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El otro dolor

Por: Guillermina Rizzo

   De panza, de cabeza, de espalda, cuello y cintura; de pies, de pecho; de parto… ¿Los peores? Tal vez el de muelas, el de oídos… Punzantes, intermitentes, agudos…

   ¡Dolor! ¡Cuánto molesta! Comienza lentamente o tal vez aparece en el momento menos pensado… Indicio de enfermedad; un tratamiento oportuno, adecuado, lo disipa, lo calma, lo resuelve…

   ¿Y los otros dolores? ¿Los que nadie ve? ¿Se puede medir el dolor psicológico?

   Sería simple considerar y admitir que el dolor es la resultante de un daño físico, pues es una categoría compleja; muchas Teorías Psicológicas dan cuenta de él.

   Generalmente, el dolor se define como “sensación molesta, aflictiva, desagradable en el cuerpo; experiencia sensorial y objetiva expresada mediante dolor físico o emocional y subjetiva”.

   ¿Duelen las emociones? ¿Cómo sobrellevar ese dolor que desgarra y pareciera triturar los huesos y el alma?

   Ese dolor “psicológico”, arbitrario, que molesta y obtura, es un sentimiento de angustia, de tormento, de pena, que en algún momento la persona experimenta. A veces se gesta lentamente, de a poco cobra protagonismo, otras veces, choca, embiste, irrumpe con tal fuerza, que todo lo desmorona.

   Esperado y predecible, inesperado e impredecible, es difícil de asimilar. Pérdidas, rupturas, desengaños, decepciones, alteran el equilibrio; depende de los recursos disponibles para poder aceptar, procesar, elaborar y mitigar.

   La medida del dolor varía con cada herida, con la sensibilidad y resistencia de cada ser. Respuesta natural y hasta obvia ante situaciones desagradables. Casi como una ecuación matemática es evidente que, a mayor apego a las personas, cosas y situaciones, mayor posibilidad que el dolor doblegue.

   El dolor emocional, cual lesión interna, a veces se traduce y expresa mediante enfermedades. Somatizar es factible cuando un conflicto no se aborda o una pena no se elabora; aparecen dolencias sin “origen específico” tales como problemas musculares, cefaleas, mareos, ansiedad, insomnio, entre tantas otras.

   Si bien nadie es inmune al dolor, hay quienes lo vivencian como derrotas, fracasos o debilidad, sin embrago es la capacidad de resiliencia la que posibilita transformarlo en aprendizaje, aunque de tanto en tanto la herida se reabra y nos recuerde la experiencia vivida.

   Cada persona siente, tramita y gestiona el dolor como puede, pero es sabido que sanar y cicatrizar demanda tiempo. Algunos lo exteriorizan, lo comparten, hasta lo ridiculizan, otros en cambio, durante un tiempo prudencial, lo viven “puertas adentro”, momentos de duelo y de dolor.

   ¿Dolor superado o acostumbrado?

   Acostumbrarse es una forma de morir lentamente; ante el dolor lo primero será reconocerlo, solo se avanza cuando no hay distracciones, cuando no se enmascara. Luego habrá que alejar el perfeccionismo y la actitud de “todo lo puedo”, darle la bienvenida a la benevolencia para con uno mismo, entendiendo que para afrontar lo inexorable es necesario quererse.

   Tal vez sea necesario el apoyo profesional, pero para transitar un dolor y superarlo es imprescindible la presencia de seres cercanos, comprensivos, que aprecian incondicionalmente; hay abrazos que son verdaderos analgésicos.

   El dolor suele hacernos creer que valemos poco, nada, desmorona vidas y proyectos, marca y hunde; las riendas de la propia vida se convierten hilachas y la motivación y la voluntad parecieran extinguirse.

   El dolor emocional, como una herida secreta, mucho tarda en sanar. Coincido con Isabel Allende: “cuanto más grande es la herida, más privado es el dolor”; será válido encerrarse por un tiempo y encontrarse: sana y libera.