Sociedad.

Anabella Lenzú

Cómo revelar la emoción del movimiento

17/02/2013 | 18:00 | En la danza de una vida con distintos escenarios, la bailarina que enseña en Nueva York, donde nació su hijo, presentará su primer libro en marzo y afirma que el saber no se imparte, se comparte. (Fotos: Miguel González-LNP)

Todo bajo cero.

Nueva York se congela mientras Anabella Lenzu, tan lejos de su casa en el barrio italiano, disfruta tanto de su hogar paterno del barrio Noroeste, en Bahía Blanca, como de los 35 grados de la ardiente Monte Hermoso.

Anabella ha vuelto al tórrido verano del hemisferio sur con su marido, el fotógrafo Todd Carroll, con su hijo Lucio, de 4 años ,–los dos norteamericanos– y con su flamante primer libro, Revelando movimiento y emoción, que presentará en marzo en el Consulado Argentino en Nueva York, y que enseguida estará online.

Siempre vivió por, para y de la danza. Para estudiarla estuvo en Nueva York entre 1999/2001; para presentar obras como coreógrafa invitada pasó, de 2002 a 2004, por Roma, Nápoles y Caserta; para afirmarse casi definitivamente volvió un año después a Estados Unidos, donde ahora enseña en el Wagner College, en Lehman College y en Peridance Capezio Center, dirige su compañía (DanceDrama) y escribe críticas en una revista.

De sus varias vidas en una misma vida, enmarcada por los más diversos escenarios, cuenta Anabella en su libro bilingüe –español e inglés–, que empezó hace tres Navidades y terminó en octubre de 2012. Las fotos, en su mayoría, son de Carroll, pero también están las del bahiense Gustavo Pirola.

"A veces no alcanza con enseñar danza; hay que tratar de hacer entender este fenómeno y cómo puede ayudarnos como persona. En el libro, que pensé para jóvenes dispuestos a abrirse camino por este mundo, quiero decir qué me dio la danza y lo quiero compartir. El próximo será más técnico y creo que estará orientado a la formación de un bailarín, a las exigencias y al valor de la fuerza emocional y mental".

A propósito de la técnica, señala que le provoca grandes satisfacciones y grandes frustraciones.

"El entender un concepto, internalizarlo, controlar el gesto y el movimiento, llegar a un movimiento refinado, exquisito es, para mí, mejor que conquistar el monte Everest. De ese modo se logra austeridad, verdad gestual, sinceridad, claridad y nitidez de pensamiento y emoción".

Una eternidad

  Aun tan lejos de 1994, año en que fundó L’Atelier Centro Creativo de Danza, Anabella afirma que están muy latentes aquellas emociones de sus 4 años, cuando bailaba en el patio de la casa de su abuela Delia, saltando, girando e improvisando con largas polleras y vestidos.

"Mi imaginación, en esas horas mágicas, hacía todo posible y mi pequeño cuerpo contenía el universo. Ahora, después de 33 años, sé que me contactaba con esa fuerza interior que me definía como persona, como bailarina. Si la reencarnación existe, siento profundamente que estoy bailando desde hace una eternidad".

Sin querer, y queriendo, se fue formando. "Queriendo y aprendiendo de la mano de cada alumno y de cada bailarín", agrega, y sostiene que danzar es sinónimo de conocimiento, un puente que conecta, que crea intercambios entre el mundo interior y el exterior.

"Enseñar es abrir la puerta y mostrarte cómo eres, con defectos y virtudes; y compartir experiencias que fueron tan significativas para mí. Maestro y alumno deben bajar de la vereda para encontrarse en la mitad de la calle y caminar juntos de la mano. Sin confianza es imposible la comunicación. Sin esperanza es imposible el progreso. Yo creo en mis estudiantes y en mis bailarines".

En este punto repara en uno de sus alumnos que combatió en Afganistán, al que recibió con preconceptos muy rígidos pero que, al cabo de dos años, pudo integrarse gracias a la danza, que "permite una apertura física, mental y espiritual".

"La frase `servir a la danza’, por estos días, está en desuso. Mary Wigman, la gran coreógrafa alemana, escribió un libro dedicado a los jóvenes bailarines, en el cual advierte: `Custodia el fuego artístico para que no se extinga’".

Desconectamos nuestra mente del espíritu. Cultivamos nuestros cuerpos, pero la mente y el espíritu no están en consideración. El sálvese quien pueda, con el cual nos cruzamos muy a menudo por la vida, no nos deja compartir lo que amamos".
Civil y moral

Entre mayo y junio de 2012, Anabella participó de un seminario de crítica periodística. A partir de allí comenzó a expresarse por escrito y en varios artículos expuso cómo la danza es manipulada, desconsiderada e incomprendida.

"En Nueva York hay 3.000 compañías de danza, pero los bailarines no tienen seguro social y deben tener otros empleos para lograrlo. Sin seguro, una visita al médico cuesta 500 dólares".

Sobre su rol como escritora, piensa que se ha consolidado y que ha descubierto diferencias fundamentales respecto al de coreógrafa.

"Cuando escribo siento una gran responsabilidad civil y moral. Necesito expresar mis ideas de manera clara y transparente; en cambio, como coreógrafa puedo explorar mis rincones más oscuros y descubrir por qué me dedico a la danza".

Dificultades culturales, económicas y sociales marcan su camino; entre ellas, el pánico del atentado a las Torres Gemelas, del 11 de septiembre de 2001, y la muerte de su amigo, el bombero bahiense Sergio Villanueva. Dice que superó los obstáculos con esfuerzo, siempre pensando y reflexionando en su rol de servicio para con la danza, el arte y la comunidad.

"Para mí, el sentido de servicio está incluido en la palabra enseñanza. Mi responsabilidad es guiar y sostener, proveer herramientas y opiniones. El buen maestro es buen maestro o es una porquería. No hay puntos medios. La enseñanza es consciente. La educación no es un `qué me importa’. Hablo, discuto, reflexiono y medito. Y hablo y escribo otra vez".

Acerca de sus influencias, en cuanto a la pedagogía y a su metodología de educación, cita como referente a su escuela secundaria, la Escuela Normal Superior dependiente de la Universidad Nacional del Sur.

"Luego de tres años, me gradué como bachiller en Ciencias Pedagógicas. Estudié pedagogos y filósofos, teorías que abrieron mi mente para luego poder aplicarlas en el campo de la danza".

Muy estimulada por El riesgo de educar, del sacerdote italiano Luigi Guissani, explica que es un verdadero manual de reflexión acerca de temas tales como autoridad, tradición, valores, concepto de libertad, unidad en la diversidad y el rol de las instituciones educativas, "porque el saber no se imparte, se comparte".

Durante 1999-2001, la biblioteca del Lincoln Center en Nueva York fue su templo-laboratorio. "Ver las lecturas y demostraciones de Martha Graham, Doris Humphrey, José Limón y Anna Sokolow completaron el círculo", evoca.

Fue tan intensa su búsqueda que un empleado le preguntó si estaba escribiendo un libro.

De allá...
Costumbres argentinas

"Vivimos en un barrio de italianos y también hablamos esa lengua, pero en casa se habla español, se toma mate y se baila el tango. En realidad, con Lucio y Todd vivimos entre tres culturas. Me gusta que mi hijo crezca en esa multidiversidad".
Compatriotas

Anabella Lenzu no conoce bahienses en Nueva York. Dice que tampoco hay muchos argentinos y que las pocas noticias que llegan de nuestro país no son de las mejores. Lo mismo refiere que pasó con la visita de la presidenta Cristina Fernández a Harvard.

... y de acá
Bahía y Monte

"Noto que crecieron mucho y que están más lindas. Me encantaron. No pasó lo mismo en mis anteriores viajes".
Volver
  "Siempre sueño con regresar a casa, pero no están dadas las condiciones. El arte casi no aparece incluido en las universidades argentinas. Sé de los esfuerzos, pero la actividad no tiene mucho apoyo".

Diversidad y conflictos

En la comisión directiva de su compañía sin fines de lucro, Anabella trabaja con un chino, un ruso, una judía, varios musulmanes y negros.

"Nueva York es la capital mundial de la diversidad. Se tolera la diferencia aunque hay mucha soledad, conflictos psicoemocionales y un largo rollo que incluye drogas, violencia, veteranos de guerra, indocumentados. Es difícil vivir y crecer allí. Siento más miedo después de la matanza de diciembre, en Connecticut. En la Argentina se ladra, pero no se muerde; en Nueva York directamente te apuntan con un arma".

"Como en la guerra"

Estoy junto a la familia de Sergio Villanueva, uno de los tantos bomberos desaparecidos entre los escombros. Nos une una amistad muy grande y de muchos años que se remonta a Bahía Blanca.

Aún no tenemos novedades y la desesperación es cada vez mayor. Es una tristeza enorme, un shock ...

Hace un rato han sacado algunos bomberos y aguardamos, con esperanza, junto al teléfono y sin salir de casa. También tenemos mucho miedo.

No tengo capacidad para pensar en nada que no sea en Sergio y en que aparezca con vida. Esto es como escapar en medio de la guerra. Las horas son eternas y la angustias se tornan cada vez más insoportable.

El atentado me sorprendió en casa, en la zona de Queen, más precisamente en el departamento de Sergio, donde vivo. Tenía ensayo pero me anunciaron que se había suspendido y me quedé durmiendo.

Fue mi mamá quien me llamó desde Bahía Blanca y me dio la noticia... Empecé a llamar a la gente que conozco. Es una sensación terrible y lo peor es que no se saben las represalias que puede llegar a tomar Estados Unidos.
 
(Fragmentos del testimonio de Anabella Lenzu publicado en la edición de “La Nueva Provincia” del 13 de septiembre de 2001).