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Un paseo en bicicleta, entre nubes, volcanes y precipicios

Un grupo de ciclistas aficionados dorreguenses, bahienses, montehermoseños y porteños transitó más de 200 kilómetros en plena cordillera de Los Andes, por caminos inhóspitos.
Un alto en el camino para una foto. Para los 16 ciclistas, de entre 36 y 61 años, la travesía fue un paseo de vacaciones.

Por Hernán Guercio / hguercio@lanueva.com

Todo se resume en un “¡la p... que vale la pena estar vivo!”.

Fueron 230 kilómetros en ocho días, en unas 70 horas de pedaleo en plena cordillera de Los Andes, uniendo dos países, bordeando lagos fríos y cálidos por igual, desafiando lomas de 20 kilómetros de trepada bajo un sol calcinante, descensos que a priori parecían imposibles, aguantando a las temibles avispas carnívoras “chaquetas amarillas”, siguiendo un leve sendero en medio de la nada, haciendo noche varias veces bajo las estrellas y rodeados de un paisaje inigualable.

Fueron 16 personas de Coronel Dorrego, Monte Hermoso, Capital Federal y Bahía Blanca, en su mayoría de entre 50 y 62 años, recorriendo un trayecto casi circular con punto de partida y arribo en San Martín de los Andes en bicicleta, por caminos hostiles, con la montaña a un lado y un precipicio del otro, pedaleando en sitios a los cuales solo se puede acceder con un vehículo 4x4 y (¡horror!) sin señal de celular.

No fue un desafío extremo organizado por una bebida energizante; tampoco fue una promesa, una competencia o una segunda luna de miel. Simplemente fueron... vacaciones; y de esas que son inolvidables.

“Somos un grupo de personas que nos gusta andar en bici y disfrutamos estas cosas. En una cena nos propusimos hacer ese recorrido, y otros conocidos se fueron sumando; incluso algunos que normalmente no pedalean -cuenta el dorreguense Rodolfo 'Rolo' Ibarguren-. Armamos todo, y el 1 de marzo estábamos saliendo de San Martín”.

Ya pedalendo en plena cordillera, rodeado de un paisaje de ensueño, el grupo se despertaba temprano, desayunaba y a las 9 estaban todos arriba de sus bicicletas, para tratar de arribar al siguiente punto de pernocte sobre las 17, tratando de evitar que la noche los atrapara en plena recorrida.

“Nuestro mayor temor era de que alguien flaqueara a mitad del viaje, ya que prácticamente en todo momento anduvimos por sectores de vegetación plena, donde es todo piedra, con una sola huella, y en sitios por donde corre agua nieve en invierno. Teníamos una subida tremenda a 5 kilómetros por hora de velocidad, o bajadas en las que llegábamos a 45 kilómetros por hora y no sabíamos cómo frenar la bicicleta”, añadió.

¿Golpes? Varios. ¿Roturas o pinchaduras? Ninguna. ¿Ganas de parar? Seguramente algunas, que ninguno de los 16 aventureros se atreverá a confesar. ¿Ganas de seguir? Todas.

“El disfrute permitió que no se sintiera el cansancio físico, porque más allá de que fueron horas y horas de pedalear, el paisaje y la adrenalina nos hacían seguir adelante.

“Era tan fuerte lo que estábamos viviendo, lo que teníamos a nuestro alcance, el paisaje, que la frase '¡la p... que vale la pena estar vivo!' (NdR: de Héctor Alterio en la película Caballos salvajes) fue una de las más repetidas en todo el viaje, en cualquier lugar”, comentó.