Cuando poseer es la cuestión

2/12/2018 | 06:30 |

Por
Guillermina Rizzo

   ¡Es incontrolable!

   Frases y expresiones formuladas, son el reflejo de pensamientos, de sentimientos, de conductas; evidencian una forma de relacionarnos con los objetos y también con las personas.

   “El nene no me come”, “no me estudia”, no me duerme”, “no me…”. “Mi pareja no me saca, no me cocina, no me atiende no me…”. 

   A simple vista parecieran expresiones gramaticales erróneas, un mal uso de los pronombres posesivos.

   No te voy a dar una dar una clase, meramente recordar que para la “Gramática actual” los pronombres posesivos o simplemente “los posesivos” tienen como atributo el de la posesión y también un valor relacional, es decir ligar lo poseído a uno o varios poseedores.

   “Se me ha roto el auto”, “se me ha perdido mi mascota”, y otras tantas expresiones ponen de manifiesto el valor afectivo y en ocasiones excesivo por ciertos objetos.

   ¿Pronombres posesivos o personas posesivas? ¿En qué momento seres y objetos se convierten en nuestra prolongación?

   ¿Poseer sin medida? 

   “Mío y de nadie más” ¿es el reflejo de una relación disfuncional?

   ¿Cuántas veces has sentido que no podés vivir sin un producto o una marca?

   ¡Una cosa son los objetos y otras las personas!

   La psicología de la propiedad es lo que utilizan empresas y marcas para que experimenten esa sensación típica en la que luego de comprar determinado producto se convierte en parte de tu ser; la adquisición pasa a ser parte de tu persona y en algún punto no podés vivir sin ella. 

   Es una inversión monetaria y emocional en la que prima el apego, en ocasiones extremas el objeto adquirido es preservado más que la propia vida. La “idea” de las empresas es crear un vínculo “personalizado”; no en vano una marca de bebidas lanzó botellas con nombres propios, de forma tal que los consumidores busquen “Ana, José, María” en la góndola; no faltó exagerado que “experimente la gloria” al dar con su nombre en la botella.

   ¿Y con las personas? ¿La pareja? ¿Los hijos? ¿Los amigos?

   Nadie niega que en la primera etapa del enamoramiento y bajo los efectos de un “romanticismo embriagador” al que cuestiono enfáticamente, se escuchan frases tales como “sos mío/a para toda la vida”.

   El problema, que inevitablemente derivará en serio conflicto, radica cuando pareja, hijos, familiares, amigos son “concebidos” como una propiedad. Devenidos en “objeto” no puede ser compartido con otros o interactuar en otros círculos; son una prolongación imposible de amputar.

   Baja autoestima, inseguridad, ciertos valores inculcados ocasionan que el otro se convierta en posesión, límite difuso con esclavitud, que cercena, obtura, ahoga y también violenta. Celos desmedidos, escándalos, y desconfianza son la escenografía que enmarca estas relaciones.

   La persona posesiva siente que en cualquier momento puede aparecer alguien y le arrebatará aquello que siente poseer; el estado de ansiedad es permanente y cualquier presencia es una amenaza latente.

   ¿Dónde está el límite de la manipulación?

   Las empresas obviamente sostienen que la “psicología de la propiedad” no es nociva, es una forma de persuadir. La manipulación implica engaño, sometimiento y hasta abuso, pues el objetivo es conservar lo que “me” pertenece, y para algunos todo vale. 

   Es difícil lidiar y convivir con quien pretende poseer; si son objetos seguramente se emprende una carrera sin final, si son vínculos y personas la relación está condenada al dolor. Los vacíos no se colman ni con objetos ni con personas; simplemente, complejamente tu vida, mi vida tienen un sentido que debe ser descubierto y vivido, seguramente despojado de posesiones.

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