Sociedad.

Sanarse y transformarse

Gabriela Arias Uriburu: "Siento que todo fue perfecto para llegar a este presente"

21/05/2017 | 07:00 | De paso por Bahía, luego de dictar conferencias en la zona, esta embajadora de los derechos del niño sostuvo que cuando un hijo sufre hay padres responsables. Y aseguró que el tercer milenio está en manos de las mujeres.

Cecilia Corradetti / ccorradetti@lanueva.com

   Después de tanta tragedia, de dolor infinito y de un camino repleto de escollos que pareció interminable, Gabriela Arias Uriburu, simplemente, renació.

   “No es una frase armada”, advierte, sonriente, para asegurar, con absoluta convicción, que “en la guerra de la vida, lo que no mata, fortalece”.

   A los 52 años, 20 de los cuales los transitó físicamente lejos de sus hijos, que en 1997 fueron llevados ilegalmente a Jordania por su marido musulmán, se transformó en embajadora de los derechos de los niños de todo el mundo.

   En eso estuvo el último fin de semana, cuando pasó por Bahía Blanca luego de dejar su huella en Pigüé y Tres Arroyos, donde repasó cómo logró “sanarse” y transformar dolor en sabiduría.

   --¿Renació otra Gabriela?

   --Sí. Cuando uno llega a la génesis del kilómetro 0 y comienza otro kilometraje, como me ha sucedido, se siente renacer. Vivo despojada y logré un momento de plenitud, libertad, felicidad...

   --¿Hay rencores?

   --No. Imad, mi exesposo, se llevó a Shaban, Zahira y Sharif movido por una situación cultural que no puede ser analizada desde la óptica occidental, porque sería anti-ético. Tuve que estudiar mucho la cultura musulmana y su estructura tribal, porque se manejan como tribus. Los hijos son la continuación de ese sistema, por eso la descendencia es tan importante. Entonces su arrojo personal fue llevar a sus hijos a su pertenencia.

   --¿Debieron transcurrir décadas para que pueda analizarlo de este modo?

   --Lo fui entendiendo con el tiempo y luego de un enorme trabajo científico, jurídico, filosófico y de autoconocimiento. Me transformé en abogada de la causa. Leí, me instruí y me capacité para llevar adelante el proceso. Pude abrir un camino nuevo en la historia de mis hijos y restituirlos a la vida en contacto con sus padres.

   --¿Cómo se llega a este punto de inflexión que hoy logró?

   --A través del empoderamiento: por primera vez estoy parada sobre mis propios pies sin depender de nada ni de nadie, solo de mí. Siento que, hasta ayer, todo fue perfecto para poder llegar a este estado. Las necesidades me las cubro yo, pero ¡ojo! no es un sentimiento de autosuficiencia, sino de fuerza.

   --¿Se sintió morir en algún momento?

   --Claro. Todas las personas que experimentamos situaciones límites sufrimos de alguna manera una muerte. A partir de allí, comienza un trabajo de supervivencia y luego de volver a la vida. Por supuesto que no todos pueden esto último y se quedan en la supervivencia... En realidad, lo más grandioso que uno puede hacer es volver a la vida.

    --¿Cómo debemos tomar las pruebas que entorpecen el camino?

   --Quitándonos el velo y no quedarnos en el lugar donde nos encontrábamos. Las pruebas son pretextos para que despertemos a la verdadera labor, para saber quiénes somos y cuál es nuestra misión.

   --¿Cuál es el mensaje que intenta transmitir?

   --Intento crear conciencia del cuidado de los hijos y de la importancia de que los adultos sanemos nuestras heridas para no cargárselas a ellos. En toda enfermedad que está implicado un hijo, hubo padres que no resolvieron temas.

   --¿Cómo debemos actuar los padres?

   --Asumiendo con coraje nuestros temas irresueltos. Ese fue mi propio trabajo y puedo dar fe que, una vez que empecé a sanar, comenzaron a resolverse muchas cuestiones del presente de mis hijos. No es fácil, pero necesario.

   --¿Toda situación límite llega para decirnos algo?

   --Definitivamente. Y allí tenemos que frenarnos y plantear cómo vamos a actuar. Si quedarnos en el “por qué” o avanzar en el “para qué”. Esto último es lo que elegí. Lo transformé en acción y me enseñó a ver que la historia tenía nombre de hijos, no de padres. Eso me cambió el paradigma y activó una nueva forma de política de Estado, relaciones entre Estados, diplomacia... En definitiva, gracias a todo esto pude llegar a ver a mis hijos.

   --¿Siempre hay un adulto responsable cuando sufre un niño?

   --Sí. Como sociedad enfocamos el problema en el chico en vez de darnos cuenta de que el niño refleja el problema que el adulto no supo resolver de manera madura. Todo esto no está planteado en la sociedad y es un orden básico. Cuando un adolescente se droga no está enfermo, está implicado en un síntoma perpetrado por los padres, que no han trabajado en sí mismos.

   --¿Qué sucede con los divorcios conflictivos?

   --Cada vez hay más y los hijos pasan a ser rehenes. La Justicia dispone una estructura, días, horarios, lugares. Claro que se necesita un orden, pero la Justicia no vincula al padre con el hijo. Eso es tarea de los adultos. Si yo hubiese puesto el vínculo con mis hijos en manos del juez de Jordania, no los hubiese recuperado. Es más, hoy sería víctima de esa Justicia.

   --Sin embargo en los divorcios se observa resentimiento, deseos de venganza y hasta odio...

   --Si, pero un adulto que desea lo mejor para su hijo debe buscar las herramientas suficientes, sanar heridas y profundizar en lo sucedido con la pareja. Atravesar duelos, enojos, frustraciones, pero jamás llevarlos al territorio de los hijos. Es necesario reconocer que uno se encuentra en medio del tsunami, pero cuidando a los hijos. Si el otro no lo cumple, uno debe “correrse” de la tempestad.

   --¿Cómo?

   --Con terapia, caminatas, trabajo corporal, yoga... lo que sea. Sacar el enojo y mutar ese duelo. Porque el odio y el resentimiento de la madre o el padre luego recae en los chicos. Y ahí aparece la droga, el alcohol y la violencia.

   --¿La Justicia en general no protege a los chicos?

   --No. Es contradictorio, pues debería ser lo primero: ponerlo en protección. Advertir a la pareja que será un procedimiento largo y que habrá sanción si algo le ocurriese al niño. No lo digo yo, lo dice la Convención de los Derechos del Niño. Pero el adulto sigue tomando al niño como objeto.

   --¿Cómo observa a las mujeres?

   --Todas las mujeres del mundo están heridas y, por lo tanto, deben dedicarse a curar el femenino y resurgir para dar amor, que es algo esencialmente nuestro. Lo dijo el Dalai Lama: la salvación de este milenio está en manos de la mujer y a través de ellas resurgirán hospitales, escuelas, hogares... Ancestralmente la mujer está herida. Cuando esto se revierta el mundo cambiará.

Cuando los hijos se van...

   En muchas de las conferencias que Gabriela Arias Uriburu dicta en todo el mundo, suele aparecer el concepto del “nido vacío”.

   “Que me disculpen los psicólogos, pero eso es apenas un titular del ego, porque los hijos vienen al mundo para irse. Uno tiene todo un tiempo para acompañarlos, nutrirlos, proveerlos de las herramientas para que puedan hacer su camino, pero no el que los padres desean...”, sostiene.

   “Cuando los hijos se van debería ser el momento más feliz y no el más triste, porque ratifica que hemos cumplido la tarea y comenzó otra etapa, por lo tanto será el momento de disfrutar el camino que desandarán”, agrega.

   “Cuando se van, es el momento en que uno entrega el hijo a la vida y se gesta en uno otra vida”, define.

   Hoy, según cuenta, cuando sus hijos la llaman por teléfono, suele responderles: “Estoy viviendo, trabajando, ocupándome de mí...”.

   “Eso es activamente inspiracional para ellos porque no deben ocuparse de la mamá, sino de ellos mismos, es decir, deben decidir, sanar sus heridas, ver dónde y cómo van a vivir, con quién se van a casar. Trato de que estén libres de mis necesidades”, señala.

   --¿Sus hijos conocen de su lucha?

   --No lo sé. Hablo muy poco de mí con ellos. No creo que lean mis libros, porque los confrontaría mucho con el amor que sienten hacia su padre y hacia mí. No debe ser fácil. Tampoco escribí para que ellos los leyeran, sino que están basados en este descubrir mío a través de su historia.

   “Es necesario generar un presente liberador para los hijos. Necesitamos adolescentes con valores para que no se enfermen ni se destruyan. Los padres somos los hacedores de esto. Como dice una frase de la Madre Teresa de Calcuta: “¿Quieres la paz? Empieza por tu familia”.

Paso a paso: Más de 20 años de lucha y de logros

   Gabriela Arias Uriburu contrajo nupcias en Guatemala, en el año 1991 con Imad Shaban, a pesar de ser ella católica y el musulmán. Tuvieron tres hijos: Imad Shaban Karim (12-5-92), Zahira (25-12-93) y Sharif (5-4-96). En 1997, Gabriela plantea su decisión de divorciarse ante la Justicia Civil guatemalteca, quien además le otorga la tenencia de los tres hijos.

   Sin embargo, el 10 de diciembre de 1997, Imad Shaban, ilegalmente saca a Karim, Zahira y Sharif de Guatemala, y se radicó con ellos en Jordania. Frente a esta tragedia, dos posibilidades se abrieron en su vida: sucumbir ante lo impuesto, dejándose morir, enloqueciendo e intentar un contra secuestro con riesgo de vida para sus hijos, o transformar la agresión en salud y un futuro para sus hijos y para ella. Este último fue el camino que eligió.

   La situación vivida con sus hijos despertó en Gabriela la necesidad de crear una Fundación; “Niños Unidos para el Mundo” www.foundchild.org.ar constituyendo la primera ONG en el mundo en abordar la temática de la restitución familiar por y para el niño, priorizando su lugar en la familia, en el mundo, y en el modo en el que debe actuar la Justicia cuando los derechos esenciales de los niños han sido violados.

Los dones que se “despertaron” de la mano de Natty Petrosino

   Luego de recorrer localidades de la zona, Gabriela llegó a Bahía el sábado pasado y se “desplomó”, agotada, en la cama del hotel.

   “Apenas me desperté, llamé a Natty”, cuenta, sobre su “entrañable” amiga Natty Petrosino, a quien conoció en los momentos más difíciles de su vida y con quien suele compartir conmovedoras campañas en la selva formoseña.

   En 1998, luego de que su esposo la separara de sus hijos, Gabriela conoció a alguien que le “abrigó el corazón”, según define.

   “Esa fue Natty. Apareció en casa de mi hermana y conversamos un largo rato. A partir de allí me acompañó durante largos y tristes años, hasta que en 2002 viajé a El Divisadero, en el impenetrable chaqueño, en una experiencia maravillosa que me ayudó al fortalecimiento espiritual”, recuerda.

   “Solía bromearme: ‘¡Quién diría, una Arias Uriburu durmiendo bajo un árbol...!’, pero a mí eso me hacía inmensamente feliz”, rememora.

   “Gaby”, de la mano de Natty, se fue involucrando en labores por la humanidad y hoy se convirtieron en grandes amigas.

   “Las vueltas de la vida. Cuando era adolescente le decía a mi mamá que quería misionar en el impenetrable, con los wichis. Con Natty lo he cumplido, viví de cerca el hambre y la entrega. Porque no es un acto solidario, es mucho más que eso. Representa una experiencia que cambia el corazón”, resume.

   “Uno va a con los wichis a ser transformado, a decirles que Dios no los abandonó, a darle identidad y pertenencia”, reflexiona, e insiste: “Regreso a casa con nuevos talentos despiertos: bondad, paciencia, silencio, simpleza, belleza. Todos esos dones los aprendí con Natty Petrosino”, concluye.

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