Con las formas del ayer.

Hielo en barra

por Mario Minervino

Hace 69 años, en enero de 1949, el suministro de hielo a los vecinos de Bahía Blanca atravesaba una preocupante crisis.
Elemento imprescindible en los ardientes días de verano, el hielo en barra tenía una demanda que no alcanzaba a ser cubierta con la producción local. Aquel verano del 49, largas colas se formaban frente a los frigoríficos, esperando el momento en que salieran a la venta unas pocas barras.
Hasta tal punto la crisis se hizo carne en la gente, que los repartidores de hielo decidieron suspender sus recorridas, ya que eran “detenidos” por los vecinos y obligados a vender su carga. De nada servía que explicaran que la mercadería tenía como destinatarios a los clientes de todo el año, que mantenían el negocio.
Tampoco había mala voluntad o especulación de los fabricantes, sino que la producción de 1.450 barras diarias poco podía hacer contra una necesidad estimada en 5 mil barras. Por otro lado, los frigoríficos trabajaban 24 horas, en cuatro turnos, resignando incluso la calidad del hielo, pues la demanda los obligaba a acortar el proceso de “batido”, con lo cual el hielo perdía su calidad de “cristalino” y salía “blanco”. 
“Los moldes son descongelados y van directo al reparto. Ni siquiera podemos darle el correspondiente estacionamiento: entregamos el hielo mojado”, informó un preocupado fabricante.
De modo que los pocos que conseguían hielo debían sacarle buen provecho. Para eso, qué mejor que utilizarlo en las heladeras de la firma Gath & Chaves, por caso una “de abedul terciada, lustrada al duco, modelo amplio con puerta y tapa, aislamiento de corcho triturado, burletes, tanque para hielo y desagüe directo”.  ¿Medidas? 90 cm de alto, 46 de frente y 41 de fondo.
Hielo en barra, protagonista de los veranos bahienses sin electrodependientes.