El “lobo terrible”, el mamut lanudo, el dodo y otros animales ya extintos están en la mira de la ciencia. A este proceso se lo llama “desextinción” (sí, con comillas) y mezcla biotecnología, genética y debates éticos. ¿Es realmente posible? ¿Y para qué hacerlo?
La empresa Colossal Biosciences creó cachorros usando ADN del extinto lobo terrible y editando el genoma de lobos grises. El resultado: un lobo modificado genéticamente al 99,9%. ¿Es el regreso de una especie… o solo un nuevo experimento?
Extinto en 1936, su hábitat sigue existiendo. Revivirlo podría restaurar el equilibrio ecológico en Tasmania. A diferencia del lobo terrible, su regreso tiene más sentido ambiental porque su lugar en la cadena aún está vacío.
Desaparecido hace 4.000 años, algunos científicos creen que su vuelta ayudaría a frenar el deshielo del Ártico. Otros dudan del impacto. Como el lobo, se busca combinar ADN antiguo con el de su pariente vivo: el elefante asiático.
El dodo (extinto en 1681) tenía un rol clave en los bosques de la isla Mauricio. Como la paloma pasajera en EE.UU., su regreso podría ayudar a regenerar ecosistemas, pero ¿es viable reconstruir sus poblaciones?
El uro, un gran bovino europeo extinto, fue recreado parcialmente mediante cruces de ganado. El resultado son los tauros, animales que cumplen funciones ecológicas similares. La genética dirigida no es nueva, pero sí poderosa.
El caso de la cabra montés de los Pirineos, clonada tras su extinción, demostró que un solo individuo no basta. Desextinguir plantea desafíos técnicos, éticos y ambientales. La prioridad sigue siendo evitar nuevas extinciones.