Columnas.

Cuestión de desvelo

Por: Guillermina Rizzo

 ¿Estrategias? Muchas… Contar “ovejitas”, restar dígitos de 3 en 3 comenzando por el 157.845, beber tisanas y otros brebajes, ducha caliente, retirar dispositivos electrónicos, cena liviana, musicoterapia; evitar café, tabaco y alcohol, aromaterapia, intensificar la actividad física, recipientes con flores de naranjo…

   Conciliar el sueño se convierte en misión imposible y se apela a cuanta receta circula, cuanto más se lo persigue y más escurridizo se torna.

   El insomnio es uno de los desórdenes más frecuentes. Todos, en alguna parte de la Tierra, en alguna ocasión lo hemos padecido; aunque afecta más a mujeres que hombres.

   Insomnio es la incapacidad para conciliar el sueño, también cuando se duermen escasas horas durante un período consecutivo de días. No involucra aquellas situaciones aisladas, sino que es la percepción de un descanso de mala calidad generando consecuentemente una variada sintomatología: falta de concentración, irritabilidad, dolor de cabeza, cansancio, entre otras.

   Si bien “dormir mal” o “no poder dormir” es una queja universal, hay diferentes tipos de insomnio. Insomnio de despertar precoz es cuando se duerme con facilidad, pero se amanece antes de que asomen las primeras luces del día; imposible volver a los “brazos de Morfeo” y el estado de somnolencia permanece durante todo el día.

   El de conciliación se caracteriza por la queja de no poder dormir cuando se lo pretende; una vez conquistado, a pocos minutos el cruel sonido de la alarma indica el comienzo de la jornada.

   El insomnio de despertares múltiples, como su nombre lo indica, se da cuando se duerme con facilidad y al poco tiempo se despierta experimentando la sensación de haber dormido varias horas o bien siendo interrumpido el descanso por varios despertares; así se ingresa en un círculo sin final siendo el resultado un sentimiento agobiante.

   Preocupaciones y ansiedades son las enemigas acérrimas del descanso; a tal punto que problemas e inquietudes giran en la cabeza sin cesar a la vez que se dan vueltas en la cama o se deambula por el hogar. El sistema de alarma se activa y la persona se debate entre encontrar respuestas a los problemas que la aqueja, rumiando posibilidades y pocas soluciones, pues el insomnio, generalmente, trae consigo pensamientos fatalistas.

   Al cabo de unos días, el círculo es más desesperante y más vicioso, se acumula cansancio, las soluciones no aparecen, perpetuándose el agotamiento y los problemas se amplifican.

   Relajarse, concentrarse en el sueño, esforzarse en dormir, tranquilizarse, son proezas, que lejos de lograr el tal ansiado descanso paradójicamente, angustia y desesperación mediante, terminan ahuyentándolo.

   En casos extremos reina un temor excesivo al momento de acostarse; la cama se convierte en el demonio que se pretende evitar. La angustia y la ansiedad se apoderan del insomne convirtiéndose en un grave desorden.

   ¿Estrategias? Muchas…

   Apartar preocupaciones imaginarias y problemas reales pensando en secuencias relajantes como un mar apacible de aguas cristalinas, emular que se emprende un vuelo y se observan cosas, personas y situaciones desde otra dimensión, animarse a fantasear, suelen ser buen remedio y traen consigo un estado de somnolencia que culmina en un sueño reparador.

   Reniego del uso y abuso de fármacos en la mayoría de los casos; posar la cabeza en la almohada con una actitud de “todo pasa” incluyendo también el insomnio aporta resultados sorprendentes. Todo pasa, cansancio, preocupaciones y sinsabores, cuentas y dinero; no sea cuestión y tal como dice mi amigo Mario que “a veces le dedicamos el insomnio a quien ya se durmió”.