Aplanar la otra curva

24/5/2020 | 06:30 |

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Por
Guillermina Rizzo

   Mientras la Organización Mundial de la Salud, que lejos de hacerle honor a su nombre, nos desorganiza permanentemente con sus recomendaciones que luego desdice sometiéndonos así a un estado de confusión; mientras cantidad de programas y opiniones se suceden y sacuden nuestras emociones, en los que el rigor y la seriedad parecieran extinguirse y quedamos librados al contagio del otro virus, el de la contradicción y el caos, a nivel cognitivo es difícil poner orden, priorizar ideas, y el miedo gana la contienda.

   Y entre tanta locura, el Covid-19 impacta en los “barrios populares”, definición vergonzosa si la hay, pues según fuentes oficiales de gobierno, un barrio popular “reúne al menos a 8 familias agrupadas o contiguas, donde más de la mitad de la población no cuenta con título de propiedad del suelo ni acceso regular a dos, o más, de los servicios básicos tales como red de agua corriente, red de energía eléctrica con medidor domiciliario y/o red cloacal”.

   Si bien nuestra mente ya sufre los embates de esta “sesentena” hay preguntas: ¿cómo impacta psicológicamente la desigualdad? ¿Qué pasa por la cabeza de quien, a sabiendas, de que la prevención reside en la higiene, no cuenta con agua?

   La desigualdad es una problemática de “larga data” aunque muy presente en la actualidad, impacta en la calidad y el estilo de vida, y tiene notorios efectos psicológicos.

   Imposible analizar sin comparar, de hechos las investigaciones científicas aportan datos y luz en dichas comparaciones. El lugar donde nacimos, “la clase” social a la que pertenecemos determina comportamientos, sentimientos y una forma particular de percibir la realidad.

   Estudios revelan que quienes crecen y se desarrollan en condiciones de vulnerabilidad suelen ser más solidarios, empáticos, altruistas y se caracterizan por brindar ayuda sin esperar ser retribuidos, mientras que quienes se ubican en “lugares más favorecidos dentro de la pirámide”, tienden a ser más competitivos especialmente con relación a los recursos económicos y hasta están a favor de que existan distinciones económicas y sociales.

   Nacer y desarrollarse en “un barrio popular” implica lidiar con la incertidumbre, con amenazas frecuentes y variadas, y con esa sensación de impotencia por la falta de oportunidades y por la imposibilidad de modificar su vida y su contexto.

   Según Loughnan, S., Kuppens, P., Allik, J., Balazs, K., de Lemus, S., Dumont, K., y Haslam, N., en el estudio de 2011 denominado La desigualdad económica está vinculada a la autopercepción sesgada, y publicado en Psychological Science, revelan que psicológicamente se evidencian cuadros de ansiedad. A su vez, la autoestima es baja por el menosprecio recurrente, y ciertas actitudes hostiles son la coraza protectora que pretende mitigar esa desigualdad que lastima.

   Si bien aguardamos expectantes la vacuna que también será tema de disputa, urge pensar en esa especie de “vacuna social” en esa “solución definitiva” que aplane esta curva. En nuestro país hay aproximadamente 4.100 barrios populares y viven alrededor de 4 millones de personas.

   ¿Sabés por qué la Villa 31 (ahora Barrio 31) lleva ese número? Simple y doloroso, es el año en que se conformó el asentamiento. Sí, ya sé, vamos para el centenario, por eso me pregunto si de una vez por todas “la clase política” no se podrá dedicar a aplanar esta curva.

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