Entre el optimismo y la realidad
Hay que decir que el gobierno tiene a veces, cuando no todas las veces, un optimismo a prueba de balas. Lo cual no sería malo en sí mismo. El tema es que el peso de la realidad suele recorrer otros andariveles y se da de palos con ese ánimo de algunos funcionarios que machaca sobre un estado de bienestar que, por ahora, no aparece. No al menos en la dimensión que desearían el presidente y sus equipos.
Es cierto que el propio Macri pone cada tanto los pies sobre la tierra. "Tenemos carencias de todo tipo", dijo el viernes. Aunque el mensaje siempre conlleva el inevitable componente de la doble lectura: no todos esos faltantes o asignaturas pendientes, si acaso alguna, son culpa de este gobierno sino producto de la herencia recibida.
Pero resulta evidente que hay un problema entre el discurso y la realidad. Habrá que escarbar en todo caso para descubrir cuánto de distorsión, producto de una lectura optimista de los hechos, es achacable a este presente de un gobierno que acaba de cumplir diez meses, o si se trata nomás de una errada manera de comunicar.
Vale el repaso. Hace una semana los voceros del gobierno planteaban un escenario acomodado, donde la protesta sindical callejera era apenas un clásico de los movimientos sociales kirchneristas que se han propuesto complicarle la vida a Macri. Rescataban por caso la buena letra de la CGT unificada, y el discurso de los principales caciques sindicales. Tal vez obraron erróneamente confiados en que con la devolución de la plata de las obras sociales bastaba para tenerlos en caja.
Hoy la realidad muestra que un paro nacional en octubre de todo el sindicalismo, lo que incluye a las dos CTA y a los movimientos duros del kirchnerismo, parece imparable. Una de dos: o los ministros y estrategas sobreactúan esos datos de presunta bonanza cuando le rinden informes al presidente, o directamente aquel optimismo los puede contra toda razonabilidad. Hay además detalles que llevan a preguntarse si el gobierno sabe que, efectivamente, tiene problemas de comunicación.
Un dato puntual envuelve al propio Macri: el gobierno hizo mucho barullo mediático con el viaje a China para asistir a la cumbre del G-20. Sin embargo, la frase que quedó casi por encima de todo fue la del presidente advirtiéndoles desde Hangzhou a los dirigentes gremiales que las paritarias no se van a reabrir porque la inflación está bajando.
Ese desafío terminó cargando las tintas sobre el estado de ánimo del sindicalismo, dentro del cual el gobierno apenas si puede rescatar el apoyo de un dirigente de peso medio como Gerónimo "Momo" Venegas. La voltereta en menos de una semana desde aquel discurso conciliador hasta este más duro y combativo de uno de los triunviros de la CGT, Juan Carlos Schmid, es una muestra.
La pregunta que sigue es si era necesario ese desafío a distancia de Macri al mismo tiempo que Jorge Triaca se esmeraba en contener los reclamos de los gremios. Todo esto más allá de que algo está claro: hay dirigentes totalmente cebados, como Hugo Yasky, Pablo Micheli y Pablo Moyano, que reclaman "paro nacional ya" sin siquiera evaluar qué cambiará, si es que algo cambiará, el día después.
En todo caso el resto no está todavía convencido y evalúa opciones, como una masiva marcha a la Plaza de Mayo sin cese de actividades. Es igual de grave para los esfuerzos del gobierno por ir hacia un país más normal. En especial porque se ha dicho y repetido: en el macrismo están convencidos de que hay interés de los grupos sociales más duros de crear un clima "pre diciembre".
La realidad, de nuevo, muestra otra cara. El repudio sindical a piantavotos como Boudou, D´Elía y Mariotto en la Marcha Federal, que entusiasmó al gobierno, trocó una semana después en la reunión de la CGT con los colectivos más duros que hoy manejan la calle como el Movimiento Evita, Barrios de Pie y la CCC. Hay ahí una evidente luz de alerta.
Vuelta al optimismo oficial. Baja de la inflación, crecimiento del consumo, reactivación de la industria y aumento del PBI entre tres y cuatro puntos. En resumida síntesis, en el oficialismo dicen lo que a esta altura pocos ignoran: que esa es la fórmula que debe impulsar el gobierno, y además conseguir que funcione, si quiere salir airoso en las elecciones del año que viene.
"Sin 2017 no habrá 2019", repiten de uno y otro lado del arco político y el macrismo no es la excepción. Se sostiene que la gente tiene que palpar en sus bolsillos ese crecimiento y cambio de ánimo no más allá de abril, cuando arranque la etapa más caliente de la campaña.
"Si no podemos mostrar que esos presupuestos mínimos funcionan, estaremos en problemas", reconoce una fuente política. Admite que "tampoco ayudaría" a esos planes que el peronismo no K se una detrás de una sola figura. Por caso Sergio Massa.
Ese es un temor que persiste en la medida en que hoy el peronismo busca una segunda renovación pero carece de un liderazgo para llevarla adelante. Y no son pocos los que piensan en el tigrense. "Por eso es vital que la economía funcione y se note en el bolsillo de la gente", insiste, o tal vez reza, el funcionario.