Las audiencias si carácter ni sentido

17/2/2019 | 11:43 |

Por disposición de la ley, cada ajuste a las tarifas de los servicios públicos -agua, gas, electricidad- exige que se realice una audiencia pública, requisito sin el cual no se puede avanzar en la concreción del aumento.

El mecanismo es, en teoría, al menos interesante, ya que considera que cualquier modificación tarifaria requiere conocer las razones que llevan a la prestataria a plantearla, detallar qué ha hecho la empresa en materia de obras y sus proyectos a futuro.

Hechos públicos estos datos, puede dar su parecer todo aquel que lo desee. Desde la calidad de vecinos, pasando por entidades, funcionarios, políticos. Solo es necesario anotarse antes del encuentro, anticipar sobre qué versará su exposición y presentarse a la audiencia, donde se le asignará un turno.

Sin embargo, con el tiempo, son muchos los que han advertido que las audiencias sirven de poco, por no decir de nada. 
Acaso una muestra de esta idea es que en la última realizada en La Plata para discutir el aumento del agua por parte de Aguas Bonaerenses (ABSA) concurrieron apenas 22 expositores, cuando años atrás hubo salas desbordadas con personas interesadas en manifestar sus opiniones.

Cada vez parece quedar más claro que el encuentro no pasa de ser una formalidad. Un sitio donde algunos hacen catarsis, otros se muestran, los menos aportan datos o precisiones interesantes, muchos marcan problemas puntuales que no hacen al servicio en general.

La audiencia tiene carácter de “no vinculante”: nada de lo que se diga en la misma debe ser tomado en cuenta o considerado más allá que en su carácter de opinión u observación. No hay una sola de las presentaciones por parte de los presentes que luego figure o se mencione en la decisión final de la empresa.

Ni siquiera se da a conocer el acta con las exposiciones, ni tampoco la empresa aclara o contestar las inquietudes. 

El encuentro queda simplemente como una anécdota, un formalismo, un cumplimiento que pareciera hacer uso y abuso de los consumidores.

No se puede prescindir de la participación de la gente en estas decisiones. Pero de poco sirve si se lo hace de una manera que se vuelve poco menos que una burla y donde cada vez la falta de consideración es mayor.

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