Sociedad.

17 de agosto de 1850: San Martín, Inglaterra y el poder de las logias

13/08/2017 | 07:00 | Desde principios del siglo XIX el imperio inglés vivió una época de gloria. Con justeza se ha dicho que, donde terminaban Buenos Aires y Montevideo, en los límites oceánicos de Río de Janeiro, Cuba o Nueva York, en las afueras de las Filipinas, el Japón, Australia y Madagascar... comenzaba Inglaterra.

Ricardo de Titto /  Especial para "La Nueva." 

   Si alguna duda cabía sobre la potencia marítima británica el triunfo en Trafalgar, en octubre de 1805, consolidó su potencial aniquilando a sus armadas enemigas, la española y la francesa. Los mares, fueron, de hecho, una continuación de su territorio y sus barcos, un pedazo de tierra firme británica que se movía por el mundo guerreando y comerciando, con un inmenso ejército ambulante.

   América casi toda parte del imperio español era un inmenso bocado apetecible para la voraz Inglaterra que quería consolidar posiciones en todo el orbe, acceder a las más variadas materias primas y conquistar mercados para sus productos manufacturados y expandir su pujante economía.

   En ese marco, los informes de James Burke, espía residente en Buenos Aires, eran alentadores y entusiasmaron al gobierno inglés que, virtualmente, se “embarcó” en el proyecto de invasión a Buenos Aires. La creían una empresa relativamente sencilla. Había consenso de que la mejor forma de debilitar a Napoleón y sus aliados era atacando sus eslabones más débiles, atacando sus pies y no su cabeza, para decirlo en los justos términos usados por Floria y García Belsunce. Antes de dirigirse a Buenos Aires, a la que estimaban la “llave de Sudamérica”, decidieron que el almirante sir Home Riggs Popham y su escuadra, fueran hacia el Cabo de Buena Esperanza, una posesión holandesa bajo el dominio de Napoleón que había ocupado los Países Bajos. Desde entonces Sudáfrica pasó ser colonia británica.

No pasará lo mismo con la capital del Río de la Plata. Sin embargo, el fracaso militar del intento de invasión de 1806 y 1807 no impedirá que los británicos pusieran en marcha planes alternativos.

¿Colonias o independencia?

   El historiador H. S. Ferns señala que el plan de Popham coincidía con los del gobierno inglés y que las diferencias eran solo de tipo táctico y de oportunidad. La gran discusión en el seno del poder británico consistía en determinar el grado de su futura injerencia, o sea, si convertirían a los nuevos territorios en colonias inglesas o si favorecían a grupos revolucionarios de la región a los que ellos influenciaran. Muchos, como el ministro de Asuntos Exteriores William Grenville temían que favorecer una revolución terminara poniendo en movimiento a toda la sociedad y que el proceso terminara fuera de control, enfrentando a los locales con toda dominación extranjera.

   En cualquier caso la necesidad de trabar relación con hombres de la elite criolla era decisiva. Así fue como el espía inglés en Buenos Aires se dio a la tarea de reunir a algunos prominentes hombres ligados al comercio exterior. Se conforma así una logia que reúne no más de quince miembros. Algunos de ellos serán parte importante de los sucesos por venir como Juan José Castelli y Manuel Belgrano –primos y miembros del Consulado−, los hermanos Saturnino y Nicolás Rodríguez Peña y el periodista Hipólito Vieytes. El tesorero de la agrupación era Manuel de Pinedo y Arroyo, amigo y socio de Juan Martín de Pueyrredón y otro integrante, Gregorio Gómez será, años después, amigo íntimo del general José de San Martín. En las tertulias de la familia O’Gorman −que contaban con el especial atractivo de la anfitriona madame Ana Pèrichon− o de Casilda Igarzábal de Rodríguez Peña se dieron los primeros pasos de lo que algunos han llamado –con un tinte exagerado− “Partido de la Independencia”. Los vínculos entre este núcleo, más allá de las intenciones, comenzaban a dar forma a una conspiración con inocultables simpatías por la cultura british.

Viejos planes, nuevos proyectos

   Un antiguo proyecto que se desempolva es el que había planteado el comodoro Vernon, jefe de una de las escuadras que había atacado Cartagena, en la Colombia caribeña, en 1739, cuando, dos años después de aquel ataque escribió al Almirantazgo sobre “la necesidad para Gran Bretaña de propender a la emancipación de los establecimientos españoles en América, para abrir sus mercados a los mercaderes de Londres”. Tramitando franquicias o practicando el contrabando Inglaterra exploraba todas las variantes que le permitieran multiplicar su comercio, ya fuera de modo que las costas rioplatenses –supuestamente cerradas al comercio− estaban invadidas de elementos “importados”.

   En 1796 hubo otra propuesta, la de Nicholas Vansittart, secretario del Tesoro inglés, que consistía en tomar Buenos Aires y de allí desarrollar una campaña hacia Santiago de Chile y El Callao, en el Perú, con una estrategia similar a la que realizará San Martín veinte años después. Thomas Naitland, en 1800, elaboró un plan parecido aunque más preciso en los detalles; mencionaba hasta la cantidad de hombres de infantería y caballería necesarios.

   En agosto de 1803 el venezolano Francisco Miranda conoció a sir Popham y lo interiorizó de sus antiguos planes de independencia que los reformulará en un plan propio para invadir el Río de la Plata, elevado en noviembre de ese mismo año y en otro, elaborado entre ambos en octubre de 1804. La aprobación del ministro Pitt se demoró y Miranda, con una buena suma de libras esterlinas, se lanzó por su cuenta. Partió desde Nueva York y, en 1805, desembarcó en Coro, pueblo de Venezuela famoso por la insurrección de indios, negros y mestizos de 1795, pero no logró adhesiones significativas y terminó su aventura en un completo fracaso.

La Sociedad de Caballeros Racionales

   Francisco Miranda, desde Londres, difundía sus intenciones independentistas para lo cual había conformado la “Gran Reunión Americana”, una logia con supuesta sede en Gibraltar. El joven y destacado oficial José de San Martín se interesa en estos planteos. Simón Bolívar y otros diputados venezolanos, que han convocado a una “gran confederación américo-española” el 27 de abril de 1810, en julio de ese año explican sus objetivos en Londres: “Los diversos virreinatos y provincias de norte y sud América se dividirán en diferentes Estados, de acuerdo con sus límites físicos y políticos; pero ellos proyectarán un sistema federal que dejando a los respectivos Estados una independencia de gobierno, pueda formar una autoridad central combinada, como la de los anfictiones de Grecia”.

   La idea es la misma que poco después enarboló la junta formada en Santiago de Chile y que cursa a la Primera Junta de Buenos Aires: confederarse. No es casual que uno de los caudillos de la revolución chilena, Bernardo de O’Higgins, también tuviera vínculos con la Gran Reunión Americana. “Independencia y Unidad” son las dos palabras que definen y sintetizan el compromiso de los hombres que participaron de aquella logia. Desde septiembre de 1811 y por cuatro meses, San Martín permanece en Londres donde participa de las reuniones de la cofradía que se hacen en la residencia del venezolano Andrés Bello.

   Entretanto, en la propia España se conforma la Sociedad de los Caballeros Racionales. En ella participaron, entre otros, el chileno José Miguel Carrera y los “argentinos” Carlos de Alvear y José Matías Zapiola, cuyas familias estaban vinculadas a ricos comerciantes de Cádiz. La Sociedad de la que San Martín será figura fundamental se juramenta en combatir por la independencia americana.

   En Buenos Aires, por su lado, el ardiente Bernardo de Monteagudo, retoma las banderas de Mariano Moreno y, desde La Gaceta, en enero de 1812 convoca a formar la Sociedad Patriótica: “Yo, a nombre de la sociedad, intereso a todos los patriotas de esta capital para que concurran y autoricen con su asistencia la primera ceremonia cívica que va a asegurarnos los progresos de la Ilustración y a cimentar el augusto templo de la libertad”. Es ese el primer texto que, en un medio oficial, hace referencia a la “independencia”. El 9 de marzo un grupo de viajeros en la fragata George Canning desembarca en Buenos Aires. El arribo de los “caballeros racionales” –Alvear, Zapiola y el barón de Holmberg, que suele olvidarse en las menciones− no puede ser más oportuno.

   Uno de los viajeros, esbelto, se destacaba del conjunto: era el teniente coronel retirado José de San Martín, que durante el trayecto cumpliera 34 años. Apuntemos: a mediados de 1811 había fundado su baja en el ejército español argumentando que debía “pasar a Lima” a fin de “arreglar sus intereses”. Además de sus cercanías con los logistas, San Martín, antibonapartista, había tratado en España con oficiales ingleses de prédica liberal, aunque más cercana a las monarquías constitucionales que al republicanismo.

Después de Waterloo

   Y el año 1815 produce un violento cambio del orden mundial. En junio, el imperio napoleónico termina sus días en los campos de Waterloo, en Bélgica: el gran fracaso de la invasión francesa a Rusia había iniciado su dèbacle. En 1814 Francia es invadida por los ejércitos rusos, prusianos, austríacos y británicos y Napoleón es obligado a abdicar y exiliado en la isla de Elba. Regresa clandestinamente y alcanza nuevamente el poder pero el duque de Wellington, le asesta el golpe definitivo. Con la derrota de Napoleón se cierra una etapa y comienzan varias décadas de reacción monárquica: entre octubre de 1814 y junio de 1815 el Congreso de Viena intenta retornar a la época prerrevolucionaria y surge la “Santa Alianza” para “la defensa mancomunada del trono y del altar”. Los Borbones retornan al poder en Francia y Fernando VII, de regreso en el trono español desde 1814, deroga la Constitución liberal de 1812 y reinstaura el absolutismo y la inquisición.

   Los cambios en la situación europea trascienden directamente al escenario americano. España intenta organizar la reconquista del terreno perdido en sus territorios de ultramar. Pero la lógica de los acontecimientos ha convertido a las revoluciones americanas en guerra continental contra el absolutismo.

La Logia Lautaro

   El casamiento de San Martín con María de los Remedios Escalada y de la Quintana le permitió a don José ubicarse en una sociedad porteña y los salones “decentes” que aún recelaban de un oficial español de tez demasiado oscura.

   La inmediata tarea de conformar un cuerpo de caballería le permitió conocer y adiestrar a toda una generación de jóvenes, muchos de ellos hijos de familias patricias, como Félix de Olazábal, Mariano Necochea, Juan Lavalle, Lucio Mansilla y su joven cuñado, Mariano de Escalada. El cuerpo tuvo su exitoso bautismo de fuego en la recordada batalla de San Lorenzo, en febrero de 1813. Antes, las tropas habían ganado las calles de Buenos Aires para deponer al Primer Triunvirato. Estos cambios, que se ubican en el rumbo pretendido, reciben el aliento del gran triunfo de Belgrano en Salta, el 20 de febrero. Además, bajo la presidencia del joven e impetuoso Alvear, la Asamblea del año XIII realizaba una obra legislativa propia de una república independiente: eliminó las referencias a Fernando VII, acuñó moneda, abolió la Inquisición y las torturas judiciales, suprimió los mayorazgos y títulos de nobleza y estableció la libertad de vientres para las esclavas. La juventud del proceso revolucionario impidió, sin embargo, que se concretara el anhelo central, declarar la independencia y votar una constitución.

   En 1814 San Martín es enviado a reemplazar a Belgrano en el Ejército del Norte –allí conoce a Güemes y lo nombra Comandante general de las avanzadas– y, poco después, deteriorada su salud, el director Gervasio Posadas lo designa gobernador intendente de Cuyo. El plan continental empezaba a ponerse en marcha.

   Quien dinamiza estas acciones es la Logia Lautaro (que significaba “paso a Chile”), fundada en esta Capital como continuidad de los “caballeros racionales” de Cádiz. Casi todos los miembros de la Sociedad Patriótica fueron iniciados en la Logia: Monteagudo, Tomás Guido, Julián Álvarez, Nicolás Rodríguez Peña, Alejandro Murguiondo, José Agrelo, Manuel Luzuriaga y Agustín Donado. San Martín es el presidente, Alvear su lugarteniente, Guido y Agrelo los secretarios. Hipólito Vieytes fue designado “Gran Orador”. San Martín se aboca a la cuestión militar y Alvear es el hombre “político”. Los integrantes del Segundo Triunvirato, Rodríguez Peña, Juan José Paso y Antonio Álvarez Jonte, son todos hombres afines a la Logia. Los “hermanos” que fueran elegidos para el gobierno tienen una condición: no podrían “deliberar cosa alguna de grave importancia sin haber consultado el parecer de la O-O (logia)”.

San Martín encabeza el plan americano

   Para guerrear y dirigir un “país” en el que las autonomías provinciales reclamaban su lugar, se debía concentrar el poder. La logia expresa esa necesidad de avanzar en una conducción centralizada, operativa. Se instaura un Directorio unipersonal: de la coalición que permitió el triunfo de Mayo, en cuatro años se pasa a la primacía ideológica de un “partido”, el que conducen San Martín y Alvear. El primero, ya está donde necesita, en Cuyo, para organizar el Ejército de los Andes; “el Niño” –como le dice San Martín– es enviado a la Banda Oriental y se destaca en la toma de Montevideo.

   Fue entonces cuando se conoció la abdicación de Napoleón y el retorno de los Borbones. Alvear, a los veintiséis años, se convierte en el gobernante más joven que tendrá el país en toda su historia pero su gobierno será efímero. Tomás Guido, un hombre de la máxima confianza de San Martín, logró en cambio permanecer como oficial mayor del ministerio de Guerra. Y si bien la Logia Lautaro entra en crisis la presencia de Guido en Buenos Aires será una de las claves para que el plan continental se pusiera en marcha.

   San Martín vivirá en Mendoza el único período de convivencia conyugal de su vida. Remedios llega a Cuyo en septiembre de 1814. Allí nace Mercedes Tomasa, el 29 de agosto de 1816 un mes después que el Congreso de Tucumán, bajo la influencia de San Martín, declara la independencia. En enero de 1817 la prodigiosa epopeya del Ejército de los Andes se pondrá en marcha. La Logia “Lautarina” –con la comandancia de Bernardo O’Higgins− liberará Chile y luego Perú, el centro estratégico de los realistas. Como se sabe, San Martín se retira a Europa en 1824, se niega luego a participar en luchas entre americanos y muere en Francia el 17 de agosto de 1850.

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