Bahía Blanca | Domingo, 27 de noviembre

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Escenario político: en qué momento se jodió la Argentina

El país se encuentra en un momento de gran profundización de la grieta. Ni siquiera el ataque a la vicepresidenta sirvió para bajar un poco los decibeles.

Foto: Archivo La Nueva.

Maximiliano Allica / mallica@lanueva.com

   ¿En qué momento se jodió la Argentina? La pregunta surge recurrente toda vez que se profundiza una crisis. Desde el antiperonismo no dudan: fue en la década del '40, cuando comenzó el apogeo y consolidación de un Partido Justicialista que aún se mantiene como actor central de la política de nuestro país.

   Mauricio Macri, poco tiempo atrás, fue más allá y dijo que el origen de la infección que frena el desarrollo nacional estuvo en el gobierno populista de Hipólito Yrigoyen, anterior al nacimiento del peronismo. Es decir, extendió el concepto de "los últimos 70 años malditos" a todo un siglo. El radicalismo, claro, le contestó.

   El peronismo, desde ya, tiene otra mirada. Sostiene que la debacle que explica el deterioro actual comenzó con la última dictadura militar, que no solo fue la más horrorosa por violenta sino que impuso un modelo económico anti-industria nacional y antiderechos que todavía persiste como idea fuerza en amplios sectores de la dirigencia.

   El mal, visto desde este ángulo, es el neoliberalismo. Mucho se podría decir sobre este término, por ejemplo, que la "ola neoliberal" de los '90 fue 100 % pejotista, se hagan cargo en el justicialismo o no. Pero, sobre todo, es importante resaltar que la palabra en sí es problemática. Agregando el prefijo "neo" se abusa de la noción de liberalismo, concepto duramente condenado hoy por uno de los extremos de la grieta sin reparar que en definitiva Argentina es --por suerte-- una democracia liberal desde su propia Constitución.

   Esto significa un modelo que defiende el rol del Estado como árbitro general y proveedor de servicios básicos, pero que se autolimita fuertemente a la hora de inmiscuirse en las decisiones que toman los individuos respecto de sus vidas particulares. El liberalismo no es un mero concepto económico sino social, que defiende la libertad individual como valor supremo, tanto para expresar ideas como para transitar, elegir religión o decidir qué industria u oficio ejercer. Bajo estos parámetros, en rigor, toda dictadura es opuesta al liberalismo porque oprime las libertades individuales. Por lo tanto, el neoliberalismo es un nombre confuso, que muchas veces se lo asocia a gobiernos totalitarios, y en realidad no es otra cosa que una corriente que privilegia un modelo económico de especulación financiera en detrimento de la producción. Esa lectura sí es válida.

   Volviendo a la pregunta inicial, existe una tercera corriente --y por supuesto hay muchas más-- que propone que el país se jodió en 1930, con el primer derrocamiento de un presidente constitucional, Yrigoyen, para instaurar un gobierno militar.

   Siguiendo esta línea --en opinión de quien suscribe, la más plausible-- el país consolida su enfermedad con el golpe de 1943, pero no porque es la semilla del peronismo, sino porque continúa la línea de debilitamiento de las presidencias elegidas por las urnas, aun con todos los vicios que seguía teniendo el sistema electoral de entonces. Voltear gobiernos pasó a ser una opción para el partido militar, por eso no sorprende que luego hayan sucedido otros golpes de Estado, uno más violento que el otro, que impidieron tramitar los diferendos de la sociedad sin proscripciones.

Reflexiones al borde del espanto

   Está claro que el golpismo no fue un fenómeno argentino sino latinoamericano y no se pueden dejar de ver las manos de las grandes potencias en estos procesos, pero eso no quita el concepto de fondo. Nuestro país tardó demasiado en encontrar una continuidad institucional que permita buscar consensos entre mayorías y minorías para ver cómo avanzar.

   En 1983, después de la noche oscura del Proceso, volvió la democracia y con ella la posibilidad de dirimir diferencias de manera estructurada. Algunas se consiguieron. En 2001, en medio de una convulsión social inmensa, a nadie se le ocurrió pensar en la opción de las fuerzas armadas para restaurar el orden sino que se trabajó para resolver aquel drama, aunque sea deficientemente --5 presidentes en una semana--, por vía democrática.

   El partido militar ya era pasado enterrado. No mucho tiempo antes, por el 10% de lo que ocurrió en aquel diciembre, se hubiera encaramado de inmediato un general en la Casa Rosada. El modo en que se tramitó aquella crisis fue muy valioso en perspectiva histórica, aunque quizás no suficientemente valorado aún.

   Dicho esto, la deuda de la democracia que todavía persiste es obvia: el incremento sostenido de la pobreza y, con ella, la desigualdad de oportunidades. Y en este punto es una simplificación decir que la culpa es de tal o cual, porque responsabilidad tienen todos los gobiernos.

   Tomando los últimos 19 años, en 15 gobernó el kirchnerismo. Según la vicepresidenta Cristina Kirchner, los primeros 12, entre 2003 y 2015, fueron los mejores años que tuvo el país en mucho tiempo. Comparado con el desastre actual, aquello era ciertamente mejor. Al menos había un gobierno que tenía un rumbo, se comparta o no.

   Pero esas declaraciones no son del todo precisas al eludir falencias de aquellos años como la de un Estado que vivía gastando más de lo que ingresaba, desequilibrando todas las cuentas. Mientras estuvo vigente el boom de los commodities esa "generosidad" en el incremento del gasto público era posible gracias a la lluvia de dólares, pero no iba a ser sostenible apenas cambiaran los vientos internacionales. Cuando ese aire externo viró, ya con Cristina en el poder, se intentó mantener el mismo Estado de bienestar sin contar con suficientes recursos genuinos, comprometiendo la prolijidad de la administración.

   Tampoco contribuyó ese gobierno a mejorar la calidad democrática en otros aspectos, por caso, manipulando los datos. La doble presidencia de Cristina concluyó con muchos más pobres de los que declaraban las cifras oficiales del Indec (según ella, había menos del 5 % de pobreza a junio de 2015), así como los índices de inflación que comunicaba el organismo eran una tomada de pelo. En ese período hubo mentiras descaradas para hacerle creer a un sector de la población que estábamos mejor de lo que realmente estábamos. Si "Clarín" mentía, el kirchnerismo no se destacaba por ofrecer información veraz.

   Después vino el gobierno de Mauricio Macri y, con el Indec recuperado, pidió en 2016 que a su gestión se la juzgue por los índices de pobreza. Bueno, los empeoró, además de duplicar la base de inflación anual, problema que según él mismo era muy fácil de resolver. De acuerdo con sus propias varas, la presidencia de Macri fue muy mala y por eso lo desplazaron las urnas.

   Hoy, con todos esos antecedentes y una pandemia mediante, los números están patas para arriba, más el agravante de que el Frente de Todos durante dos años y medio no logró acuerdos internos acerca de la manera en que debían sobrellevar la crisis. La calamidad económica de este tiempo se profundizó por el caos político de la coalición gobernante, que nada tiene que ver con el contexto mundial sino con sus vicios de conformación, al ser una alianza con fines electorales sin un plan de gobierno.

   Con el arribo de Sergio Massa al Ejecutivo llegó algo de calma. Es muy pronto todavía para valorar su gestión en el Ministerio de Economía, pero al menos consiguió que el FdT afloje sus insólitas peleas públicas. Y emprendió un rumbo económico que, en la mirada de distintos analistas, tiene la sensatez de apuntar a un equilibrio entre ingresos y gastos.

   La paradoja es que si Massa tiene éxito, el kirchnerismo lo aplaudirá por las mismas razones que criticaba a Martín Guzmán o a anteriores ministros de corte liberal. Es decir, por detener la expansión del gasto para ajustarlo a los ingresos.

   Se da una situación bien especial en este momento. Existe un consenso, incluso entre dirigentes del partido "gastador" que es el peronismo, sobre la necesidad de ajustar las cuentas para que el país encuentre un equilibrio y, sobre eso, sentar las bases de un futuro despegue. El camporismo, por usar un emblema K, no discute la próxima quita de subsidios en las tarifas, pese a que destrozaba al exministro Juan José Aranguren por señalar que había que racionalizar el gasto en ese área desactivando el esquema de tarifas pisadas que rigió durante los "gloriosos" 12 años.

   Ese objetivo de tener un Estado razonable podría ser la piedra base de un acuerdo entre los sectores moderados de los principales espacios políticos del país, para bajar uno o dos cambios en medio de tanta crispación. No es fácil que ocurra, aunque no debería ser imposible.

   Ya se perdió la oportunidad de dar un mensaje de calma luego del atentado contra Cristina del pasado jueves. La grieta se devoró rápidamente la discusión. Pero lo cierto es que Argentina está fraccionada en dos mitades que no deberían ni soñar en tratar de anularse una a otra. No queda otra que convivir, que negociar, que ceder, que perder algo. Quizás mucho.

   El país está bastante jodido, pero se va a terminar de joder cuando sectores amplios de la sociedad, que siguen siendo mucho más inteligentes que su dirigencia, se coman la curva de la confrontación permanente como método de construcción. El Frente de Todos y Juntos por el Cambio se potencian cuanto más se acusan de las peores cosas. Es un sistema perverso, que les rinde. Parlotean sobre los discursos del odio, pero los utilizan como vehículo.

   Es iluso creer que esa lógica va a disminuir y mucho menos a medida que se acerque el turno electoral del año próximo. Lo más probable es que ocurra lo contrario, que los ánimos se vayan inflamando cada vez más.

   Sin embargo, es imprescindible plantearlo: ese camino solo conduce al abismo.