OTRAS VOCES

Zimbabwe empieza a soñar

2/12/2017 | 08:12 | Escribe Emilio J. Cárdenas

Después de haber obtenido su independencia en 1980, Zimbabwe -una rica ex colonia británica que había caído en manos de una minoría blanca racista- tuvo que soportar una larga, dura y absolutamente inepta dictadura, encabezada por el hijo de un ex carpintero transformado en líder independentista, Robert Mugabe, que se instaló en el poder por espacio de 37 años.

Durante su extendida presidencia no se respetaron jamás ni los derechos humanos, ni las libertades civiles y políticas de sus conciudadanos. La elite negra que desde el vamos lo acompañó en la gestión de gobierno se enriqueció enormemente y, en rigor, saqueó desalmadamente a su país.

La nación que alguna vez fuera efectivamente conocida como: el “granero de África” hoy tiene, trágicamente, que importar alimentos, para así poder alimentarse. Está completamente arruinada. Fundida. Pese a ello, la reina Isabel de Gran Bretaña, ungió en 1994 a Mugabe como “caballero del reino”.

También allí fracasó muy estrepitosamente el colectivismo marxista-leninista, sistema económico que arruinó a una nación que supo ser rica. Y la precipitó hacia la hiper-inflación. La desocupación es hoy del 50% y casi dos millones de ciudadanos escaparon ya hacia Sudáfrica, en busca de una mejor vida.

Hoy el ingreso anual per cápita de su pueblo está ubicado en apenas por encima de los mil dólares. Mientras la esposa del ex presidente Mugabe compraba, hace menos de dos años, un ostentoso diamante, pagando por él un precio superior al millón trescientos mil dólares, para después decidir insólitamente devolverlo, aparentemente insatisfecha.

Pero Mugabe ha sido visiblemente forzado por los jefes militares de su país a renunciar. A los 93 años, aún pretendía permanecer en la presidencia de Zimbabwe. Sostenido por su ambiciosa mujer, Grace Mugabe, quien procuraba “heredar” la presidencia de su país. La llamaban “Gucci Grace”, por las carteras de altos precios que usaba. Como también sucediera, cabe apuntar, con nuestra ex presidente, Cristina Fernández de Kirchner, las carteras eran para Grace Mugabe una suerte de obvia señal de poder.

Conocida que fuera la renuncia de Mugabe, la mayor parte de los 16 millones de habitantes del país africano estallaron en sus esperadas expresiones eufóricas de júbilo y esperanza, aquellas que estuvieron silenciadas o reprimidas por décadas.

El poder ha pasado ahora a manos de quien fuera el vicepresidente de Mugabe, Emmerson Mnangagwa, cuya repentina expulsión produjo la chispa del incendio que terminó con la dictadura de Robert Mugabe. Lo llaman “el Cocodrilo”, por su inhumana brutalidad. Su acceso al poder no es, entonces, para nada, auspicioso. Ni puede considerarse garantía de nada.

Así están las cosas. La renuncia forzada de Mugabe es ciertamente una buena noticia y termina con una de las peores dictaduras del Continente Negro. Pero lo cierto es que la salida de Robert Mugabe no necesariamente garantiza para Zimbabwe un futuro mejor, salvo que la triste experiencia de las últimas cuatro décadas pueda ser comprendida como una lección que al menos haga evidente cual es el camino que no conduce nunca hacia el crecimiento: el que componen conjuntamente el colectivismo económico y la dictadura política. Una mezcla que ha probado, con reiteración, ser trágica, sino fatal.

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