Complicadísimo: un hincha de Boca tiene que ver a su banda favorita en el último lugar del planeta donde quisiera pisar, la cancha de River. (Sobre todo, después de los últimos dos nefastos fines de semana. ¡Bianchi, por favor volvé!)
Hago de tripas corazón, paro un taxi y apenas me salen las palabras: "A la cancha de River por Udaondo". Náusea, respiro hondo y pienso para mis adentros "¡Sacrificio y rock and roll!".
La amistad se da en distintas etapas de la vida y en diferentes grados de importancia y trascendencia. La amistad nace cuando las personas encuentran inquietudes comunes.
En mi caso, el viernes último me encontré con un montón de amigos. Aproximadamente unos 60.000 que compartían una misma inquietud: ver a Metallica después de diez años sin visitar el país.
Con un escenario austero y donde lo más importante eran los cuatro caballeros de riguroso negro, los californianos dieron una cátedra de heavy metal sin guardarse nada. A esta altura, los tipos tranquilamente podrían haber puesto el piloto automático, hacer la plancha, cobrar y tomarse el buque. Pero fue exactamente lo contrario.
Y por supuesto pidieron las disculpas por la ausencia: "Rompimos su corazón y ahora estamos aquí para curarlo", comentó un sentido James Hetfield, antes de tocar Sad But True (Triste, pero verdad). Una curita gigante para una herida que no era taaaaaan grande.
Aunque yo andaba en la platea y las náuseas se fueron pasando, mi corazón estaba con los pibes que no se cansaron de poguear en el campo durante las dos horas que tocó la banda. Un pogo contenido por una década, tan poderoso como la explosión de un volcán. Un espectáculo aparte. Ni el mejor Lago de los cisnes se puede comparar.
Hay muchos estudios que concuerdan en lo mismo: la música es terapéutica y no hay mejor combustible para el espíritu que ver a una banda como Metallica en vivo.
Así que ahora sí: que la profecía de los mayas se cumpla, que se abran los infiernos... total, mis 60.000 amigos y yo ya estuvimos en el paraíso.