Mi compañía de teléfonos es espectacular. Además de darme el servicio de telefonía móvil, fija, acceso a internet "banda ancha" y descuentos en comercios a más de 400 kilómetros de acá, esta mañana me ofreció una visita virtual a sus instalaciones. La acepté sin remedio.
Todo, vía telefónica. Asterisco no sé cuánto y a rebotar por las oficinas.
Conocí la mesa de entrada, la oficina de atención al cliente, la de gestión del cliente, la de gestión de clientes y productos especiales, la de servicio técnico, la de ventas y otra vez la mesa de entrada. Todas, atendidas por chicas tan amables que empachan.
¡Y todo por un reclamo!
Como soy un desconsiderado con la empresa y a veces no me gusta pagar de más (en este caso el doble de lo que debía), me fui a la sucursal local, tranquilo, a reclamar "la incorrecta imputación de un cargo que ya había efectuado". Así, en jerga administrativa y con una sonrisa de bonustrack.
A la recepcionista no le importó demasiado.
—Por aquel sector, en las terminales telefónicas, al *611—, gruñó.
La entiendo. Mucho calor, mucho viento, mucha gente y muy poco aire acondicionado. Pero también supongo que le pagan por sentarse ahí de 9 a 13.
Lo que no comprendo es por qué hay una oficina de atención personalizada en Bahía Blanca si después te derivan a un laberinto impersonal de operadoras en Buenos Aires que a su vez te derivan a otras y a otras, hasta que se dan cuenta de que no vas a desistir del reclamo. [Nota: en Punta Alta ni siquiera hay una oficina.]
Y no bajar los brazos en esta situación es arduo: marcás, te atiende una máquina que te recuerda que el llamado también lo podés hacer desde tu celular (lo no dicho es que te cobran por hacerlo desde el tuyo), y que después de hacerte escuchar a los New Radicals (ver video) con sonido pésimo y antes de cortar te dice que es imposible hacer recargas de crédito en ese momento.
¿Y a mí qué me importa? Esa no es mi intención.
Al cuarto o quinto intento te atiende una operadora, afable como todas, que te pregunta quién sos y qué querés. Más New Radicals.
Y comienza la visita no-guiada.
—Espere... disculpe... lo derivo—.
Otra vez, quién sos y qué querés (siempre con cortesía) y otra vez esperar, a la deriva.
Una hora después salís de la oficina, la real, con el fastidio de todos los clientes juntos.
Nota: El tema de espera se llama "Recibís lo que das", y en el video se puede ver a una manada de adolescentes sobresaltados en un shopping como si estuvieran en un pelotero gigante. ¿Clientes disconformes?