gracias a una familia ucraniana pudo sobrevivir.


 "No debe haber perdón sin verdad ni memoria. ¿Se perdonará en la Argentina a quienes se apropiaron de bebés si no se revela qué pasó? El camino hacia la reconciliación sólo puede pasar por la verdad", reflexiona.


 Él y su madre fueron los únicos miembros de su familia que sobrevivieron al holocausto. Tras la invasión rusa, en 1949 emigraron a los Estados Unidos. Con 12 años, Roald se asomó a una nueva vida, a miles de kilómetros de su pueblo natal. En 1955, completó la preparatoria en Nueva York (donde ganó la beca Westinghouse para ciencia). Por entonces decidió nacionalizarse.


 "El holocausto es muy difícil de entender aún hoy para muchos americanos. Les cuesta creer que haya ocurrido algo tan terrible", sostiene con una emocionada sonrisa.

Sueño americano




 Graduado en la Universidad de Columbia, en 1958, recibió su maestría en 1960 y se doctoró en la de Harvard en 1962. De allí pasó a la de Cornell, en la que ocupa una cátedra de ciencias físicas desde 1965.


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 En Harvard colaboró con R. B. Woodward estudiando el inesperado transcurso de una reacción que este último se proponía utilizar en la síntesis de la vitamina B12. Así descubrió que el mecanismo de muchas reacciones queda determinado, más que por otros criterios, por el mantenimiento de una simetría identificable en la descripción matemática de los orbitales afectados, formulando una serie de principios que constituyen la teoría de la conservación de la simetría orbital molecular.


 La Academia de Ciencias sueca le concedió el premio Nobel de Química en 1981, compartido con el japonés Kenichi Fukui, por el trabajo que ambos realizaron independientemente sobre la aplicación de las teorías de la mecánica cuántica para predecir el curso de las reacciones químicas.


 "Trato de hacer un trabajo de muy buena calidad; ganar un Nobel es cuestión de suerte. Los argentinos saben muy bien que quizás Borges hubiera merecido un Nobel. Por eso ganarlo por allí escapa a la calidad. De todos modos, el Nobel celebra que haya buenas cosas en la humanidad y es un ejemplo positivo a imitar porque premia virtudes."


 Las reglas teóricas desarrolladas por Hoffmann han permitido la predicción de una gran cantidad de reacciones antes inexplicables.


 Con sus teorías sobre el comportamiento de las reacciones químicas, el profesor ha desarrollado una densa obra poética (ver aparte).


 "El lenguaje de la ciencia es bajo presión. Ha sido hecho para describir cosas que parecen no descriptibles en palabras: ecuaciones, estructuras químicas y demás. Las palabras no, no pueden alcanzar todo lo significante, pero son todo lo que tenemos para describir experiencias. Al ser un lenguaje natural en tensión, el lenguaje científico es inherentemente poético. Hay montones de metáforas en la ciencia", sostiene Hoffmann, padre de dos hijos y abuelo de tres pequeños nietos.

* * *




 


 La hora de la cena reclamada se pasó con creces. De todos modos, Hoffmann tendrá su vino argentino cerca de la madrugada. Está cansado y en el lobby ya no quedan novias, quinceañeras ni futbolistas. Se levanta, extiende su mano y acepta dos preguntas más.


 --¿Por qué en la universidad no se enseña a convivir?


 --Porque básicamente enseña habilidades técnicas. La ética y la moral se pueden adquirir con la literatura.


 --¿Es feliz?


 --Tengo cierto grado de felicidad y un alto grado de optimismo.

La inspiración poética




 Roald Hoffmann también es un escritor de poesía y ha publicado dos colecciones, The Metamict State y Gaps and Verges (1990), así como libros de química para el público general. También escribió una obra llamada O2 Oxygen acerca del descubrimiento del oxígeno, pero también acerca de lo que significa ser un científico y la importancia del proceso de descubrimiento en la ciencia.


 "Mi inspiración poética es visceral. Viene sobre todo de la naturaleza, pero también de la tristeza, de los amores perdidos, de la felicidad de ver a mis nietos, incluso de mi actividad cuando hablo de ciencia. En realidad la inspiración puede llegar de todas partes y la poesía se puede aplicar a casi todas las cosas".


 Miembro de la Academia Internacional de Ciencias Moleculares Cuánticas y del comité que impulsa el Boletín de Científicos Atómicos, Hoffmann también protagonizó la serie de videos World of Chemistry. Es, además, integrante de la Academia Americana de Artes y Ciencias, de la Sociedad Filosófica Americana y miembro extranjero de la Royal Society.


 Para esta tarde se anuncia su conferencia magistral en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

Principales distinciones

* Premio Nobel.
* Medalla Priestley.
* Premio Arthur C. Cope en Química Orgánica.
* Premio en Química Inorgánica (American Chemical Society).
* Premio Pimentel en Educación en Química.
* Premio de Química Pura.
* Premio Monsanto.
* Medalla Nacional de la Ciencia.
* Academia Nacional de Ciencias.

Ciencia, talento y conciencia

1. "La ciencia no proporciona talento. No hay niños que sean científicos; justamente lo contrario de lo que pasa en música y en matemáticas".

2. "La química es mucho más parecido a la poesía y a la política, disciplinas para las que no es necesario tener un gran talento. Lo único que hace falta es trabajar duro y, sobre todo, ser capaz de hacer juicios basados en el conocimiento incompleto de la situación".

3. "La poesía da bastantes cosas, entre ellas un entendimiento parcial de problemas sin solución. La ciencia está limitada a un conjunto de problemas que tienen solución. La ciencia no puede decir nada sobre el final del amor y uno puede escribir mil poemas sobre ese tema. Y una vez que los haya leído es capaz de ponerse a escribir otros mil más".

4. "La ciencia nos ha proporcionado una mejor calidad de vida pero no somos más felices que antes. A la felicidad tenemos que encontrarla en nosotros mismos".

5. "Hay gente que desconfía de la ciencia. Creo que los científicos debemos tener una visión social y más conciencia, por ejemplo, ecológica y de protección del medio ambiente en los procesos que desarrollamos."

Doctor Alfredo Juan, el anfitrión




























 Becado por el Banco Mundial, el bahiense Alfredo Juan se vinculó con Roald Hoffmann tras recibir una beca del Banco Mundial que lo llevó a la Universidad de Cornell (Estados Unidos). Bajo su dirección trabajó entre 1997 y 1998. Se habían conocido en 1994, en San Carlos de Bariloche.


 Profesor titular de Elementos de Física del Estado Sólido de la Universidad Nacional del Sur, además de miembro independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Juan --de 43 años-- es uno de los 16 argentinos que en 2006 ganó la beca de la Fundación Guggenheim. Obtuvo su título de doctor en Química en la UNS, donde dirige investigaciones relacionadas con las interacciones sólido-gas y sólido-sólido mediante la aplicación de métodos computacionales.

Ricardo Aure/"La Nueva Provincia"





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