“Subir por primera vez al buque fue un momento de mucha emoción”

14/4/2021 | 15:20 |

Charlas con el sobreviviente Nilo Navas.

Por Walter Gullaci

   Llegó el momento en el cual Nilo Navas subió al ARA Belgrano. Corría diciembre de 1981, a poco menos de cinco meses del ataque brutal de la Armada inglesa. Claro que nadie, por entonces, imaginaba aquel dramático desenlace. Nuestro protagonista, obviamente, tampoco.

   “Terminado el curso de operación, de la parte táctica y estratégica de un buque, durante 1981, en la Base Naval Puerto Belgrano, a todos nos dieron un destino y a mi me tocó como pase una de las dos naves insignias: el Crucero ARA General Belgrano. Yo estaba cargado de expectativas. Antes me había tocado participar del Operativo Unitas, en el que me tocó navegar en el destructor Hércules, buque similar al Sheffield inglés que terminó hundido en la Guerra de Malvinas por un misil argentino”.

   “Subir por primera vez ya como tripulante del Belgrano, vestido de gala, de marinero, de blanco, con la bolsa del equipo al hombro, fue un momento de mucha emoción. Era diciembre de 1981 y el buque se asemejaba a un laberinto. Lo abordamos con caras de susto. Andábamos con un mapa dentro del barco, que tenía compartimientos por todos lados. Era impresionante, gigante. Tenía una altura de 37 metros, desde la quilla hasta la punta de la antena”.

   “Para ir de la cubierta hasta abajo del todo había que transitar 150 escalones. Era enorme. Un buque de 182 metros de largo, con tanta gente, era una pequeña comunidad. Dentro funcionaba una lavandería, sastrería, peluquería, panadería, un pequeño hospital, la sala de operaciones... En plena guerra éramos 1.093 personas, pero en navegación de paz superábamos las 650, la mayoría muchachos de 18 a 21 años. El comedor de tropa estaba pleno de gente. Allí compartíamos el mate cocido, el almuerzo, la cena, se tocaba la guitarra, había un grupo folklórico que se llamaba Albatros. Las distracciones que teníamos eran muy lindas. Aún en guerra aquel grupo tocaba. Era un momento de recreación, como cuando nos pasaban una película en el hangar”.

   “Por ser uno de los más novatos, me tocó cubrir la guardia las noches del 24 y 31 de diciembre. Era un contexto totalmente distinto a lo que se vendría después”.

   “Mi amigo Juan Carlos Bollo venía de la Escuela de Mecánica de la Armada como cabo segundo y subió al Belgrano casi el mismo día que yo. De hecho dormía en el mismo sollado de tropa, con capacidad para unas 400 personas. El dormía arriba de mi cama y así fue hasta el momento del hundimiento. Al momento del ataque estaba descansando, mientras que yo estaba cubriendo una guardia. Lamentablemente el torpedo ingresó por ese compartimiento. Fue una explosión inmediata, ahí donde dormíamos y compartíamos tanto rato. Ni se enteraron de lo que sucedió. De un total de 1.093 tripulantes, 770 pudimos salvar la vida. Y de los 323 que fallecieron, 300 murieron en el impacto y 23, luego, en las balsas”.

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